Hugo Stiglitz, el 'Robinson Crusoe' de Acapulco

Hijo de un banquero neoyorquino nacionalizado mexicano y de una mujer descendiente de una familia de hacendados del Estado de México, el actor cambió la ingeniería civil por la aventura y la ...
Stiglitz
(Jesús Quintanar)

Ciudad de México

Un tequila servido en copa separa a este nieto de austrohúngaros que decidieron vivir en tierra azteca, de la grabadora. Aquel gesto adusto que muestra en la mayoría de sus cintas nada tiene que ver con la expresión cortés y franca del actor, quien estrenó en fechas recientes película y serie televisiva.

Hábleme de su infancia...

Nací en la Ciudad de México el 28 de agosto de 1940, en el barrio de Chapultepec. Soy mestizo, llevo sangre austriaca y mexicana. Fui el mayor de cuatro hermanos y una hermana: Arturo, Enrique, Gustavo y Elena. Mi padre nos dio una vida buena en todos sentidos. No era millonario, pero sí tuvo gran poder adquisitivo para brindarnos bienestar. Estudié en el Colegio Tepeyac, el Centro Universitario México y la Universidad Nacional Autónoma de México.

¿Por qué no estudiar en una universidad privada?

Ir a CU era uno de los objetivos que tenía mi padre para nosotros, a él no le importaba el dinero, pero sí el prestigio que da la UNAM. Siempre le estaré agradecido por la oportunidad de estar en esa gran institución donde cursé solo algunos semestres de ingeniería civil; fui de sus primeros estudiantes, CU se construyó en 1954 y yo llegué en 1958.

“La primera playa, ola, mujer, cuba, chela, toque, todo... pasó en este puerto”


¿Qué lo llevó a dejar la carrera?

La vida misma. Desde chavo he sido muy inquieto. Aprendí a montar con el hijo del caballista mexicano Humberto Mariles, ganador de la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres en 1948. No lo hice para competir, sino porque me gusta la relación del jinete con el animal, y después de eso me hice aficionado de los deportes acuáticos, el futbol y el tenis; siempre me iba a Acapulco a practicarlos. La Universidad me dio un sentido de libertad y comencé a ir a fiestas y echarme las primeras copas, ¡me destrampé!

¿No tuvo problemas con su padre?

Vivía un espíritu de independencia familiar y a los 22 años, aún como estudiante, entré a trabajar a una constructora y viajé mucho, sobre todo a Sonora y Baja California. Llegué a superintendente y como me encargaban la construcción de carreteras, puentes, hospitales y puertos marítimos, no tuve tiempo para la escuela. Mi padre no me dijo nada, pensaba que sentaría cabeza, pero cuando la constructora me regresó al DF y me puso en el departamento de cálculo integral, renuncié, porque no me gusta el encierro y me fui a Acapulco a poner mi propia constructora.

Se convirtió en su propio jefe...

Sí, aunque mi padre decía que más que la construcción lo que me encantaba eran las playas y las muchachas en bikini. Pero la verdad, le veía gran futuro al puerto y más porque en los sesenta comenzó la época de oro de Acapulco, con la llegada de Elizabeth Taylor, Joan Collins, Stella Stevens, Johnny Weismüller, John Wayne y Frank Sinatra, entre otros… había que mejorar los hoteles.

¿Al ver a tantas estrellas decidió entrar al cine?

No. Estaba metido en la construcción, cuando René Cardona Jr., mi amigo desde la infancia, llegó a filmar Las fieras, con Mauricio Garcés, Enrique Rambal y Lucy Gallardo, por mencionar a algunos. Él me dijo que entrara al cine, pues yo era muy popular allá, tenía éxito, era atleta y buena pinta. Pero no tenía idea de la actuación, mi única relación con el cine eran mis amigos actores, varias novias, que mi padre era muy amigo de Pedro Armendáriz y que había ido a los Estudios Churubusco a ver las filmaciones por medio de Pedro Armendáriz Jr., ya que René, Pedro y yo nos criamos juntos. Al final acepté y debuté en 1968.

En esa cinta fue la pareja de Bárbara de Angely, su primera esposa...

Así es, duré muy poco con ella pero tuvimos una hija, Paulina, la mamá de mis dos únicos nietos.

Ese mismo año hizo Robinson Crusoe, ¿su amistad con René fue la causa?

Al terminar Las fieras él quería hacer otro filme, estábamos platicando en una librería en el puerto y el primer libro que nos encontramos fue Robinson Crusoe (de Daniel Defoe, publicada en 1719). Me asocié con él y Mario Zacarías para producirla. No fue fácil, la primera etapa se enlató, pues se decía que la gente no aguantaría dos horas viendo a un desconocido. Después de algún tiempo, René hizo labor de convencimiento, la acabamos… ¡y duró 44 semanas en cartelera!

¿Cambió su vida?

Tanto que me convertí en algo que llamo “nómada cinematográfico”, fui de película en película, de pueblo en pueblo, de locación en locación. Dejé el mundo de la sociedad y aprendí a vivir jornadas agotadoras e intensas de rodaje… así he vivido.

¿Nunca estudio actuación?

Sí, con Dimitrio Sarrás y José Luis Ibáñez, pero me quitaba espontaneidad y frescura. Mi Robinson Crusoe había sido realista, natural y convincente, y ya no estudié.

¿Su trabajo lo privó de vivir en familia?

Mi segundo matrimonio fue con una estadunidense en Nueva York, nos divorciamos sin tener hijos. Con mi tercera esposa, de la cual no sé su nombre, tuve a Sofía. Y desde 1999, que me casé con Jenny, una mujer estupenda que gracias a Dios llegó a mi vida, todo cambió. Con ella es la primera vez que realmente tengo y disfruto una familia. Es inteligente, buena madre de Hugo y buena esposa. Nuestro núcleo familiar es unido. Siempre dije que si estaba vivo al llegar el 2000, por lo atravesado y travieso que he sido, tenía que hacer algo importante y nació mi hijo. Dios me dio algo chingón, desde entonces, soy otro Hugo.

Hábleme de René Cardona Jr.

Era fantástico, hicimos grandes películas, entre ellas La noche de los mil gatos (1972) Supervivientes de Los Andes (1975) y ¡Tintorera! (1976). La amistad con él fue de toda la vida, sentí mucho su muerte (2003), le debo mucho como actor.

¿Qué opina del cine mexicano actual?

La película con la que ganó Alfonso Cuarón el Oscar, Gravity, es fuera de serie, está hecha con mucha inteligencia, demostró que un cineasta creado en México puede llegar a las grandes ligas. Pero hoy no solo en México, sino en el mundo, le tiran a hacer cine gringo, lo copian y por eso se hace sin personalidad, todos quieren hacer cine gabacho hecho en México, cine extranjero en español, pero no se trata de eso, pues el cine es el espejo de una sociedad, habla de la realidad de la gente.

La cinta que hizo de Arturo El Negro Durazo fue criticada porque dicen que habla bien del ex jefe policiaco...

La visión de El Negro era la del director (Gilberto de Anda, 1988), yo nada más hice a un policía. Conocí a Durazo y no estoy de acuerdo con la mayoría de las cosas que hizo, era un hombre muy polémico, yo soy pacifista, de amor y paz, me gusta la naturaleza, vivir en un mundo mejor, que disfrutemos, convivir con los humanos, amar a la vida y, de alguna manera, en la paz buscar la perfección, quizá sea imposible, pero hay que tratar de hacerlo.

¿En qué sí estaba de acuerdo con él?

Nadie debe matar a nadie, hay que morir de viejos y como Dios quiera, pero creo que a los violadores, asesinos y secuestradores se les debe aplicar la ley fuga, matarlos en el acto, sin juicio, al malo hay que acabarlo, pues los meten a la cárcel, llega un abogado, va con un juez corrupto y al rato ya están en la calle. Se decía que eso hacía Durazo y Francisco Sahagún Baca (director de la extinta Dirección de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia). Es una solución dramática, pero…

¿Tiene planes para otra película?

Terminé una, El ocaso de un cazador, basada en un hecho real. Es la historia de un viejo que defiende en un país sin ley su hacienda, familia y pueblo con su única salida: la autodefensa. Se rodó en Ayapango, a las faldas del Popocatépetl, con Mario Almada, Pilar Pellicer y Ricardo Carrión. El guión es de Fabrizio Prada y mío, él la dirigió, la fotografía de Arturo de la Rosa y mi socio productor es Adolfo Martínez Solares. Tengo un reparto juvenil interesante, como Alan Ciangueroiti y otros que trabajan en su primera película.

Y regresa a la televisión...

Me acaban de contratar para la serie Señorita Pólvora, de la productora colombiana Teleset con Sony. La estelar es Camila Sodi y va también Saúl Lisazo. Yo seré un capo, un personaje muy importante, con mucha trascendencia en la serie; el público se divertirá con él. Ya estamos grabando, la dirige Chava Cartas. También hice un capítulo de El Mariachi junto a Mario Almada y Ernesto Gómez Cruz. Estoy muy entusiasmado, porque voy a entrar a un mercado nuevo, sin restricciones, apuntador, mañas y vicios, muy actual, con energía y güevos para hablar del narco.

¿Se extinguieron los Robinson Crusoe?

En este mundo moderno vivimos en una soledad tremenda, todos están solos frente a una computadora o en un auto… nos hemos aislado de la sociedad, esa es nuestra realidad.

¿Ha pensado en descansar?

Trabajar en el cine son mis vacaciones. Ser actor, tener chamba, que te pidan un autógrafo, que me digan Johnny Bravo en la calle por la película de Eugenio Derbez (No se aceptan devoluciones, 2013) o que te hagan una entrevista es una bendición de Dios, me da ánimo para seguir. Amo el cine, la tele, mi familia, el sol, la tierra, el mar, a mis amigos y, claro, al público, es él quien me ha dado de comer. Soy habitante de la Ciudad de México, no chilango, esa palabra hay que abolirla, pero la primera playa, ola, mujer, cuba, chela, toque, todo..., pasó en este puerto de Acapulco.