“Soy un chilango sin chiste”: Héctor Bonilla

Actor crítico e independiente, lector voraz, enemigo de las vacaciones y las buenas conciencias, Héctor Bonilla celebra su edad con un corte de caja que arroja 38 filmes, 130 puestas en escena y ...

Ciudad de México

Hace 60 años pisó por primera vez un escenario; seducido por la actuación, dejó la carrera de leyes. Ha tenido que luchar contra los sistemas establecidos en el mundo del entretenimiento, pero ha valido la pena, pues como confiesa a Dominical MILENIO, a sus 75 Héctor Bonilla es un hombre feliz.


¿Quién es Héctor Bonilla?

Soy un chilango sin chiste, último de seis hijos. Mi padre, un hombre de hierro, uno de dos hijos de un zapatero remendón en Tetela de Ocampo, Puebla, se escapó, llegó descalzo a la capital, hizo tres carreras, fundó la Normal Rural de Ayotzinapa, Guerrero, trabajó con los otomíes en Actopan, Hidalgo, y después en el mercado de Santa Julia, donde ejerció su profesión de médico homeópata. Mi madre, pedagoga, especialista en paidología y técnica de la enseñanza. Tuvieron tres hijas y tres hijos; mi niñez fue solitaria pero me sirvió para desarrollar la imaginación.


¿Era buen estudiante?

Todos mis hermanos fueron espléndidos estudiantes, profesionistas, y yo, la oveja negra. A los 15 años, en la secundaria Albert Einstein, la maestra de literatura, Serratos se apellidaba, me subió a un escenario a hacer un paso de Lope de Rueda y me di cuenta que la gente se reía o se callaba cuando yo quería, eso me dio una enorme seguridad. Al entrar a la prepa hice teatro universitario y ya en la Facultad de Derecho me inscribí para ir por las tardes a Bellas Artes…


¿Cómo le fue en Bellas Artes?

Se dieron pequeñas cosas. Luego estudié con Xavier Rojas en el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana e hicimos una gira por la Costa Chica de Guerrero, no había carreteras, solo brechas. Trabajábamos en la plaza del pueblo, sin luz eléctrica, pero era impresionante entrar en contacto con gente que nunca había visto teatro y hacer entremeses de Cervantes o Lope de Rueda, y que la gente captara todo, fue vivificante y aleccionador, pues, para mi asombro, lo que estudiábamos en la escuela no servía para lo que pasaba en la mecánica de lo comercial o profesional.


¿A qué se refiere?

Hace tiempo escribí en el periódico de la escuela un artículo, decía que si dos gemelos emprenden el camino de la actuación, y uno se dedica a estudiar, mientras que el otro a cafetear en la entonces Televicentro, el que tiene visos de ser millonario, estrella y más, es el güey que se fue a hacer relaciones, porque 99 por ciento de la gente que hacía televisión no actuaba, hablaba muy mal y aun así hacían carrera.


Así que usted tomó el camino largo…

A los 19 años decidí picar piedra con un monólogo de Anton Chéjov, Sobre el daño que hace el tabaco, sin ningún tipo de relación, padrinazgo ni nexo con alguien. Me dije que no iba a morir de hambre así que llevaba un portatrajes y una maleta… ¡y donde me contrataran, lo hacía!


Hábleme de su trabajo en el cine…

Te lo platico así: desde los 18 años he votado por la izquierda y en 1968 hice una película malísima, Narda o el verano, que patética y curiosamente es la misma historia que catapultó a Diego Luna y Gael García Bernal a la internacionalización, pero con el nombre de Y tu mamá también. La nuestra fue la gazmoñería de la época, hecha elementalmente, ¡pero me salvó la vida! El 2 de octubre estaba filmando en Acapulco y no fui a Tlatelolco, por eso la cinta es muy significativa.


¿Esto hizo que hiciera cintas con profundidad y no eran tan comerciales?

Fueron esfuerzos por tratar de hacer otro cine. Hicimos la primera película experimental después de El grito, de Leobardo López, que fue un documental, se llamó El cambio, de Alfredo Joscovich (1971). Luego hicimos Meridiano 100 (1974), colaboré en el guión con Alfredo, era un tema delicado, la guerrilla.


Pero ganó el Ariel como Mejor Actor…

Curiosamente la entrega de ese año fue en Los Pinos. (Luis) Echeverría me dio el Ariel e hizo unas declaraciones en El Heraldo, pinche periódico de mierda, pero yo dije: “Me niego a que se piense que estoy en connivencia con nadie, si me dan, porque juzgan que mi trabajo merece la estatuilla, la acepto en ese sentido, pero no me confabulo con nadie, denuncio los defectos del gobierno…”.


¿Fue fundador del Sindicato de Actores Independientes (SAI)?

Sí, en el SAI traté de inventar la industria en 16 milímetros cuando los del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC) nos cerraron todas las fuentes de trabajo a los de SAI, escudándose en un pacto de reciprocidad y ayuda mutua a los directores, técnico, ¡y a la chingada!, dijo: “que estos cabrones no trabajen”.


