Sin reposo

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Jacqueline Kennedy.
Jacqueline Kennedy. (Librería del Congreso de Estados Unidos)

Ciudad de México

El 19 de mayo de 1994, cuando la noche comenzaba a hacerse profunda, Jacqueline Kennedy se dispuso a morir en su amplio departamento neoyorquino. Harta de los tratamientos médicos a los que había sido sometida durante largo tiempo para sobrellevar un cáncer linfático, apuró una mezcla de morfina y somníferos que le preparó un alma piadosa y se tendió en la cama rodeada de sus más cercanos.

Mientras entraba sin sobresaltos en el sueño que habría de conducirla a la muerte imaginaba tal vez que estaba entrando en realidad a las páginas de la historia. Tenía en verdad muchas razones para ocupar un lugar ahí. Su desempeño a lo largo de su matrimonio con el presidente John F. Kennedy había sido prácticamente impecable, en particular durante las horas amargas que siguieron al atentando en Dallas que le quitó la vida a su marido. Su serenidad en medio de un intenso dolor contenido dio a los estadunidenses un largo respiro de resignación que permitió seguir su marcha al país como si nada hubiera sucedido.

Nunca imaginó que muchos hurgarían enseguida en cada rincón de su existencia para hacerse de unas monedas en su nombre. Películas, programas de televisión, obras de teatro y decenas de biografías, buena parte de ellas fabricadas con imaginerías, datos falsos, suposiciones, chismes.

De hecho, los biógrafos se han ensañado con su recuerdo, del mismo modo que han sacado provecho desde hace años de Marilyn Monroe, James Dean, Greta Garbo o Marlon Brando, sus muertos más socorridos. Buena parte de los integrantes de esta subespecie literaria sabe que si se antepone la palabra sexo a cualquier cosa habrá de venderse por montones, de manera que los datos que ahora están aportando cuando se cumplen 20 años de su muerte se refieren justo a ese tema. Y de una manera bastante miserable, por cierto, como puede apreciarse en Jacqueline Kennedy Onassis: una vida más allá de sus sueños alocados.

El sórdido volumen preparado por Darwin Porter y Danforth Prince, que está comenzando a circular en estos días, exhibe a la pareja presidencial como un par de bichos en celo permanente, compartiendo a veces las parejas eventuales. Entre los favoritos de Jackie estarían Marlon Brando, Paul Newman y Rudolf Nureyev.

Porter de hecho se ha referido ya a esos supuestos amoríos en su libro El triángulo rosa, publicado en marzo pasado, donde cuenta cómo el celebrado bailarín ruso mantuvo relaciones amorosas no sólo con Jacqueline, sino también con Robert Kennedy. Según el biógrafo, que en libros anteriores se ha metido también en la vida íntima de algunas celebridades de Hollywood, Nureyev habría acosado incluso a John-John, el hijo de la pareja presidencial.

Habría que imaginar a Jacqueline Kennedy retorciéndose de rabia en el fondo de su ataúd, indignada con las afirmaciones de un sujeto que no ha hecho más que dar pruebas de que se puede enlodar la imagen de cualquiera con la mayor impunidad.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa