Canciones emplumadas

Musicópata.
Musicópata
Musicópata (Especial)

Ciudad de México

Desde siempre, los compositores han utilizado a los animales en sus canciones porque ofrecen distintas aplicaciones creativas. Ahí están las canciones que hablan de animales en un sentido real, donde se cuentan historias en las que alguna bestia muestra un comportamiento inteligente o con rasgos que la hacen aparecer casi como un ser humano. Luego están los temas en que los animales sirven de apodo para los protagonistas de las historias. Finalmente, están las canciones que usan a los animales como metáfora para aplicarles sus características a las personas.

En el cancionero hay temas de casi todas las especies, pero entre las de mayor presencia está la de las aves. Su canto, su plumaje, su inspirador vuelo, su ciclo vital, su hábitat y su variado carácter ejercen un atractivo fascinante que los compositores han sabido verter en cientos de canciones.

Las palomas son un ejemplo. De hecho, lo que podemos considerar como el primer gran hit de la canción en tierras mexicanas se llama “La paloma”, y data de 1886. Es una danza habanera llegada de Cuba compuesta por el músico español Sebastián Iradier. Fue popularizada por la soprano mexicana Conchita Méndez y se convirtió en la canción de moda en tiempos de Maximiliano y Carlota. Cuentan las crónicas que cuando Conchita se la cantó a la emperatriz, ésta le regaló una pulsera de oro.

Entre las primeras canciones mexicanas que fueron populares está “La golondrina”, del músico veracruzano Narciso Serradel sobre versos del francés Narciso de Zamacois, traducidos al castellano por Francisco Martínez de la Rosa. Es justo decir que “La paloma” y “La golondrina” son la base a partir de la cual se empieza a desarrollar la historia de nuestra canción romántica. Por ello no debe sorprendernos que nuestros compositores utilicen estas dos aves en muchas canciones.

A pesar de que José Alfredo Jiménez tiene en su lista la popular “Paloma querida”, que Sebastián Lerdo de Tejada tiene “Paloma blanca”, que Juan Gaytán aporta “Dos palomas al volar” y que “Paloma mensajera” sea de Julián Venegas, el honor de ser considerado como el “Compositor ornitológico” por excelencia corresponde al zacatecano Tomás Méndez, autor de “Cucurrucucú paloma”, “Paloma negra”, “Paloma déjame ir”, “Golondrina presumida”, “Gorrioncillo pecho amarillo” y “Que me toquen las golondrinas”.

Otras aves han encontrado su lugar en el catálogo de nuestra música. A ver si usted se acuerda de éstas: “El coconito”, “El faisán”, “El perico loro”, “El zopilote mojado”, “El son del tecolotillo”, “El gavilán pollero”, “Las gaviotas”, “Pajarillo barranqueño”, “El palomo”, “El querreque”, “El pájaro azul”, “El pájaro carpintero”, “El gallo colorado”, “Los pavorreales”, “Golondrina de ojos negros”, “Los gorriones”, “El cuervo”, “El águila real”, “Tortolita” y “La gallina clueca”.

A todo esto hay que sumar los temas de Francisco Gabilondo Soler, Cri Cri, y demás autores de canciones infantiles, pero eso será en otra entrega. Termino diciendo: “Vuela vuela palomita, párate en el manantial, allá te alcanzo muy pronto en otro Dominical”…