La ciudad de los horrores

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(Japan Art Association)

Ciudad de México

Alguna vez le propuse al arquitecto Ricardo Legorreta treparnos en un helicóptero y volar sobre la Ciudad de México mientras analizaba su evolución arquitectónica, su trazo urbano, sus puntos más conflictivos y, sobre todo, los más horrendos. El proyecto era más bien endemoniado. Aunque el creador del plan maestro de Santa Fe y artífice del Centro Nacional de las Artes lo aceptó en medio de risas, nunca lo pudimos llevar a cabo por una u otra razón. Legorreta falleció a finales de diciembre de 2011, pero dejó una huella muy significativa no solo en México. Muchas veces nos carcajeamos en tanto conversábamos sobre la que sin duda es una de las ciudades más feas del mundo. Se mofaba de las pretensiones de los nuevos ricos de Bosques de las Lomas, empeñados en construir en sus pequeños lotes largas y elegantes escalinatas, y defendía los ladrillos, los aplanados y los colores chillantes de la arquitectura clásica mexicana. Audaz a su modo prudente, se moría de risa cuando relataba la historia de la biblioteca que construyó en los noventa en San Antonio. Pidió que fuera pintada totalmente de rojo. Cuando las autoridades le pidieron con mucha solemnidad que explicara su filosofía del color, les respondió muy serio: la pinté de rojo porque se me dio la gana. El edificio es conocido desde entonces como “El Tomate”.

Estoy seguro de que Legorreta se fue de mal humor, molesto por la arquitectura que prolifera en la Ciudad de México y que todos los días avasalla sin piedad un pasado de cierto esplendor. Las tendencias en la construcción que están en marcha ahora en la Ciudad de México no hacen sino aludir todo el tiempo a una ausencia de control a propósito de su imagen, de su aspecto sin armonía, pero también a un diseño urbano implementado sobre las rodillas, a partir de ocurrencias y en respuesta, casi siempre equivocada, ante los muchísimos retos que impone una metrópoli de gran tamaño. Los problemas invariablemente se multiplican así.

Pero el fenómeno más significativo es el de los arquitectos engañabobos. Dan rienda suelta a sus más descabelladas ideas y las presentan como genialidades ante autoridades insensibles e ignorantes, empeñadas en pasar a la historia por sus construcciones espectaculares, como los faraones, aunque no tengan sentido ni contexto ni utilidad en beneficio de los habitantes de la gran ciudad. Por supuesto que no es cosa fácil atender asuntos como éste, pero la participación de especialistas serios y reconocidos ayudaría mucho para hacerles frente con sabiduría y dignidad.

Alguna vez Legorreta hablaba de las muchas ciudades en que se convertía poco a poco el Distrito Federal, cada una diferente y con problemas específicos. Y tenía razón sin duda. En esa medida no hay decisión que resuelva de golpe las necesidades de millones de personas que, abandonadas a su suerte, solo tienen a la mano la violencia, la agresividad, la frustración y la amargura.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa