El legado de Rascón

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Víctor Hugo Rascón.
Víctor Hugo Rascón. (Archivo)

Ciudad de México

Nunca lo vi sin traje, sin corbata. Víctor Hugo Rascón era muy formal no solo en el vestir. Minucioso para todas sus cosas, obsesivo casi en sus empeños profesionales, apenas paraba unos minutos para dormir. Antes de encerrarse en su oficina en sus días de alto funcionario bancario, corría en Chapultepec al amanecer, iba al gimnasio, desayunaba frugalmente y se iba de filo sin descanso. Juntas, reuniones, problemas y más problemas. Empleados enfermos, robos frecuentes, quejas de cuentahabientes. Puras broncas. En sus descansos, en las horas que robaba al sueño, escribía texto tras texto, obra tras obra, guiones para el cine, para la televisión. En el fondo solo le preocupaban dos cosas: su trabajo creativo y su familia, sus padres.

Cuando uno pasaba por su oficina ofrecía cuentas bancarias, préstamos, casas, departamentos, automóviles con facilidades increíbles. Muchos, actores, directores, escritores, aprovecharon su generosidad. Recibieron dineros que no podían pagar; se le desaparecían, le sacaban la vuelta, le tomaban el pelo. Víctor Hugo lo resolvía sin enojos ni quejas.

Estaba pendiente de todo, de todos. Solidario, afectuoso en la distancia, sabía que muchos dependían de sus gestiones salvadoras, sobre todo mientras estuvo al frente de la Sogem. Por ahí andaba muy activo cuando la leucemia comenzó a robarle el aliento a escondidas. Hospitalizado durante 10 meses, casi agonizante escribió cinco obras de teatro, dos libros de cuentos y un guión de cine. Cuando se fue, el último día de julio de 2008, quienes lo queríamos y admirábamos, aunque no quisiera, lo sentimos mucho.

Leo ahora en el reportaje de Verónica Romero que se acaba de publicar en estas páginas que la familia de Víctor Hugo no ha podido en seis años tomar posesión de su legado por una omisión en su testamento: no incluyó en el documento sucesorio una relación detallada de los textos que habrían de beneficiar a sus herederos. La omisión es realmente inexplicable si la cometió alguien que creció en los juzgados, nieto de jueces, hijo de un ministerio público, abogado con maestría y doctorado que estuvo al frente de un organismo especializado en la defensa de los derechos de los escritores. Dicen que al mejor cazador se le va la liebre. En el caso de Víctor Hugo, un hombre de enorme buena fe pero también con amplio conocimiento de su profesión y también de las circunstancias en que se aplican las leyes en México, parece por lo menos extraño lo que ocurre con su sucesión testamentaria. Si hubiera que pensar con malicia, habría que recordar que el trabajo dramatúrgico del chihuahuense con frecuencia recorría lo mismo los escenarios teatrales que los tribunales. Pisaba callos, sacaba chispas, provocaba enojos. Tocaba temas difíciles en lo social y lo político. Solo faltaría que el asunto terminara en el congelamiento de la obra de un dramaturgo audaz, sensible e inteligente. Ojalá que no sea así.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa