[Función Dominical] Vida en las horas muertas

En cuanto a Las horas muertas… A Aarón Fernández lo conocí cuando presentó Partes usadas en el Festival de cine de Roma. No era una gran película, pero anunciaba esto: Las horas muertas, una ...
Función
(Cortesía)

Ciudad de México

Es interesante pensar que aunque hoy el cine mexicano está mejor que en años, la 56 Muestra Internacional de Cine no pasa una sola película nacional. Extraña porque el cine de México ha revivido y hasta goza de buena salud. Para demostrarlo: dos películas: La jaula de oro y Las horas muertas, de Aarón Fernández Lesur. La primera es una joya que en el disparo final pareciera responder al disparo traidor y racista de Los bastardos, esa elogiada invectiva contra el migrante mexicano que tanto gustó a la crítica en este país.

En cuanto a Las horas muertas… A Aarón Fernández lo conocí cuando presentó Partes usadas en el Festival de cine de Roma. No era una gran película, pero anunciaba esto: Las horas muertas, una delicada historia de amor.

Las horas muertas son esas que transcurren largas en un motel en la costa de Veracruz. Aquí Sebastián, adolescente de 16, viene a administrar, pues el dueño tiene que ausentarse cierto tiempo. En Las horas muertas Sebastián espera, limpia, curiosea y crece con amigos, amores y despedidas. Fernández Lesur está exponiendo una visión del mundo. Y lo hace recreando un tempus, ese ritmo que dicen los músicos, mueve las entrañas y el corazón.

La importancia de Las horas muertas en este momento del cine nacional radica en que ofrece una cara muy recurrida en el arte audiovisual: la que ve arte en la lentitud. Los logros del cine soviético (con esa obsesión por elevar la cotidianeidad al arte) se manifiestan aquí efectivamente, entre otras cosas porque Fernández Lesaur cree en la belleza y se nota. Así, el realismo de Las horas muertas no apuesta por el cinismo que tanto gusta a los pretenciosos cineastas que en este país confunden lentitud con profundidad y que hacen películas de corte soviético pero sin ideología o cine teológico pero sin Dios (estoy hablando de Reygadas y compañía, por supuesto). Las horas muertas no necesita disfrazarse de cine de moda porque Aarón Fernández Lesur cree en lo que está diciendo y lo que está diciendo es comprensible para todos porque es una simple historia de amor. Y si Cuarón y Del Toro, Derbez y Luna están reviviendo al cine nacional desde la tradición del estilo de continuidad hollywoodense, Fernández Lesur, Eimbcke y Markovitch reinventan nuestro cine desde la tradición de un cine ojo que aspira más a la poesía que al suspenso. Como dicen las abuelas, para muestra un botón. La escena de sexo: lejos de la truculencia de películas que van por el escándalo para atraer la atención de Cannes (Año bisiesto por ejemplo) Fernández Lesur se “contenta” con filmar una emotiva escena sexual. Lo hace con la simplicidad del pintor que retoma un tema clásico o un novelista que tiene que describir un adiós. Es en esta clase de secuencias que uno entiende que está viendo el cine de un gran autor. Los cuerpos en Las horas muertas se quieren con más ternura que calentura y esto recuerda las búsquedas de Fernández Lesur en Partes usadas: hacer un cine que ama a sus criaturas porque sus criaturas aspiran a ser la vida misma.

Las horas muertas. Dirección: Aarón Fernández Lesur. Guión: A. Fernández. Música: Camilo Froideval. Fotografía: Javier Morón. Con Krystyan Ferrer, Adriana Paz y Eliseo Lara Martínez. España, Francia, México, 2013.