Allenígenos y clichés

Función Dominical.
Magia a la luz de la Luna.
Magia a la luz de la Luna. (Especial)

Ciudad de México

Pregunta: ¿qué tiene Woody Allen que hace que todo lo que pueda uno decir de él suene a lugar común? Respuesta: cuarenta y tantas películas, una vida privada turbulenta, fama de “intelectual” y dos o tres obras maestras. Magia a la luz de la luna no es una obra maestra sino más bien una comedia romántica dulzona en la que el director sigue en su “periodo turista”. Como se sabe, ha filmado en Londres, en París, en Roma, en Barcelona y ahora, en La Riviera Francesa. Sin duda el señor Allen tiene buen gusto para elegir los lugares en los que pasa sus vacaciones y además pasa las facturas a unos productores que, lejos de lo que pudiera creerse, se han enriquecido con esta marca registrada de nombre Woody Allen.

Si uno cree que porque ama el cine de Allen es “intelectual” tal vez debería reflexionar un poco. Es cierto que el neoyorquino tiene 10 o 20 películas muy inteligentes (visto el volumen de su filmografía, tampoco es tanto) pero también es cierto que tiene otras como esta Magia a la luz de la luna que resulta tan repetitiva con respecto a sus temas que uno confirma la sospecha de que lejos de ser un “autor”, Woody Allen es una industria.

Hace muchos años, Woody Allen dirigió una deliciosa comedia a la que llamó La rosa púrpura del Cairo. La chica se enamoraba de un personaje en la pantalla y se rompían los límites entre realidad y ficción. La moraleja era clara: “El cine es mejor que la realidad”. Y no es que Woody Allen haya imaginado por primera vez una conclusión tan sabia, pero en 1985 uno le daba el beneficio de la duda porque incluso pensaba: “Es un autor independiente”. Casi 30 años después y con la misma premisa no produce ni tanta risa ni tanta buena fe.

La película tiene sus cosas buenas, claro. Toda industria que se respete sabe mantener los niveles de calidad. La historia va de un inglés que se ha dado a la tarea de desenmascarar a cierta médium adorable con la que, como es de prever, vivirá su historia de amor. La calidad está en la recreación de los escenarios, en la fotografía que parece una tarjeta postal y, claro, en el mensaje que es una tarjeta postal: “No existe el más allá, no existe Dios, pero existe el amor”. ¡Ah! Suspiran las generaciones que todavía creen que un cliché de semejante tamaño vale la pena de ser desarrollado durante poco menos de dos horas. “La magia del amor”.

Hay calidad también en las actuaciones y aquí vale la pena darle todo el crédito a Colin Firth. Y es que en eso que para los allenígenos es la magia de la repetición woodyallenesca, una característica infaltable en este cine es el autorretrato del maestro. Claro, como ahora Allen tiene más arrugas que películas, ha decidido usar actores que lo interpreten (o mejor, que lo imiten). Firth no. Y a pesar de que el guión está escrito para que todo allenígena vea en Colin Firth a Woody Allen, el hombre sabe dar al sesudo neurótico un carácter personal: el carácter de un hombre enamorado de esta extraña mujer en una de esas películas que, más que intelectual, resulta digna de una función dominical.


Magia a la luz de la Luna (Magic in the Moonlight). Dirección y Guión: Woody Allen. Fotografía: Darius Khondji. Con Colin Firth, Emma Stone, Marcia Gay Harden. Estados Unidos, 2014.

@fernandovzamora