Luc Besson y sus mujeres de culto

De Isabel Adjani y Anne Parillaud a la púber Natalie Portman, y de ahí a Milla Jovovich y Maïwenn Le Besco, las actrices del director francés son la expresión de una rebeldía; ahora Scarlett ...
Durante la filmación de su reciente cinta, con la célebre actriz neoyorquina.
Durante la filmación de su reciente cinta, con la célebre actriz neoyorquina. (Especial)

Ciudad de México

Luc Besson pertenece a ese clan de cineastas, como Luis Buñuel, Alfred Hitchcock, Roman Polanski, Lars von Trier, David Lynch o Emilio El Indio Fernández, cuyo universo está sujeto a la ley de gravedad femenina. Creador de mujeres de culto más que de filmes de culto, llega al extremo de prologar y prolongar su vida marital en la pantalla, con sus esposas Anne Parillaud, Maïwenn Le Besco, Milla Jovovich y Virginie Silla.

Para nada extraña que su más reciente película, Lucy, orbite alrededor de otra mujer solar más allá de los estereotipos, aunque esta vez encarne a su antiheroína una de las más sensuales y reputadas actrices de Hollywood, la casi inocente y flamígera Scarlett Johansson. Con Lucy, el cineasta, su filme y su nueva femme fatale se vuelven juego de nombres y de letras casi cromosómicas: Luc(y) Besson.

Considerado en algún momento el Steven Spielberg francés, Besson se inició como cineasta a principios de los ochenta del siglo pasado con L’avant dernier (El penúltimo, 1981), corto de sci-fi en blanco y negro, producido por su primera empresa Les films du Loup, que representó también su debut con su actor fetiche, Jean Reno, con quien hizo dos años después el remakeLe dernier combat.

La primera incursión de una mujer protagonista en esta “cosmobesson” llegó con su segundo largometraje, Subway (1985), una comedia con final infeliz en el Metro parisiense y sobre personajes marginales (una de las constantes en su cine), donde los cinéfilos agradecimos los close up al hermoso rostro renacentista de Isabelle Adjani, en su papel de Héléna, la chica del gánster. La cinta, con la que Besson se encaramó en lo que el crítico Raphaël Bassan bautizó “cinéma du look”, fue también su primer gran éxito en taquilla y en nominaciones a los César, aunque de 13 solo obtuvo tres estatuillas; una, paradójicamente, para el protagonista masculino, el francés Christopher Lambert (Highlander).

Una neoyorquina de apellido afrancesado, Rossana Arquette, encaminó la estirpe de musas de Besson en 1988, en su tercer largometraje, Le grand bleu (Azul profundo) cinta marcada por el amor al mar del cineasta y su frustrado pasado como buzo. En la producción franco-americo-italiana Arquette interpreta a Johana Baker, agente de seguros estadunidense rubia, fina y neurótica, que se enamora y embaraza del buzo trotamares Jacques (Jean-Marc Barr), rival de Enzo (Jean Reno). Un fracaso en EU por el final feliz que impusieron en Hollywood, Azul profundo fue no obstante el segundo éxito en Francia para el cineasta, que obtuvo sendas nominaciones en el Festival de Cannes de 1989 como mejor película y mejor director y ganó cuatro César, además de que su filme fue visto por unas nueve millones de personas. Aunque los aplausos se las llevó la música de Éric Serra, quien con el fotógrafo Thierry Arbogast y Reno forma la familia masculina en el cine de Besson.

Sin embargo, la carrera del cineasta llegó al clímax hasta la película en la que presentó a su primera chica mala, su entonces primera esposa, la beldad francesa que renovó la moda del corte à-la-garçon: la andrógina sublime Anne Parillaud. Con La femme Nikita, de 1990, Besson creó su primera mujer de culto, su primer mito, su primera femme fatale de rara inocencia salvaje, su primer arquetipo femenino de joven abusada, degradada y sometida por el Estado, el poder y la corrupción.

Nikita es la historia de una chica marginal de los suburbios parisienses, drogadicta, agresiva y rebelde. Luego del asalto a una farmacia con muertes violentas, es apresada, desaparecida, entrenada y deshumanizada para pagar “su deuda con la sociedad” cometiendo asesinatos para el Estado francés. Pero no conforme con transformar a la protagonista, Besson crea, además, tres personajes con su esposa, casi casi en su versión de Ese oscuro objeto del deseo: Nikita, la inadaptada; Josephine, la asesina sofisticada casi una cover girl (los ojos de Parillaud eran más letales que sus armas), y Marie, la joven enamorada de un simple cajero de supermercado.

Junto con Betty Blue (1986) de Jean-Jacques Beineix, protagonizada por Béatrice Dalle, Nikita es la antiheroína del cine francés de las últimas tres décadas, y derivó en una versión para el público gringo, Point of no return (La asesina), con Bridget Fonda, y la serie de televisión homónima. Nada mal para una cinta que le llegó a su creador como inspiración tras observar una matanza de delfines en Cannes.

Después del documental Atlantis (1991), Besson se consolidó con sus tres siguientes cintas y de paso lanzó literalmente al espacio a dos mujeres con sus anillos de bodas, Maïwenn Le Besco y Milla Jovovich, y a una niña prodigio, Natalie Portman.

