Miguel Vázquez, el creador de trucos del cine mexicano

Podía hacer llover, arder, morir y resucitar, todo lo que le da veracidad y fantasía al celuloide; más de seis décadas de su vida las dedicó a esta tarea por la que fue reconocido con un Ariel de oro.

Ciudad de México

Así es cualquier sangriento flechazo de una película de indios y vaqueros: se ata al cuerpo del actor un trozo de unicel de donde sale un alambre muy delgado que es introducido a la flecha hueca, se pinta el alambre con un plumón para matar el brillo y listo. Se lanza la flecha con la guía del alambre y atraviesa al actor.

Este truco fue inventado por Miguel Vázquez y reproducido miles de veces en las cintas mexicanas, porque si el cine es una fábrica de sueños, el especialista en lograr una mezcla entre ilusión y credibilidad es el responsable de los efectos especiales. Es, digamos, un mago capaz de hacer llover, provocar un temblor o una erupción volcánica, hacer morir a alguien de un disparo o cercenado, levantar a los muertos, provocar un choque entre otras cosas.

Trabajó en "Tintorera", "Los albañiles", "Kalimán", "Fitzcarraldo" y en "Aguirre la ira de Dios"

"El efecto especial, a pesar de los años y de la tecnología es el mismo. Por ejemplo, para un balazo hoy se usan los mismos estopines o cartuchos que se colocan en el cuerpo del actor y se detonan a distancia. Lo que ha cambiado es la forma en que se hacen explotar, antes se hacía mediante un cable escondido, ahora puede ser inalámbrico. Pero estamos hablando de lo mismo".

Es Miguel Vázquez, un hombre de 84 años que "está a media hora de cumplir 85" —dice entre risas—, que recibió el Ariel de oro de parte de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas por una vida entregada al arte de los efectos especiales.

Hoy se aprecian mucho los efectos especiales basados en la digitalización de alta definición y la tecnología de punta, capaz de convencer al espectador de hechos realmente imposibles, principalmente en industrias cinematográficas boyantes como la de Estados Unidos y la India.

México, que produce significativamente menos películas, cuenta también con una larga historia en materia de efectos especiales y una zaga de familias dedicadas a ello, que por trabajar para una industria de pocos recursos han tenido que echar mano más de la creatividad que de las innovaciones tecnológicas.

"En los años setenta, mientras en Estados Unidos se hacía Tiburón, en México mi papá hacía efectos especiales de Tintorera, con menos recursos económicos y tecnológicos, pero él era muy ingenioso y nunca tuvo temor a no encontrar la solución.

"No sabía cómo iba a hacerle, pero estaba seguro que lo iba a lograr. Él hizo muchos proyectos y yo llegaba hasta a jugar con ellos", dice Alejandro Vázquez, director de la empresa Efeccine que desde chico sigue los pasos de su padre y que recientemente hizo algunos de los efectos en la cinta James Bond Spectre, filmada en el Zócalo de la Ciudad de México.

SANCIONADO Y PREMIADO

La historia comienza una tarde de 1944, cuando Miguel tenía 14 años de edad y estudiaba en la Escuela de Aviación. Quedó sancionado y no le permitieron salir del plantel pero tampoco avisaron a su familia. La madre de Miguel, molesta por la situación, le impidió volver a esa escuela.

Así fue como se convirtió en ayudante de su padre Martín Vázquez, quien trabajaba en los estudios CLASA. Ahí fue ayudante en departamentos de iluminación y utilería y poco a poco fue especializándose en efectos especiales.

"Para preparar un arnés para colgar, por ejemplo, lo hacía yo en el taller y mi ayudante era mi señora; hacía el arnés, se lo probaba y se aguantaba buen rato, digamos 10 minutos colgada... "¿Cómo te sientes?", le preguntaba: "¡Muy bien!".

A ese arnés le ponía un asiento de bicicleta delgadito y así, si se cansaba de colgar de los tirantes, nomás se paraba tantito, descansaba, y ahí seguía", platica don Miguel.

Fue su padre quien lo introdujo a la industria, pero aprendió del pionero de los trucos cinematográficos, León Ortega. Durante más de 60 años fue supervisor de los efectos en más de 50 cintas; además heredó el oficio a dos de sus tres hijos, Arturo el menor y el mayos Alejandro, el de en medio, Miguel, es médico.

"Una vez salió mi hijo menor de la escuela y al llegar a casa vio que estaban filmado. Había camiones, actrices, cámaras, entonces tomó un smoker que es el aparatito con que se le echa humo a las abejas y empezó a hacer humo, pero el camarógrafo pidió límite o distancia para el niño porque estaba apareciendo en la cámara. El niño encontró su lugar pero siguió haciendo humo, ya desde entonces supe que él iba a hacer esto", explica Miguel.

EFECTOS INTERNACIONALES

Vázquez trabajó en cintas de la más diversa índole como El Tunco Maclovio, Santo y Blue Demon contra los monstruos, Kalimán, El hombre increíble; Los albañiles y los clásicos del cine internacional Aguirre, la ira de Dios y Fitzcarraldo, del director alemán Werner Herzog.

"Ahí tuve que afinar la técnica —rememora don Miguel— porque esos efectos fueron muy duros. Por ejemplo, en Fitzcarraldo había toda una secuencia donde la embarcación se cruza por la selva para cortar el camino y llegar al Río Amazonas, y pues lo cruzamos, únicamente con la fuerza de la embarcación".

También hizo Romero, de John Duigan, donde entre él y su hijo Alejandro llenaron de estopines con balazos la Catedral de Cuernavaca, y especialmente el cuerpo de Raúl Julia, quien personificó al sacerdote salvadoñero.

"En Tintorera me dijeron que hiciera salir sangre de la boca de un tiburón, y René Cardona, el director, me decía ponle estopines. Sí puse unos y primero sí me los tronó, pero los demás ya no, entonces uno tiene que adaptarse según la capacidad, así que empecé a ponerle anzuelos con sangre al tiburón.

"Luego, por ejemplo, en la muerte del protagonista, interpretado por Andrés García, le puse un hueso de caguama, de tortuga pues y, bolsas de sangre por dentro de la boca, entonces por las branquias salió cantidad de sangre y se veía sensacional", cuenta Miguel Vázquez.

Así como inventó efectos, creó máquinas para hacerlos mejor, algunas de ellas siguen vigentes y han viajado por el mundo. Durante la entrevista con Dominical MILENIO camina en el patio del taller de Efeccine, la empresa de su hijo mayor, y descubre una máquina chica con cuatro llantas, un tanque de gas y otros detalles.

"Para hacer esa, el tío Roberto y yo hicimos muchas pruebas, queríamos que saliera mucho humo, pero probábamos muchas cosas y no nos quedaba, hasta que le metimos un fierrito y quedó listo", dice el señor Vázquez mientras el humo que sale a borbotones lo envuelve completamente.

"¿Tú la hiciste? —le pregunta su hijo Alejandro—, ¿pero la habías visto antes?, ¿dónde? ¿No? Es que de esas máquinas, igualitas, traían los colegas ingleses ahora para la filmación de Bond".

Del Ariel de oro, don Miguel dice: "Para mí es lo máximo. Me dijo la señorita cuando me avisaron por teléfono: 'Señor Vázquez ¿sigue ahí?'. Sí, espéreme tantito, es que estoy llorando".

El ingenio de Miguel Vázquez queda en la memoria colectiva, su impronta en una familia que alcanza a su nieta Karen Vázquez, quien ya estudió cine en Canadá, y a su nieto Arturo de 5 años, quien de la manera más espontánea le dice a su abuelo cuál es su pasatiempo favorito.

"Un día estaba yo sentado en la sala de la casa y pasó el niño y le pregunté: '¿A dónde vas?'. Y me dijo como si cualquier cosa: 'por ahí vamos abuelito, vamos a hacer unas explosiones'".

Es un hombre que disfrutó al máximo su trabajo —dice que fue como un juego—, y agradece a su esposa el haber administrado bien el dinero que de ahí surgió porque su trabajo era de free lance, si había filmación ganaba, si no, no había nada.

Don Miguel Vázquez sigue siendo un hombre feliz y disciplinado. Hace bromas y ríe a la menor provocación: "Mire yo todavía hago mucho ejercicio, todas las mañanas le doy 15 vueltas a la alberca de 25 metros y en el vapor hago más ejercicio, total que tengo todo el cuerpo marcado", dice mientras se ríe a carcajadas. Pero eso no es broma.