[Multimedia] La inocencia de 'El Caballo'

Alberto Rojas era actor y actuaba en películas del género que conocen en Brasil como "pornochanchadas"; de manera equivocada, aquí las han tratado como “sexicomedias pícaras”.
Alberto Rojas falleció el pasado domingo 21 de febrero.
Alberto Rojas falleció el pasado domingo 21 de febrero. (Edgar Negrete | Clasos)

Ciudad de México

No conocí a Alberto Rojas, un actor y director de cine, video y teatro que muchos identifican con el sobrenombre de El Caballo y que acaba de fallecer. De lo que sí tuve noticias en abundancia es del cine en el que trabajaba con frecuencia. En realidad, el peor cine que se ha hecho en este país desde sus orígenes hasta la fecha. Pero hay que tener muy claro que Rojas no fue responsable de este fenómeno. No fue su culpa. Era actor y actuaba en películas del género que conocen en Brasil como “pornochanchadas”. De manera equivocada, aquí las han tratado como “sexicomedias pícaras”, cuando en realidad se ha tratado siempre de un cine comercial, barato, extremadamente vulgar, alimentado invariablemente con los desnudos y las palabrotas, que en particular a partir de los años setenta era festejado por su público habitual, la población de más escasos recursos y desprovista del todo de educación escolar. A su lado, aparecían a menudo Sasha Montenegro, Lalo El Mimo, Rafael Inclán, Guillermo Rivas, Angélica Chaín, Alfonso Zayas, Gloriella y Carmen Salinas entre muchos otros. Ellos tampoco eran culpables por ese cine tan alejado de la calidad.

Siempre me ha parecido muy significativo que el presidente que con su hermana cobijó esa industria miserable, José López Portillo y su hermana Margarita, terminara contrayendo matrimonio con la frondosa “estrella” de ese cine, Sasha Montenegro. Durante su gestión ardió la Cineteca Nacional, los cineastas más serios fueron perseguidos, encarcelados y marginados, pero sobre todo, en alianza estrecha con los productores privados, se filmaron decenas de películas de porno soft, leperadas y burdeles. Los títulos de las cintas en las que se desempeñó Rojas entre los setenta y ochenta dan una idea clara de aquellos momentos de profunda crisis económica y moral: Las golfas del talón, Muñecas de medianoche, Burlesque, El sátiro,Un macho y sus puchachas. Y un largo etcétera. Sin el apoyo oficial ese cine no habría existido, ni tampoco El Caballo y sus muchos compañeros de eróticas aventuras fílmicas.

Sólo los muy aguerridos Matilde Landeta y Jaime Casillas, desde la presidencia de la Academia Mexicana de Cine, hicieron frente a este tipo de producciones, etiquetadas bajo el rubro de “cine de ficheras”, que sin pudor alguno peleaban por su derecho a los premios Ariel. Los encontronazos de la industria auspiciada por el Estado con los productores privados fueron desde entonces memorables. Ese cine, sin embargo, con sus ramificaciones en el video y en el teatro comercial, se ha mantenido vigente prácticamente hasta la fecha. Nunca le han faltado espectadores. Eso habla mucho a propósito de la situación de nuestra cultura, de nuestra industria del cine y de nuestra condición socioeconómica.

El llorado Caballo, que actuaba hasta su muerte en la obra teatral La Semesienta, era solo uno de los rostros de esa situación. Descanse en paz y sin culpas.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa