Una estrella en caída libre: Pete Townshend

El guitarrista de Los Who narra en su autobiografía Who I Am el auge y decadencia de una época iniciada con el rock rebelde, “atroz y visceral”, y finalizada con la irrupción del tatcherismo y los ...

Ciudad de México

Pete Townshend, el líder de la banda The Who, publicó el año pasado un libro de memorias que hoy sigue ocupando un lugar estelar en las librerías de los aeropuertos de Estados Unidos. El libro se titula Who I Am, y acaba de ser traducido por la editorial española Malpaso que, según se informa en una de las páginas, distribuye sus libros también en México. Que siga en los aeropuertos habla de su éxito porque los libros que de verdad se venden se desbordan de las librerías e invaden otras superficies como los supermercados, las estaciones de autobús o las de tren, las tiendas de souvenirs en los hoteles de playa.

Que un libro autobiográfico de un famoso guitarrista de rock tenga éxito es una obviedad, y más si se trata de Pete Townshend, líder de una banda famosa por sus excesos con el alcohol, las drogas y las groupies, y además protagonista de una época, los años sesentas y setentas, en la que el exceso no solo era bien visto sino, incluso, deseable en las estrellas de rock. Un rockero como los de hoy, que hace ejercicio, come verduras y jugos multivitamínicos, y bebe botellines de agua durante sus conciertos, hubiera producido desconfianza en la época en que Pete Townshend esnifaba gramajes suicidas de cocaína, acompasados con botellas de coñac Remy Martin. Además de las divertidas barbaridades que el lector de esta biografía espera que Townshend le cuente, se añade el morbo de su episodio, bastante reciente, con la pornografía infantil. La policía, siguiendo el rumbo de una compleja trama de pederastas, irrumpió en casa del famoso guitarrista, revisó sus computadoras y comprobó que Townshend, efectivamente, había visitado páginas de esa calaña. La explicación que ofrece en su autobiografía es la que en su momento había ya esgrimido, que un tío suyo abusó de él cuando era niño y que aquello lo había marcado de tal forma que, una vez superado el trauma, decidió sumarse a la lucha contra la pornografía infantil y, para sumarse con conocimiento de causa, primero tenía que visitar unas cuantas páginas. La explicación puede satisfacer o no, pero es importante decir que está escrita dentro de un contexto de violenta honestidad que hace de este libro, en algunas de sus páginas, un vehículo de expiación. Townshend escribe, por ejemplo: “Mick es el único hombre al que de verdad quise follarme”, refiriéndose, por supuesto, a Jagger, y lo dice después de desgranar con gran desparpajo esa latente bisexualidad que lo ha acompañado toda la vida. Pero al margen del morbo que naturalmente despierta la vida enloquecida del guitarrista, este libro es la crónica del final de toda una época, de ese momento en el que las vanguardias, musicales en este caso, se estrellaron contra las leyes del mercado, contra el capitalismo salvaje, contra el Tatcherismo que Townshend identifica como el punto final de toda esa época, en la que los jóvenes creían, de verdad, que estaban construyendo una sociedad distinta y que ya para 1981, casi sin darse cuenta, se les había ido de las manos. Anoto el año 1981 porque ahí coincide, en este libro de memorias, el derrumbe de ese mundo, el dream is over que anunciaba John Lennon, con la debacle personal de Pete Townshend, que hacía tres años había perdido a su motor, el asombroso baterista Keith Moon, muerto de una contundente sobredosis. Townshend recuerda un cumpleaños de Keith Moon, durante una gira por Estados Unidos, en un Holiday Inn, recuerda un letrero que había en la puerta del hotel, “Felices veintiuno Keith Monn”, aunque en realidad cumplía 20, y también recuerda un montón de chicas, el pastel embarrado por el suelo y las paredes, y un automóvil Lincoln Continental balanceándose en la orilla de la alberca, a punto de irse al fondo. “Se nos prohibió volver a un Holiday Inn de por vida”, dice el guitarrista. También describe un efecto secundario de la muerte de Keith Moon, un efecto físico más allá del dolor y el pasmo que aquella sobredosis les produjo; resulta que Roger Daltrey, el cantante del grupo, el hombre que no participaba de la algarabía drogota y sexual de los demás, no podía moverse en el escenario, ni bailar ni contonearse, con el nuevo baterista; la ausencia de la percusión poliédrica de Keith Moon lo dejó clavado en el escenario, dejó de bailar, perdió la conexión con el ritmo desaforado de los tambores y se volvió un cantante más sobrio y contenido: como si la muerte Moon hubiera matado esa enérgica movilidad que distinguía al cantante.

Según Townshend, el punto más alto de Los Who fue su actuación en Woodstock y, a partir de entonces, comenzó un declive cuyo punto más bajo fue ese año 1981, en pleno furor del Tatcherismo, que un año más tarde tendría una de sus expresiones más floridas en la guerra de las Malvinas. Abro un paréntesis para contar una de las repercusiones de esa guerra en México que parece, más bien, un entremés folklórico: cuando estalló el conflicto, en abril de 1982, el presidente José López Portillo, en un alarde trenzado de hermandad latinoamericana y repudio al imperialismo, ofreció enviar al ejército mexicano para luchar hombro con hombro con los soldados argentinos, contra el enemigo inglés. Precisamente ese año yo estaba haciendo el servicio militar y un inolvidable sábado de abril, el sargento que coordinaba los entrenamientos de mi tropa, anunció que debíamos permanecer localizables porque el presidente, “que también es el jefe de las fuerzas armadas”, aclaró, podía requerir de nuestros servicios y enviarnos con un fusil a las Malvinas.

Aquella guerra, por suerte, duró poco, y a López Portillo no le dio tiempo de cumplirle a sus hermanos latinoamericanos, pero bastó para que Pete Townshend confirmara sus sospechas de que el mundo en el que había vivido acababa de venirse abajo, y de que esa guerra cerraba el círculo que habían comenzado a trazar Los Who, en sus primeras actuaciones en directo: “No estaba tratando de tocar una música que fuera hermosa, sino que confrontaba a mi audiencia con el sonido visceral, atroz, de lo que sabía que era la única verdad absoluta de nuestra vulnerable existencia: un día un avión soltaría una bomba que nos iba a liquidar en un abrir y cerrar de ojos. Podía suceder en cualquier momento. Así lo había demostrado la crisis de los misiles cubanos de dos años atrás”. Esta idea de la música que proviene de la angustia de que todo puede acabar con un bombazo, tenía su representación escénica en los conciertos de Los Who, que terminaban con los músicos despedazando sus instrumentos, clavando las guitarras en la torre de amplificadores y las botas en el bombo y en los tambores. Si el mundo va a acabarse en cualquier momento lo que toca es hacer pedazos los instrumentos, después de producir un sonido visceral y atroz.

Entre la crisis de los misiles y la Guerra de Las Malvinas transcurre la vida accidentada de Los Who, un grupo de típicos muchachos ingleses, hijos de su tiempo, que pertenecían a esa generación que salía trabajosamente de la oscuridad producida por las dos guerras mundiales, esa generación que estaba llamada a reconstruir Inglaterra y, de paso, a transformar el mundo occidental, a volverlo más potable, más humano, en consonancia con los jóvenes que libraban su propia batalla en otros países. A mediados de los años setenta, Townshend se dio cuenta de que su público más fiel, que era la clase trabajadora que asistía a sus conciertos a gritar we don’t get fooled again, se había ido con los punks y entonces comprendió, cuando menos por escrito en su libro de memorias, que su oportunidad había pasado, que le quedaba todavía un encore pero ya como vieja gloria porque esa música atroz y visceral que él proponía ya era propiedad del grupo Clash. ¿Y qué hace una estrella de rock cuando comprueba que la nueva generación le ha pasado por encima?, ¿qué la canción My generation pertenece ya a otra generación? Muy sencillo: redobla su ritmo de cocaína y Remy Martin, mientras encuentra la forma de reinventarse. Ese momento de desconcierto vital le llega a Townshend en 1981, un año excesivo que él documenta en un capítulo titulado, con mucho tino, “La última copa”. Recordemos que Inglaterra estaba inmersa en el Tatcherismo, esa doctrina que, grosso modo, se fundamentaba en la libertad de mercado, en la privatización de los servicios públicos, en el adelgazamiento del Estado de bienestar, en la simpatía descarada hacia las grandes empresas y en la fascinación por el rampante capital, ¿les suena? Pete Townshend se abandona en una espiral de alcohol y drogas dentro de la cual, sin embargo, sigue escribiendo canciones y haciendo conciertos, una espiral que lo lleva a desplomarse sobredosificado en el baño de un garito y, más tarde, a volver en sí “en un hospital de Chelsea, con una inyección de adrenalina de 15 centímetros clavada en el pecho”. Desde ese pozo donde se encontraba, Townshend observa que los punks, esa generación que lo había relevado a él y a sus contemporáneos, ha sido a su vez relevada por otros, “por una nueva era de niñatas histéricas gritando extasiadas a guapos intérpretes como los chicos de Madness, Adam and the Ants, Duran Duran y Spandau Ballet”, bandas que ya no practicaban el sonido atroz y visceral, sino unas pegajosas cancioncitas que acompasaban a la perfección el establecimiento del imperio dinerario y del mercado a saco. Era el final de aquella época que había empezado, más o menos, con Los Stones y con Los Beatles, y que dos décadas más tarde ya había sido degollada por el melifluo Boy George.

Townshend observaba todo esto desde su espiral, desde un bar en Nueva York donde lo acompañaba una pandilla de cocainómanos de su calibre, la única pandilla capaz de seguirle el ritmo a la superestrella de los Who: la pandilla de los brokers de Wall Street. Ahí, en ese bar atendido por camareras rubias, bebiendo Remy Martin y esnifando robustas rayas de cocaína a las diez y media de la mañana, la estrella en caída libre intercambiaba anécdotas, gracejos y carcajadas, con quienes a partir de ese momento serían los amos del universo.