Dios en una granja

[Función Dominical]
El guión de “El pequeño Quinquin” es de Bruno Dumont.
El guión de “El pequeño Quinquin” es de Bruno Dumont. (Especial)

México

Bruno Dumont se sabe una suerte de pintor flamenco. Al menos así lo sugiere durante el clímax de P'tit Quinquin (El pequeño Quinquin), una extraordinaria película por donde se le vea. No es ordinario que un artista que se ha preocupado tanto por la locura como por el diablo ahora lo haga en tono cómico. No es ordinario que la comedia termine por volverse un tratado filosófico. No es ordinario que un tratado filosófico sea tan divertido.

Nuestro héroe tiene 10 años y labio leporino. Vive en una granja y está enamorado de una idílica francesita. Hasta aquí la cosa parece pueril. Corre uno el riesgo de imaginar que esto es cine para niños, algo raro en el autor de La Vie de Jesus, Hors Satan y Camille Claudel 1915. Pero la sorpresa se transforma en estupor: Quinquin y sus amiguitos son algo perversos.

Perverso. Entiendo el término como aquello que es al mismo tiempo una cosa y su contrario: un sí pero no. Quinquin es un tierno pero inquietante niño, que vive en un pueblo que tiene algo del Twin Peacks de Lynch. Un asesinato sirve de pretexto para retratar la descomposición moral de un pueblo que el lugar común llamaría "idílico".

Pero en el pueblo de Quinquin hay, como en toda Francia, muchachos negros y muchachos islámicos; hay, como en todo el mundo, enfermos mentales y una naturaleza que, lejos del cliché, resulta el Anticristo explorado por Lars von Trier. En efecto, la naturaleza es barbarie: el hombre es el lobo del hombre. La Bestia.

Quinquin y sus amigos son racistas pero adorables (perversos, al fin y al cabo) entrañables, malévolos y frágiles. Para celebrar el 14 de julio se pintan de rojo, azul y blanco, y son como esta Francia en la que hay un inspector que investiga un truculento asesinato: restos de mujer han sido encontrados en las entrañas de una vaca.

El inspector, por cierto, recuerda al de la Pantera Rosa. También su fiel comparsa recuerda al sargento Dodo. Pero con todo y sus tics hilarantes, el inspector dice cosas como: "Pobres muchachos árabes. Nosotros los franceses no los hemos sabido aceptar, les hacemos cosas difíciles de digerir, los humillamos y para colmo... ¿qué van a hacer con esa religión que tienen?".

En efecto. En Francia y en Europa la migración islámica es un coctel explosivo, y como Dumont no sabe ser políticamente correcto, lo dice con todas sus letras: La Sharia es el infierno y Francia está llena de diablos, pero el diablo es un ángel exterminador que acaba con todo lo corrupto, lo enfermo, lo que es necesario segar.

Durante otra escena, el inspector coge un poco de tierra en la granja de Quinquin y la huele: "Está amarga", dice. La tierra Francesa se ha vuelto amarga. La tierra de las luces hoy ilumina sobre la nada. Lucifer.

Cuando Dumont se compara con un pintor flamenco del XVI lo hace porque el suyo es un cine lleno de simbolismos. En la pintura Flamenca a menudo Dios es representado como el panadero que habita un molino. De igual forma, la granja de Quinquin es este infierno que es Francia. Un país que ha perdido el rumbo entre sus propios nazis y el islamismo radical.

P'tit Quinquin (El pequeño Quinquin). Dirección: Bruno Dumont. Guión: B. Dumont. Fotografía: Guillaume Deffontaines. Con Alane Delhaye, Bernard Pruvost y Philippe Jore. Francia, 2014.