[Multimedia] La semilla del diablo

Román Polanski era un tirano frío, déspota y obsesivamente riguroso, pero lleno de talento.
Cartel de El bebé de Rosemary
Cartel de El bebé de Rosemary (Cortesía)

Ciudad de México

A sus 23 era un sol. Frágil, inocente, bella, más o menos recién casada con Frank Sinatra, Mia Farrow sabía que El bebé de Rosemary era su primera película importante. En 1968 Román Polanski andaba por los 35. Se había apersonado en la oficina del productor para exigirle que dejara la dirección de la cinta en sus manos. Era un joven impertinente, pero muy seguro de sus posibilidades. Cuando el productor estaba a punto de echarlo se le ocurrió preguntarle cómo haría la película. Polanski describió a grandes rasgos sus ideas. Salió con el contrato firmado. Según la novela de Ira Levin, el personaje de Mia Farrow sufría lo indecible mientras germinaba en su vientre la semilla del diablo. Bajo la dirección de Polanski su vida casi fue peor. Durante la filmación la hizo trabajar día y noche, la obligó a romper su dieta vegetariana comiendo montones de hígado crudo, la hizo caminar entre el tráfico neoyorquino poniendo en riesgo su vida y finalmente redujo a escombros su matrimonio con el cantante. Polanski era un tirano frío, déspota y obsesivamente riguroso, pero lleno de talento. En tanto lo demostraba, el magnífico John Cassavetes, el estelar masculino, harto de sus desplantes le retiró la palabra mientras nadaban en ríos de sangre. Como a todos, lo obligaba a repetir una y otra vez sus escenas.

A finales del año pasado, Vanity Fair publicó un recuento de las peripecias ocurridas durante la que definió como una de las filmaciones más terroríficas en la historia del cine, que sin embargo encaminó de inmediato a Polanski y a Farrow rumbo a la celebridad y el éxito económico.

Polanski vivió su vida desde entonces como quien se deja caer por una empinada ladera. Farrow no ha cantado mal las rancheras. La revista menciona “la maldición de La semilla del diablo”, que habría hecho un infierno de la vida de sus intérpretes. Farrow y Sinatra se divorciaron. Sharon Tate, la esposa de Polanski, fue brutalmente asesinada con un bebé en las entrañas. Cassavetes murió de hepatitis.

Vanity Fair no ha dejado de dar cuenta de las desgracias que desde entonces sacuden la vida del director y la actriz. Ha compartido también los efectos de esa maldición. En 2005 perdió un pleito por difamación interpuesto por Polanski luego de afirmar que el realizador había estado ligando con una mujer durante los funerales de su masacrada esposa. Les sacó una indemnización de 75 mil euros. Farrow testificó a su favor.

Pero ahí no pasó nada. El año pasado, después de un largo silencio, Polanski relató a la revista sus sufrimientos desde que fue aprehendido en Suiza en 2009 al cabo de una persecución de casi 30 años, inculpado por abuso sexual contra una menor.

El realizador está cumpliendo ahora 81, con una extraordinaria carrera detrás. Su vida agitada parece haberse encontrado con la paz. Casi a los 70, la de Mia Farrow no tanto. Su ajetreada vida sigue nutriendo las páginas de Vanity Fair.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa