[Multimedia] Joan, en el cielo

Sus programas de televisión, frívolos, superficiales, mostraban siempre a los gringos en su hora estelar, en sus 15 minutos de gloria, entregados de lleno a la estupidez.
Joan Rivers
Joan Rivers (Cortesía)

Ciudad de México

Joan Rivers era una mujer de virtudes. Era divertida, desenfadada, agresiva, aguda, inteligente y sensible. Sabía reírse de los demás como se burlaba de ella misma. Certera, metía todo el tiempo el dedo en las llagas de los demás, mientras los hacía sentir que se divertían juntos. Sus programas de televisión, frívolos, superficiales, mostraban siempre a los gringos en su hora estelar, en sus 15 minutos de gloria, entregados de lleno a la estupidez. Andaba por las calles, en los foros, en las tiendas, como una máquina de rayos equis ambulante, capturando al modo de instantáneas las radiografías que mostraban la verdadera identidad de los ricos y famosos en Estados Unidos. Les decía en su cara, entre carcajadas y sarcasmos, lo idiotas que son, y los exhibía disfrutando alegremente su vida vacía.

Había que verla criticando a las estrellas del espectáculo en las alfombras rojas de los eventos más importantes del show business, incluido el Oscar. Se burlaba de su ropa, de sus peinados, de sus accesorios, sus cirugías estéticas, sus tatuajes. Mordaz, con una afilada lengua de estilete, se compadecía de su mal gusto, de su vulgaridad, de su equivocada idea de la elegancia, de su ridiculez. Y todos la soportaban, reían con ella, se sentían reconocidos, importantes.

En alguna época se paseaba al borde de la acera en una céntrica avenida de Beverly Hills. Detenía el paso del primer vehículo ostentoso que encontraba y abordaba a su tripulante: “¿Eres rico, cómo hiciste tanto dinero?”. Le pedía acompañarlo a su casa y revelaba entonces a su sorprendida audiencia la vida de un tipo que había ganado millones de dólares fabricando pañales para perro, aparatos para hacer donas, uñas postizas, pelucas, y que vivía en una mansión de 200 habitaciones que no conocía, tenía un vestidor con dos o tres mi pares de zapatos, se movía por la casa a través de una piscina dispuesta como una suerte de río doméstico y tenía 200 autos estacionados a la puerta. Era en realidad una loa a los gringos hechos a sí mismos. Luego se convirtió en la policía de la moda: exhibía, criticaba, hacía pedazos a las celebridades. Era como el Pepe grillo de los ricos y famosos en Estados Unidos, la conciencia burlona, cáustica, juguetona, que los enfrentaba sin tapujos con el abismo de su vida, con sus excesos, sus abusos, su mal gusto. Ese era su show, emprendido con la certeza de que era como ellos, glamorosa, ricachona, estúpida, una alma gemela con un poco de perspectiva que le permitía trascenderse a sí misma. A ella también le preocupaban la ropa, el maquillaje, las arrugas, los autos. Aseguraba que se había sometida a cientos de cirugías estéticas. Tal vez cayó en el curso de una de ellas a sus 81. Sin duda se fue consciente de que dejaba millones de huérfanos, que ahora la añoran como la imagen del espejo en el que se miraban todos los días, felices en su autocelebratoria vanidad.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa