[Función Dominical] Dinero por imaginación

Puede que haya también quien defienda 'La cumbre escarlata' diciendo que no está hecha para pensar, pero yo me resisto a suponer que pueda ser divertido no pensar.
La Cumbre Escarlata
(Universal Pictures)

México

Los fanáticos pueden responder a cosas que los cinéfilos no. Son ellos quienes dirán, por ejemplo: ¿Dónde queda el perrito que alegraba las tardes de la protagonista en La cumbre escarlata? ¿Puede una mujer flaca reventar el cráneo de un hombre fornido en un lugar público sin que nadie se de cuenta de nada? ¿Hay mujeres que se enamoran tanto que todo lo dejan en un santiamén y se van a vivir a un castillo sin techo?

Aunque vale la pena ver La cumbre escarlata por aquello del "que no le cuenten", es necesario advertir que Del Toro se ha creído el ardid de que es una mente maestra. Tanto que no se preocupa ya por revisar sus guiones antes de comenzar a filmar.

Otros defensores del director dirán que lo suyo es el diseño de producción, el look. Puede que sí. La imagen juega un papel fundamental en la obra de este mexicano que ha conseguido volverse "de culto" en Estados Unidos. Pero la imagen adolece también de imperfecciones: la sangre no asusta, los monstruos y el castillo tampoco. Abigarrada, la imagen está más próxima al merengue en un pastel que a la poesía visual de El espinazo del Diablo.

Puede que haya también quien defienda La cumbre escarlata diciendo que no está hecha para pensar, pero yo me resisto a suponer que pueda ser divertido no pensar y toda esta película se desmorona con solo pensarla un poquito; tanto que no resiste comparaciones con la mejor película de Del Toro hasta la fecha: El laberinto del fauno.

Y es que El laberinto fue parte de una obsesión con los fantasmas y la Revolución Mexicana que produjo también El espinazo del Diablo. Ambos guiones fueron trabajados durante décadas, desde que el director era un niño que compraba cómics mexicanos en los quioscos de Guadalajara. En ello estriba la diferencia. No es lo mismo un guión bajo la almohada, un guión macerado con distintos puntos de vista; uno al que se ha cambiado el país y la época, que un guión así, rápido, salido de la impresora listo para filmar. El laberinto del fauno fue pensado originalmente para suceder en México, durante la Revolución, pero aquí no encontró dinero, así que Del Toro se fue a España de donde emigró a los Estados Unidos. Y ahí ha triunfado como pocos, pero fue en España donde hizo las mejores obras de su carrera. El laberinto del fauno, llevado desde la Revolución Mexicana hasta la Guerra Civil española, es realmente un triunfo de la imaginación, mientras que La cumbre escarlata es un innecesario fuego artificial lleno de cabos sueltos.

Cuando Del Toro comenzó su carrera, lo que más sorprendía es que dio brillo a un género menor: el cómic mexicano. En Cronos resuenan los ecos de aquellas historias: Tesoros clásicos, Cuentos de ultratumba. A estos cómics, el tapatío les otorgó una complejidad que en sus últimas películas, poco a poco, se ha ido desmoronando. En La cumbre escarlata se ha quedado solo la intención, la historia de un cine serie B en el cual el dinero suple a la imaginación. Imposible. La cumbre escarlata no es recomendable en esta función dominical.

La cumbre escarlata (Crimson Peak). Dirección: Guillermo del Toro. Guión: G. del Toro y Matthew Robbins. Fotografía: Dan Laustsen. Con Mia Wasikowska, Jessica Chastain, Tom Hiddleston. Estados Unidos, 2015.