Mejor Netflix que la Sep

[SEMÁFORO]
De la teleserie Vikingos.
De la teleserie Vikingos. (Especial)

Ciudad de México

Grandes guiones, grandes actuaciones, grandes producciones. Las series son estupendas, adictivas. Podemos hallar la profundidad humana, la complejidad ética de los personajes, la calidad dramática de las situaciones. No son las viejas series que lamentablemente suponían unos buenos y otros malos y una frontera entre ellos como si fueran distintas especies. Los personajes ahora tienen la gama completa de la grandeza y la miseria, el narcisismo y la humildad; los guionistas nos fuerzan a admirar sujetos despreciables y a ningunear gente de bien, como nos sucede en la vida diaria. De unos años hacia acá, el maniqueísmo moral ha venido a menos. La brecha que antes hubo entre buenos y malos queda ahora entre las series de lengua inglesa y la basura de nuestra tele.

En estos últimos meses constato, por todos lados, que las series disparan pláticas que no son modos de romper el hielo sino conversación verdadera. Originalmente hechas para la televisión, resultan mucho más exitosas por la repetidora de internet: la enorme ventaja de dosificar según la propia gana, y no depender de un horario de transmisión, incluso con la bajísima calidad del internet en este país. Las conversaciones incrementan las preguntas y la curiosidad pide y hasta exige lectura: ¿qué puedo leer sobre tal o cual asunto? Un viejo amigo, que nunca fue un lector curioso, de pronto me sorprende con un ejemplar de los Escritos sobre Maquiavelo (FCE) de Federico Chabod. "Es que vi Los Borgia y me quedé picado". Maquiavelo se le alzó como autor y se llenó de sentido, gente visible, problemas acuciantes, pensamiento vivo.

Hay mil campañas para fomentar la lectura y ninguna funciona. Por dos razones —o una, con dos puntas: el supuesto placer (ese placer de obligatoria y vacua mención, infaltable en la propaganda inútil y costosa de uno tras otro gobierno) se propone como adquisición inmediata. Es idiota. Para que la lectura se vuelva goce se necesita una curiosidad activa, no pasiva; es decir, no la del televidente sino la del metiche. Leer es buscar, y buscar supone tener en la cabeza personajes, acciones, objetos imaginarios. La búsqueda no comienza de cero: requiere una técnica y una disciplina. Muchas actividades que valen la pena iniciaron como un esfuerzo torpe. Los niños no nacen sabiendo patear un balón, por ejemplo: pasan horas y años fallando, intentándolo de nuevo y no es sino hasta después que gozan inmensamente sus juegos. Y así con un montón de placeres y goces. Vaya: hacer el amor requiere aprendizaje, intento, escucha, dedicación. Y la lectura, pues, requiere tres cosas: la adquisición de la técnica, la disciplina y la fijación imaginaria de la curiosidad —que son destrezas adquiridas, no datos de la naturaleza.

Fallan los gobiernos y los programas estatales; la televisión mexicana está muy por debajo de la capacidad mental de la población; el gremio del magisterio es delincuencial y los maestros no saben leer. Bendigamos a Netflix, aunque sea tan lento en adquirir la tercera temporada de Vikings. Mientras, me busco alguna traducción de la Gesta Danorum, que no hallo en español.