James Bond, el espía que nunca amó

En su desencanto nihilista, la cinta "Spectre" parece augurar el fin de la ideología del varonil espía occidental; el pálido 007 ya no se divierte, no goza y menos hace el amor, solo mata.

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"La información lo es todo", declara Franz Oberhausen en la nueva película de Bond, Spectre (2015). Esta organización, que utiliza la imagen de un pulpo como logo, no solo suministra servicios de inteligencia, está convencida de la fusión global para crear una mega agencia de este tipo. El objetivo: la vigilancia total. Pero, ¿para qué crear una súper agencia con un agente como el 007? Eso ya es anticuado. El espionaje del futuro se hace desde Internet.

SPECTRE (Special Executive for Counter-Intelligence, Terrorism, Revenge and Extortion) es el nombre de la organización del Dr. No en la primera película de Bond (1962), momento en el que la bomba atómica era todavía una expresión de máximo terror. Desde entonces, el agente 007 resuena en el pulso político de la época. Con Moonraker (1979), se aborda el discurso incipiente de futuras guerras mundiales bajo la presidencia de Ronald Reagan y las dimensiones históricas que se debían adoptar. Un magnate de los medios planea en El mañana nunca muere (1997) una manipulación televisiva global. En El mundo nunca es suficiente (1999), una empresa petrolera estadunidense intenta hacer rentable la ejecución de asesinatos en masa con el fin de construir un oleoducto desde el Mar Caspio hasta Europa. El autor de Bond (Ian Fleming) siempre ha sabido que el planeta no es controlado por los gobiernos, sino por los servicios de inteligencia y los manejadores de la economía internacional, y que la democracia corre peligro en todo el mundo. Esos son los datos de oro del presente.

DE MUJERIEGO A EXTERMINADOR

James Bond representó siempre el ideal de masculinidad dentro del entorno del jet set, donde también retozaba Fleming. Bond llevó siempre una vida de lujos y de aventura. Hedonismo puro absuelto de cualquier remordimiento y sin ninguna carga escrupulosa. ¿Alguien se atreve a disparar? No hay problema. Después de su trabajo, se relaja con alguna reina de belleza. ¿Desaires? Nunca. Bond tiene a todas las mujeres rendidas a sus pies. ¿Alguna vez lo han atrapado, alguna vez el agente británico se ha enamorado? Eso no puede sucederle a él. ¿Cuestión de conciencia sobre su propia manera de proceder con las mujeres? ¿Melancolía? ¿Enamorarse le significaría quedar reducido a cenizas? No. Él es absolutamente resistente a estas cuestiones. La psique de Bond es de una sola dimensión y tan indestructible como su tonificado cuerpo de lujo. Sean Connery interpretó a un agente perfecto, Roger Moore se permitió de vez en cuando algunos toques de auto-ironía. Las interpretaciones de George Lazenby y Timothy Dalton figuran en los anales del cine como un mero "pie de nota", y con razón: ambos personificaron a un agente con una virilidad promedio, nada especial.

Solo Daniel Craig y el director Sam Mendes diseñaron un nuevo perfil psicológico del jefe de espías. En Belleza Americana (1999), Mendes aborda los sueños guajiros de los ciudadanos estadunidenses suburbanos, un hombre en la crisis de su mediana edad se enamora de la hija adolescente de su vecino.

Con el nuevo Bond, el director vuelve a poner en movimiento la bola de demolición: Poca acción y, en su lugar, un abismo psíquico. Desde Skyfall (2012), el 007 era ya una ruina psicológica sometida a terapia; en Spectre, lucha por conservar el último vestigio que le queda de alma. Comienza en la Ciudad de México, durante la celebración del Día de Muertos. Las calles se encuentran sumergidas en un humor carnavalesco. Bond se enmascara como la muerte. Lo acompaña una súper sexi señorita (Stephanie Sigman). Detrás del antifaz centellan unos ardientes ojos femeninos. En Bond solo se aprecia la mirada de un reptil cansado. Ambos entran a un hotel y en la suite se van directamente al dormitorio. Ella se lanza con lujuria sobre la cama, pero ¿Bond? Él sale por la ventana, salta sobre los tejados, observa un atentado en la casa de enfrente. Se lanza y corre a toda velocidad. Esa es su emoción, su orgasmo. Ni siquiera cuando mata se le desfigura el semblante. Él mata como una máquina. Es un exterminador. Cuando se le pregunta acerca de su oficio, él ya no responde: "Agente secreto", sino simplemente dice: "Yo mato personas".

El desmoronamiento del sex-appeal del 007 se hace evidente en su relación con la secretaria, Miss Moneypenny. En películas anteriores, Bond seduce a jóvenes bonitas, delgadas y sexys, ahora se la juega por el enorme atractivo de Naomie Harris (Piratas del Caribe), una mujer hasta cierto punto introvertida. Pero ella no quiere nada con Bond, aunque él le gusta, porque sabe que puede tener mejores tipos que él. Incluso, a la compañera de Bond, la joven psicóloga Madeleine Swann (Lea Seydoux), no se le antoja coger con él, ni siquiera con unas copas demás. ¡Lástima! La forma más fácil de tener éxito en el arte de la seducción se da solo con la viuda Lucia Sciarra (Monica Bellucci). Aunque Bond la sonsaca durante el coito para que le dé información, aquí se origina otro tabú: Por primera vez, la "máquina de matar" se involucra con una mujer mayor, la cual parece esconder más fatiga debajo de su maquillaje que la del propio Bond (Craig tiene 47, Bellucci 51), lo cual reviste al acto con una elegancia mórbida.

