El decálogo de Cuarón

El Santo Oficio
Santo Oficio
Santo Oficio (Cortesía )

Ciudad de México

En el imprescindible Protagonistas de la literatura mexicana, José Vasconcelos le dice a Emmanuel Carballo: “¿Qué escritor que en verdad lo sea no es un político? El que ignora la política está perdido; igual le ocurre al que se evade de la realidad”. El cartujo subraya las palabras del viejo maestro y se interroga si tenía razón. ¿Los escritores deben ocuparse de la cosa pública? ¿Los creadores en general tienen derecho a cuestionar las decisiones del poder? ¿Poseen la suficiente capacidad para hacerlo?

Hasta hace unos días su respuesta habría sido un rotundo sí, pero el inteligente Carlos Mota, columnista de El Financiero y ex colaborador de MILENIO, como tantas otras veces, ha sembrado la duda en su corazón de caramelo. Es tan listo el muchacho, tan perspicaz y convincente como para hacer tambalear las más sólidas convicciones del dubitativo monje. Las 10 preguntas formuladas por Alfonso Cuarón al gobierno federal en torno a la reforma energética, le provocaron escozor al señor Mota, por eso con su habitual lucidez, escribió: “Siempre me he preguntado qué tienen que hacer novelistas, cineastas, escultores, actores y poetas criticando decisiones de gobierno como si fueran expertos en los temas. No comprendo por qué tener pericia para esculpir un mármol o para plasmar un óleo sobre un lienzo habilita también al sujeto a vociferar el sistema económico y político”. Mejor argumentación no podría darla ni el más lambiscón emisario de la administración de Enrique Peña Nieto —y vaya si los hay.

Encarrerado, sin apenas despeinarse, Mota continúa su texto con maestría: “Yo preferiría que los espacios de resonancia en los medios, respecto por ejemplo de una reforma como la energética, los tengan think tanks especializados, como el IMCO, de Juan Pardiñas, o el CIDAC, de Verónica Baz. Pero que alguien que le indica a Sandra Bullock ‘muévete pa’ ca’, o que le dice que no le salieron suficientes lágrimas en cierta toma, cuestione con particular sesgo los beneficios de una reforma que ha sido aplaudida internacionalmente (es cierto, hasta el monasterio se escucharon los clap, clap, clap), es un ejercicio que deberíamos ir viendo menos en el país y desafortunadamente lo estamos viendo cada día más”.

El gobierno hizo oídos sordos a las sabias observaciones motianas, respondió las preguntas de Cuarón y le dio todavía más “espacios de resonancia en los medios”. Ante este hecho, el ensoberbecido cineasta comentó: “La comunicación y el debate son cosas sanas y evolucionan el pensamiento, no hay que tenerle miedo a eso”.

Ojalá algún día en su neoliberal ouija online, Carlos Mota pueda establecer comunicación con los filósofos griegos o latinos, con Spinoza o Vaclav Havel, con Picasso o Carlos Fuentes, con Octavio Paz o Albert Camus, para reprocharles su perenne necedad de entrometerse en decisiones del poder y sus lacayos, por propiciar la reflexión.

Queridos cinco lectores, en una tarde de lluvia El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.