Con Léon (1994), que en español se bautizó El perfecto asesino, además de llevar a Jean Reno al papel más importante de toda su carrera, Besson dio a luz, en la portentosa israelí de 12 años Natalie Portman, a la estrella futura de El Cisne Negro (Aronofsky, 2010), a la princesa Amidala y Padmé (Star Wars Episodio I), a Evey Hammond (V for Vendetta, 2009) y hasta a Ana Bolena (Las hermanas Bolena, 2008).

Léon bien puede verse como una suerte de antecedente futuro (precuela, dicen) de Nikita, gracias al personaje de Matilda a cargo de Portman, una pre-lolita outsider cuya familia fue ejecutada por el mejor policía corrupto del cine de Hollywood de los últimos 20 años, Norman Stansfield (Gary Oldman), y que termina enamorada de un asesino a sueldo naïf (obvio Jean Reno), de quien aprende a matar. Portman/Matilda incluso aparece con un corte a la Louise Brooks o a la Valentina de Guido Crepax, en correspondencia al peinado à-la-garçon que cuatro años antes usó Parillaud en La femme Nikita.

Aunque en un papel insignificante, Besson incluye aquí a su segunda esposa, Maïwenn Le Besco, a quien después dedica una secuencia de culto clave en su siguiente filme, El quinto elemento (1997), protagonizado por su eventual tercera esposa, la casi desconocida ucraniana Milla Jovovich.

Con El quinto elemento Besson vuelve a sus orígenes en la ciencia ficción pero su reparto masculino, que incluyó a Bruce Willis, Gary Oldman e Iam Holm, solo son la corte de otra de sus reinas andróginas (como Nikita o Matilda): Leeloo, una Milla de pelo corto anaranjado, casi muda, rediseñada genéticamente para ser la quintaesencia, un ser supremo universal que vencerá al Gran Mal. La sensualidad de Maïwenn —a la postre directora de películas como la magistral Polisse (2011)— se vuelve de otro mundo a los ojos de Besson, que la consagra como la cantante de ópera estelar de culto Diva Plavalaguna, custodia de los otros cuatro elementos. Filme con vestuario de Jean Paul Gaultier, donde el caos se vuelve el esteta, El quinto elemento es el mayor éxito de Besson: que abrió el Festival de Cannes, ganó su primer César como director y recaudó más de 263 millones de dólares.

Dos años después vuelve a proponer a otro personaje no solo andrógino, sino mística e históricamente asexuado, la (anti)heroína francesa del siglo XV Juana de Arco, para el cual volvió a proyectar la belleza de su ya tercera esposa Milla Jovovich. The Messanger. The story of Joan of Arc (1999) —a años luz de las obras maestras de Carl Theodore Dreyer, La passion de Jeanne D’Arc, o de Robert Bresson, Procés de Jeanne D’Arc—, sirve en cambio para llevar a la mártir virginal fatale de Besson a niveles míticos, místicos e históricos. Y para exhibir su poderío al incluir en su reparto a Dustin Hoffman, Faye Dunaway y John Malcovich, con los franceses Tchéky Karyo y Vincent Cassel.

En 2011, Besson vuelve como director a su antiguo leit motiv femenino con The Lady, la biografía de la opositora birmana y Nobel de la Paz 1991, Aung San Suu Kyi, a quien magistralmente interpretó la actriz malaya Michelle Yeoh; cinta producida por la cuarta esposa del cineasta, Virginie Silla.

La estoica activista política, antiheroína para el gobierno dictatorial birmano, encarna las obsesiones de Besson en un personaje del mundo actual. Mujer de aparente fragilidad física, pero de carácter; morena; cabello corto, emparentado a los peinados de Héléna, Nikita, Matilda, Leelo o Jeanne D’Arc.

Besson, quien igual ha hecho carrera como guionista y productor de cintas de acción como Kiss of the dragon (2001), Unleashed (Danny The Dog, 2005), Taken (2008), From Paris with love (2010) o 3 days to kill (2014), regresa con su nuevo filme Lucy a sus antiheroínas, esta vez con una rubia Scarlett Johansson en el estelar y en una producción de su esposa Silla, música de Serra y foto de Arbogast.

Lucy es una universitaria gringa en Taipei, forzada a trabajar como mula de una banda que la secuestra, pero por accidente una nueva droga va a su cuerpo y reacciona aumentando su capacidad cerebral y dando un salto evolutivo a supermujer guerrera.

Vinculada con “Lucy”, el fósil de homínido más antiguo (Australophitecus afarensis), y con sus antecedentes musicoalucinógenos, “Lucy in the sky with diamons”, la nueva chica mala, según Besson, “no es una Nikita de última generación”.

 Lucy se estrenó este mes en México, país con debilidad por Besson al grado de que hay aun una tesis de licenciatura de 2002 sobre su filmografía en la biblioteca de la Cineteca, por supuesto elaborada por una mujer: “Luc Besson; ¿cine de autor o cine de Hollywood”, de Karina Xóchitl Navarne d’Alguerre.