¿Y qué pasó?

Planteé que la primera película del SAI fuera María de mi corazón. Éramos socios Gabriel García Márquez, Jaime Humberto Hermosillo, María (Rojo), Fernando Cámara, Ángel Goded y yo; a la hora de la hora, ¡no ganamos un puto peso! Hermosillo hizo un cambio de 16 a 35 milímetros y se la vendió a Manuel Barbachano.


¿Rojo amanecer (1989) fue un bálsamo en su carrera?

Salió de mi desesperación por no poder vulnerar el sistema con mi proyecto llamado La gloria y el infierno, la primera telenovela que se haría en escenarios naturales, sin pisar un foro. Pero Televisa se defendió y ahí se quedó. Luego intenté hacer La casa al final de la calle, llamé a Jorge Fons para que aprendiera a dirigir televisión, porque mi proyecto era realizar La casa de los espíritus, que me había dado Isabel Allende. Casi lo logro cuando Miguel Alemán, que sí lee libros, estuvo transitoriamente como presidente de Televisa. Pero todo se fue a la chingada en cuanto regresó (Emilio) Azcárraga (Milmo) de Estados Unidos!


¿Se desilusionó de la televisión?

Frustrado por lo que pasaba ahí en Televisa, hice Rojo amanecer, cinta que significó involucrarme en una cuestión creativa que dependía de mí y donde las decisiones creativas no dependieran de quien pone el dinero, ¡pero carajo!, fui tan loco y tan pendejo, tan Quijote de pensar que me alcanzaba para hacer una película. Decía: “Total, es meter a un departamentito a cinco cabrones”, pero no me alcanzó, no tuve para pagar la última nómina y me asocié con Valentín Trujillo.


Hablaba de la telenovelas, ¿cuándo llega a la televisión?

Comencé a hacerlas a principios de los sesenta, pero me aburrí y en 1979, cuando Chespirito hacía El Chavo del 8, le pedí a Roberto que me dejara entrar a su programa, pero me dijo que no había chance de meter otro personaje. Sin embrago me comentó que escribiría un capítulo para mí… ¡y salió! Gracias a eso tengo un club de fans, el único, y está en Brasil.


¿La televisión de hoy es la que merecemos?

Tenemos mercados abiertos y los perdemos a lo pendejo. El refrito del refrito del refrito, ese es el proceso de la patética televisión que hacemos. Quisiera hacer mejor televisión, he propuesto muchas cosas, pero no me pelan, pues hay una tremenda sujeción a los procesos comerciales y el lamentable fenómeno del refrito. Tiene que surgir la competencia y todo caerá por su propio peso, pero lo contienen lo más que pueden.


¿Y el teatro?

Actualmente un productor privado busca una obra de dos personajes y que uno de ellos diga chismes en la tele. Por fortuna ha surgido una serie de microteatros, otro tipo de experiencia que hacía mucha falta, pero la preparación teatral es fundamental.


Además de la actuación y su familia, ¿qué otra pasión tiene?

Leo para donde dispares, por placer, es un vicio. He leído más de 50 años y ya hasta me cargué los ojos, tengo glaucoma de leer con una chingada lamparita, pero pertenezco al placer de la lectura, a la cultura librera. La muerte de José Emilio Pacheco me dolió mucho, tengo sus libros, atesoro sus Inventarios, los tengo coleccionados. Hay un alterillo de libros en mi buró que periódicamente escarbo. También regreso al Quijote permanentemente.


¿Ha pensado en descansar?

Ha sido una carrera difícil, pero de mi viejo aprendí una voluntad férrea. Mi cualidad es tener una constancia impresionante y mi gran defecto es ser terco como una pinche mula. En esta profesión hay que atorarle a todo. Yo no sé lo que son vacaciones, mi mujer (Sofía Álvarez, desde hace 32 años) me arrastra, pero vacaciones no tomo nunca. He estado en el pinche talón, el cine no me gusta, me encanta, pero si comparas las 38 películas que tengo con las 130 puestas en escena, evidentemente soy un actor doméstico teatral.


¿Es un hombre satisfecho?

Soy un señor que vive hace un chingo de años y ha conseguido, a pesar de todo, lo que busca mucha gente: ser muy feliz, vivo intensamente. Hay veces que te pasan las cosas importantes por las narices y de pronto dices: “¡me apendejé!”. Quisiera muchísimas cosas, pero enojado, amargado, ¡ni madres!, me pagan por jugar, por esa catarsis maravillosa de hacer lo que quiero.


¿Qué opina de la muerte?

La inmortalidad no me preocupa en lo más mínimo, hay que darle su lugar a cada cosa, tener el afán o vivir como estatua, ¡ni madres! He escuchado hablar patéticamente a compañeros que quieren morir en el escenario, yo no, para mí que sea en un hospital, sedado y hacer la transición civilizadamente. Me voy a morir, sí; miedo a eso, no. Me preparo para cerrar el ciclo.