Una carrera de coches, nada más

[FUNCIÓN DOMINICAL]
“En un futuro no muy lejano…”, con estas palabras comenzaba la primera película de la franquicia de George Miller, Mad Max.
“En un futuro no muy lejano…”, con estas palabras comenzaba la primera película de la franquicia de George Miller, Mad Max. (Warner Bros Pictures)

Ciudad de México

“En un futuro no muy lejano…”, con estas palabras comenzaba la primera película de la franquicia de George Miller, Mad Max. Esto sucedió en 1979 y como en tantas cosas parece que el futuro quedó atrás.

Con la diligencia de un buen fanático que tuvo que esperar más de 30 años la cuarta emisión de Mad Max, me organicé un maratón para volver a ver las tres primeras películas. Mis descubrimientos fueron estos: La primera es violenta y encantadora; es el sueño de un George Miller quien, nacido en 1945, parece haber deseado manejar los autos de Rebelde sin causa y las motos de los Hells Angels. Pero Miller creció. La segunda es una película consciente de sí misma, parece la de un adulto que no se toma muy en serio las cosas que antaño le parecieron tan importantes. En la tercera (que es a mi gusto la más mediocre) Miller ha superado el imaginario de su infancia. No se la cree.

Creyéndose recuperado de su afición a las motos, las carreras de coches y, en fin, de todo lo que pensó cuando niño, George Miller se puso a hacer otro cine. Y lo hizo muy bien. Escribió y dirigió Aceite para Lorenzo en 1992 y luego, tal vez anclado aún a la memoria infantil, una verdadera obra de arte para niños: Babe, el cerdito valiente.

Lo importante en este caso es que como suele suceder, el adulto volvió a sus sueños infantiles. Mad Max regresó con tanto arrojo que sinceramente creo que este Mad Max: furia en el camino es la película que Miller hubiese querido dirigir cuando comenzó su brillante carrera de director.

Hace muchos años la revista francesa Cahiers du Cinéma preguntó a los más notorios directores de los años sesenta: ¿qué es el cine? Hitchcock respondió: “Una buena persecución de coches”. Algo debe haber sabido el señor Hitchcock, de modo que quejarse porque la cuarta emisión del loco Max es una persecución de dos horas peca de inocencia. En esta furia en el camino Miller ofrece al público una auténtica obra de arte que nos divierte y entretiene con esta simple premisa: “Cine es una buena persecución de coches”.

Muchas cosas cambiaron desde el Mad Max de 1979. En el cine y en la sociedad. Miller parece haber aprendido, al menos desde el punto de vista técnico, de las grandes películas que aparecieron desde aquel año. Hay dos en particular que creo que lo influyeron en forma determinante: A prueba de muerte, escrita y dirigida en 2007 por Quentin Tarantino, y Gravedad, de Alfonso Cuarón. Tarantino es ante todo un reto. La premisa de tener al público al borde del asiento con tan solo una persecución en auto parecía insuperable. La segunda, la de Cuarón, ofrece un desafío más sutil que sin embargo Miller parece haber tomado. El reto es este: regalar al espectador la ilusión de que se han roto todas las barreras del tiempo y el espacio y filmar una historia desde todos los puntos de vista posibles. Si lo logra o no es algo que decidirá el respetable. Personalmente creo que Mad Max: furia en el camino es una magnífica elección para esta función dominical.

Mad Max: furia en el camino (Mad Max: Fury Road). Dirección: George Miller. Guión: G. Miller, Brendan McCarthy y Nick Lathouris. Fotografía: John Seale. Con Tom Hardy, Charlize Theron, Nicholas Hoult, Hugh Keays-Byrne. Estados Unidos, Australia, 2015.

@fernandovzamora