Lubezki

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Emmanuel Lubezki
Emmanuel Lubezki (Reuters)

Ciudad de México

Hace poco más de 20 años EmmanuelLubezki era un muchacho tímido y arrebatado. Como ahora, el cine era la mayorde sus pasiones. Nacido en los sesenta, pertenecía a una generación decineastas cautivados por la cinematografía de Martin Scorsese y Woody Allen apesar de su inevitable formación a la sombra de Disney y el nintendo.Escurridizo, rehuía el encuentro con los periodistas. Hasta que accedió un día,tal vez harto de tanta insistencia. Charlamos largamente en febrero de 1993. A sus 30, con su caralarga como sus cabellos, asumía como inevitable su sobrenombre de El Chivo. Yano vivía aquí. Eran los años de la diáspora. Los cineastas mexicanos, jóvenesinquietos y talentosos, emigraban a Hollywood en parvada en busca deoportunidades. Aquí no las había. Por allá andaban ya abriéndose camino en LosÁngeles los realizadores Luis Mandoki y Alfonso Cuarón, el fotógrafo RodrigoGarcía, el sonidista José Antonio García.

Hartos de suplicar en medio de laindiferencia, hicieron sus maletas y emprendieron el viaje al otro mundo. Mehabló entonces el fotógrafo de los miedos, las inseguridades que los atosigabanen aquellos días de desencanto creciente:

 “Nuestro gran terror, mío y de Cuarón, es quevuelva otra época oscurantista, como les tocó a otros, por eso queremos estaren un lugar donde se pueda hacer cine siempre, tener la puerta abierta y estara salvo de los sexenios; nos aterra que pase eso, y no hay en México unaindustria privada que funcione por sí misma; los privados no se arriesgan,hacen pura mierda, hacen las películas con nada, no se gastan un peso, y yo nole voy a entrar a eso”.

Con una experiencia breve peroformativa en la televisión comercial y cultural y unos cuantos pasos en el ciney en la fotografía publicitaria, donde encontró brevemente una manera de vivir,“porque del cine mexicano no se puede vivir todavía: los sueldos son ridículos,y si se hace uno socio de la película nunca se ven los porcentajes; esa es unatradición bastante patética del cine mexicano”, Lubezki comenzó trabajando alláen la televisión por cable.

Recuperó entonces una pasión porel cine que había perdido en México: “El cine que a mí me gusta es el europeo yel gringo; los modelos que he seguido o que me gustaría seguir, son otros; megusta mucho Vittorio Storaro, Allen Daviau, Sven Nykvist, Jordan Cronenweth, ynadie me gusta como Martin Scorsese, de él me gusta todo; también me gustanmuchísimo Neil Jordan, Terry Gilliam, y me gusta muchísimo Woody Allen; ellosson mis cuatro directores preferidos; esos sí son directores, no tienen unapelícula mala, siempre tienen un momento genial, son grandes contadores dehistorias, y en México no hay nadie de ese tamaño”.

Hoy Lubezki ha recuperado más queel gusto por el quehacer cinematográfico. El Oscar que acaba de recibir premiano solo su talento enorme, sino también su persistencia, su confianza en símismo y, sobre todo, su paciencia.

 

*Profesor-investigador de laUAM-Iztapalapa

Hace poco más de 20 años EmmanuelLubezki era un muchacho tímido y arrebatado. Como ahora, el cine era la mayorde sus pasiones. Nacido en los sesenta, pertenecía a una generación decineastas cautivados por la cinematografía de Martin Scorsese y Woody Allen apesar de su inevitable formación a la sombra de Disney y el nintendo.Escurridizo, rehuía el encuentro con los periodistas. Hasta que accedió un día,tal vez harto de tanta insistencia. Charlamos largamente en febrero de 1993. A sus 30, con su caralarga como sus cabellos, asumía como inevitable su sobrenombre de El Chivo. Yano vivía aquí. Eran los años de la diáspora. Los cineastas mexicanos, jóvenesinquietos y talentosos, emigraban a Hollywood en parvada en busca deoportunidades. Aquí no las había. Por allá andaban ya abriéndose camino en LosÁngeles los realizadores Luis Mandoki y Alfonso Cuarón, el fotógrafo RodrigoGarcía, el sonidista José Antonio García.

Hartos de suplicar en medio de laindiferencia, hicieron sus maletas y emprendieron el viaje al otro mundo. Mehabló entonces el fotógrafo de los miedos, las inseguridades que los atosigabanen aquellos días de desencanto creciente:

 “Nuestro gran terror, mío y de Cuarón, es quevuelva otra época oscurantista, como les tocó a otros, por eso queremos estaren un lugar donde se pueda hacer cine siempre, tener la puerta abierta y estara salvo de los sexenios; nos aterra que pase eso, y no hay en México unaindustria privada que funcione por sí misma; los privados no se arriesgan,hacen pura mierda, hacen las películas con nada, no se gastan un peso, y yo nole voy a entrar a eso”.

Con una experiencia breve peroformativa en la televisión comercial y cultural y unos cuantos pasos en el ciney en la fotografía publicitaria, donde encontró brevemente una manera de vivir,“porque del cine mexicano no se puede vivir todavía: los sueldos son ridículos,y si se hace uno socio de la película nunca se ven los porcentajes; esa es unatradición bastante patética del cine mexicano”, Lubezki comenzó trabajando alláen la televisión por cable.

Recuperó entonces una pasión porel cine que había perdido en México: “El cine que a mí me gusta es el europeo yel gringo; los modelos que he seguido o que me gustaría seguir, son otros; megusta mucho Vittorio Storaro, Allen Daviau, Sven Nykvist, Jordan Cronenweth, ynadie me gusta como Martin Scorsese, de él me gusta todo; también me gustanmuchísimo Neil Jordan, Terry Gilliam, y me gusta muchísimo Woody Allen; ellosson mis cuatro directores preferidos; esos sí son directores, no tienen unapelícula mala, siempre tienen un momento genial, son grandes contadores dehistorias, y en México no hay nadie de ese tamaño”.

Hoy Lubezki ha recuperado más queel gusto por el quehacer cinematográfico. El Oscar que acaba de recibir premiano solo su talento enorme, sino también su persistencia, su confianza en símismo y, sobre todo, su paciencia.

 

*Profesor-investigador de laUAM-Iztapalapa

Hace poco más de 20 años EmmanuelLubezki era un muchacho tímido y arrebatado. Como ahora, el cine era la mayorde sus pasiones. Nacido en los sesenta, pertenecía a una generación decineastas cautivados por la cinematografía de Martin Scorsese y Woody Allen apesar de su inevitable formación a la sombra de Disney y el nintendo.Escurridizo, rehuía el encuentro con los periodistas. Hasta que accedió un día,tal vez harto de tanta insistencia. Charlamos largamente en febrero de 1993. A sus 30, con su caralarga como sus cabellos, asumía como inevitable su sobrenombre de El Chivo. Yano vivía aquí. Eran los años de la diáspora. Los cineastas mexicanos, jóvenesinquietos y talentosos, emigraban a Hollywood en parvada en busca deoportunidades. Aquí no las había. Por allá andaban ya abriéndose camino en LosÁngeles los realizadores Luis Mandoki y Alfonso Cuarón, el fotógrafo RodrigoGarcía, el sonidista José Antonio García.

Hartos de suplicar en medio de laindiferencia, hicieron sus maletas y emprendieron el viaje al otro mundo. Mehabló entonces el fotógrafo de los miedos, las inseguridades que los atosigabanen aquellos días de desencanto creciente:

 “Nuestro gran terror, mío y de Cuarón, es quevuelva otra época oscurantista, como les tocó a otros, por eso queremos estaren un lugar donde se pueda hacer cine siempre, tener la puerta abierta y estara salvo de los sexenios; nos aterra que pase eso, y no hay en México unaindustria privada que funcione por sí misma; los privados no se arriesgan,hacen pura mierda, hacen las películas con nada, no se gastan un peso, y yo nole voy a entrar a eso”.

Con una experiencia breve peroformativa en la televisión comercial y cultural y unos cuantos pasos en el ciney en la fotografía publicitaria, donde encontró brevemente una manera de vivir,“porque del cine mexicano no se puede vivir todavía: los sueldos son ridículos,y si se hace uno socio de la película nunca se ven los porcentajes; esa es unatradición bastante patética del cine mexicano”, Lubezki comenzó trabajando alláen la televisión por cable.

Recuperó entonces una pasión porel cine que había perdido en México: “El cine que a mí me gusta es el europeo yel gringo; los modelos que he seguido o que me gustaría seguir, son otros; megusta mucho Vittorio Storaro, Allen Daviau, Sven Nykvist, Jordan Cronenweth, ynadie me gusta como Martin Scorsese, de él me gusta todo; también me gustanmuchísimo Neil Jordan, Terry Gilliam, y me gusta muchísimo Woody Allen; ellosson mis cuatro directores preferidos; esos sí son directores, no tienen unapelícula mala, siempre tienen un momento genial, son grandes contadores dehistorias, y en México no hay nadie de ese tamaño”.

Hoy Lubezki ha recuperado más queel gusto por el quehacer cinematográfico. El Oscar que acaba de recibir premiano solo su talento enorme, sino también su persistencia, su confianza en símismo y, sobre todo, su paciencia.

 

*Profesor-investigador de laUAM-Iztapalapa