EL DISCURSO FILOSÓFICO

¿Y qué pasó con el tradicional deseo de Bond por el lujo? También lo ha dejado. Spectre muestra por primera vez el departamento privado de Bond: ubicado en un edificio antiguo, con decoración minimalista y mobiliario totalmente conservador. ¡Esto nunca le habría sucedido a Sean Connery!

El nuevo Bond se acerca mucho más a los villanos de sus películas, pero da un paso más: raramente comete sus fechorías a partir del deseo propio de enriquecimiento, sino por puras ganas de destrucción, el caos le atrae, meras ansias de poder, bastante similar al personaje de El Guasón (Heath Ledger) en El caballero oscuro (2008). En una escena se muestra a Bond detrás de una pared de cristal, en la cual se refleja la imagen del jefe de SPECTRE, Franz Oberhauser. Ambos rostros se funden en uno solo. Oberhauser y Bond tenían el mismo padre. Pero el padre solo amaba al hijo adoptivo, James, y despreciaba a su hijo biológico, Franz. El drama de Caín y Abel. El resultado: el hijo amado asesina para los "buenos" y el hijo despreciado asesina en favor de los "malos". ¿Hace esto alguna diferencia?

Oberhauser le coloca una trampa a su "hermano" odiado, James, al que intenta deconstruir con la ayuda de la neurobióloga. Sobre una silla quirúrgica, el cerebro de Bond es taladrado para trabar y alterar con una aguja craneal computarizada las bases neuronales de su personalidad. Una de ellas será esencial para la identificación de las personas. El taladro penetra en el cerebro de Bond; sin embargo, él logra reconocer a su compañera, la psicóloga Madeleine Swann. De manera que el 007 se resiste a convertirse en una máquina. Él no puede ser reducido a pura materia, no es posible convertirlo en un manojo de conceptos básicos. Al final, Spectre se convierte en un drama filosófico sobre la interpretación del alma humana, que es lo que se destaca al final de la película. Bond apunta el arma hacia el "hermano" terrible. Aprieta del gatillo y... por fin la venganza. Pero su psicoángel, Madeleine, lo observa. Bond sabe que ella desea verlo desistir de la venganza. Así que aleja el revólver y hace con él una señal de renuncia. Aunque Bond de vez en cuando salva algunas almas, su temple de acero sigue siendo el de un hombre frío y solitario.

NIETZSCHE Y 'EL REY PÁLIDO'

Spectre, con sus colores apagados, imágenes oscuras y personajes que actúan como siluetas —solo iluminados cuando es preciso—, es una cinta de cine negro bastante compleja. Nada de ella evoca el colorido y vital espectáculo pop que acompañó a Connery y a Moore. Algunas partes de la escenografía de Spectre parecen sacadas directamente de una película de terror, como es la casa de madera ubicada en los alrededores de un lago brumoso que en un momento es picoteada por un cuervo.

Un ex compañero de SPECTRE es apodado El rey pálido. Una casualidad o, mejor dicho, podría ser el homónimo de The pale king (Little, Brown & Co., 2011), novela póstuma de David Foster Wallace, quien se suicidó en 2008. La trama de esta novela nihilista se centra en la experiencia rutinaria de funcionarios de hacienda de una Agencia Tributaria en Illinois, Estados Unidos. Ellos ya no experimentan ningún placer a partir del poder que tienen, solo son conscientes del vacío de información, están muertos de aburrimiento, corren al psiquiatra y ruegan por drogas que los saquen del tedio laboral. Una obra maestra basada en el aburrimiento, cuya lectura resulta imposible abandonar una vez iniciada. Por cierto, El rey pálido de Spectre también se suicida.

Además de Bond, Batman ha experimentado en la última década (en la serie de El Caballero oscuro, 2005 a 2012) una suerte de oscurantismo visual donde nada queda claro y todo lo que domina es el misterio sin contenido. En la crisis de la mediana edad, Bond representa el agotamiento de la cultura occidental. Combate sin un ánimo real en la vida. Por eso sus victorias, al final, no significan nada. Es la pérdida metafísica, que lenta e inexorablemente se va infiltrando en su fundamento ontológico, cuyo impacto le causa una profunda sensibilidad, como le ocurrió a Nietzsche hace más de un siglo. Mientras la psicología y el impacto del nihilismo moderno intentan explicar el significado del trabajo terapéutico (C.G. Jung, Viktor Frankl), este vacío indigno se llena de más y más prácticas de consumo y con la colorida cultura del entretenimiento —la cual ya no es posible en Skyfall y Spectre. Un efecto secundario positivo: la extrema utilización de productos —el uso de productos de marca como requisito— se fueron con Spectre a la basura. Las imágenes son tan oscuras, que uno difícilmente reconocería los elementos promocionales.

Tomado de la revista Compact, diciembre de 2015

Traducción del alemán: Andrea Rivera Villegas