ENTREVISTA | POR HÉCTOR GONZÁLEZ

Lucía Méndez Actriz

Lucía Méndez celebra el lanzamiento de su colección Lo esencial.

“Uno de mis grandes traumas es que no sé cocinar”

Lucía Méndez
Lucía Méndez (Univisión)

Ciudad de México

Sin soltar a su perrita Aura, Lucía Méndez se mueve con soltura. Se sabe una estrella y se resiste a pensar que sus mejores días son cosa del pasado. Acostumbrada a arrebatar suspiros entre los caballeros, la actriz y cantante, celebra el lanzamiento de su colección Lo esencial.

 

¿Qué balance hace de su carrera?

Podría empezar por decir que no sé cómo he trabajado tanto. Apenas apareció una recopilación de 61 canciones, ¡imagínate! Llevo 40 años de carrera. Me llena de satisfacción ver que gente de distintas generaciones conoce mi trabajo. Todo empezó por necesidad y mírame.

 

¿Es nostálgica?

Sí, bueno no. Me pongo triste un día pero al siguiente me levanto. Tengo sentido del humor y empuje. Dios me ayuda e intento ser positiva. Cuando me deprimo no soy de llorar, mi llanto es por dentro que a veces es más fuerte. La nostalgia ayuda para cantar, aporta sentimiento.

 

¿No siente que vive de las glorias pasadas?

No creo. Acabo de hacer a Lucrecia Dupri, recién me nominaron al Grammy por mi homenaje a Juan Gabriel. Tengo planes de cine. Estoy vigente y mi historia me enriquece. En cada cosa realizada le dejé algo a alguien y eso es lo que me llevaré el día que muera.

 

Usted pertenece a otra era del espectáculo, ¿es difícil adaptarse a los nuevos tiempos?

Hay que aceptar las nuevas tecnologías para entrar con los más jóvenes. Si no estás al día en las redes sociales, te pierdes. Ahora es más difícil ser una estrella, hay demasiado de todo. Tiene mucho mérito destacar hoy día.

 

¿Se considera una diva?

Sí y mi trabajo me costó. No tengo por qué negarlo.

 

¿Qué se necesita para ser una diva?

Tener una trayectoria amplia y de muchos éxitos. Yo empecé en teatro, donde tuve por maestro a José Luis Ibáñez, un hombre que qué bárbaro, exigente y estricto. Cursé clases de actuación y vocalización. Nunca he sentido que ya lo sé todo o que ya la hice. Cuando sientes que por ser una estrella ya no debes aprender empieza tu fracaso. El amor al trabajo lo heredé de mi mamá, quien era un ser excepcional, inquieta para los negocios. Siempre fue mujer de empresa y no ama de casa. Uno de mis grandes traumas es que no sé cocinar y entre mis pendientes está tomar clases de cocina.

 

¿Y los hombres le aguantaban el ritmo de trabajo?

No era fácil pero siempre he sido muy noviera. Yo veía cómo pero siempre tenía mi noviecito. Me casé y divorcié dos veces. Siempre le he dado cabida al amor.

 

¿Sabe estar sola?

No siento la soledad porque desde hace siete años leo la Palabra y Dios te llena. No me siento sola.

 

El mayor acierto de su carrera fue…

El gran acierto me lo dio Dios, porque no pedí que me pusiera en el camino a Camilo Sesto, Juan Gabriel, Pérez Botija, Ernesto Alonso, Carla Estrada, Anthony Quinn, Arturo Ripstein y Luis de Llano.

 

No es fácil trabajar con Ripstein.

No, pero al final me llevé bien con él. Le molestaba que me agarrara el pelo. Una vez, durante un rodaje, casi me mata porque me vio con tacones por el Río Bravo.

 

¿Qué es la fama?

La fama es muy linda y muy pesada. La gente quiere ser famosa sin pensar en los sinsabores que acarrea. Hay pseudoperiodistas que inventan cosas para sobrevivir.

 

¿Alguna vez le bajaron al galán?

Claro, alguna vez un galán no me peló y mejor me lo bajó una feíta horrorosa. Era un pintor italiano que me gustaba mucho, más tarde me buscó pero ya era tarde.