El Samurai de la canción

Musicópata.
Pedro Vargas.
Pedro Vargas. (Especial)

Ciudad de México

El 30 de octubre van a cumplirse 25 años de la muerte de quien, para mí, fue el mejor cantante en la Época de Oro de la Canción Romántica: Don Pedro Vargas, una voz que interpretó el catálogo más querido de nuestra memoria musical y en cuya larga carrera —que se extendió desde finales de los años veinte hasta su muerte en 1989— grabó más de tres mil canciones. El público bautizó a Don Pedro con diversos apodos, entre los cuales El Samurai de la canción y El Tenor continental quedaron ligados por siempre a su leyenda.

El apodo de Samurai de la canción en nada se relaciona con los guerreros del antiguo Japón. Sucede que Pedro tenía los ojos rasgados, lo cual le daba una apariencia oriental. En su genealogía seguramente abundaban antecesores de origen indígena, lo cual podría explicarnos su piel tan morena y unos rasgos faciales que podrían ser prueba contundente de la ancestral migración desde el continente asiático hasta América a través del congelado estrecho de Bering.

En 1930 se efectuó un concurso de valses para la promoción de la actriz estadunidense Ann Harding. Este evento fue definitivo en la vida musical de Pedro pues, además de ganar el primer lugar con un vals escrito por Carlos Espinoza de los Monteros, esa noche fue contratado como intérprete oficial de Agustín Lara. Era el paso más decisivo de su carrera después de haber cambiado la ópera por la canción popular.

Con Lara vivió momentos de triunfo. Su forma discreta y dulce de “decir” las canciones lo fue haciendo inconfundible en la interpretación de temas románticos. En 1936 fue invitado a hacer unas presentaciones en Buenos Aires, desligándose entonces de su ilustre acompañante. Entonces comenzó su peregrinaje por los mejores escenarios artísticos de Latinoamérica y Europa durante 56 años. Querido y admirado por todos los públicos, recibió el homenaje sincero del aplauso donde se fue presentando. A partir de ese momento fue ya conocido como El Tenor continental. Su tesitura fue la de tenor lírico: robusta, poderosa y brillante. Por muchos años cantó el repertorio del tenor popular, no tan agudo como el de la ópera, pero mucho más agudo que el repertorio del cancionero romántico.

Su grandeza no se basó tanto en agudos excepcionales como en su poder de transmisión, en su capacidad de comunicar emociones muy hondas, ancestrales algunas, que no dejaba transparentar en su rostro impasible, estoico, como la raza mexicana que tan dignamente supo representar. Su carisma residió en el canto y su presencia escénica era impresionante, aunque siempre mantuvo la serenidad del recitalista nato. Su ejemplo para la posteridad radica en su modestia y en ese saber mantenerse en el ámbito de sus posibilidades.

Don Pedro murió el 30 de octubre, coincidiendo con la fecha de nacimiento de Agustín Lara quien vino al mundo en ese día del año 1897. Así, en días de nacimiento y muerte quedaron unidos para siempre los nombres de dos enormes talentos que dieron gloria a México durante la Época de Oro del Bolero. Una coincidencia que, para algunos, fue una señal de maravillosa sincronía.