Frankenstein contemporáneo

Función Dominical.
Función dominical
(The Weinstein Company)

Ciudad de México

Finalmente podemos saberlo. La Segunda Guerra Mundial no la ganaron los aliados. Los venció un inglés, matemático y homosexual con posible síndrome de Asperger y cuya afición oculta era pagar a muchachos por sexo y resolver crucigramas. Alan Turing, protagonista real de El código Enigma, debiera ser más famoso. Lo desconocemos porque se nos dificultan los héroes como éste.

La máquina de Turing es el primer computador moderno. Se construyó como parte de una operación secreta para decodificar el sistema de encriptación Enigma, inventado por los sabios nazis que tuvieron el mal gusto de poner su genio al servicio de Hitler. A grandes enigmas grandes soluciones. Sin Hitler, sin Turig y sin amor no viviríamos la revolución del internet.

Porque el amor juega un papel más importante de lo que parece. El código Enigma tiene sus fallas: salta innecesariamente en el tiempo y hay diálogos que son verdaderos clichés. Además, en el clímax de la película la clave para solucionar el enigma de Hitler aparece de forma banal. Es como si un gran maestro de ajedrez descubriera de pronto el Mate al Pastor. Puede ser pero yo la verdad no me lo creo.

Lo realmente profundo en El código Enigma es una historia de amor que sigue velada por la misma moral chambona que destruyó la vida de Turig. ¿Acaso el cine británico va a atreverse a contar el amor entre dos muchachos de secundaria? Difícil. Al inventor del primer computador se le perdona que contrate prostitutos y tenga el alma seca, pero no que haya estado enamorado profundamente de un compañero con el que se enviaba encriptadas cartas de amor. Esta historia (la más importante me parece) ofrece la mejor actuación de la película. Alex Lawther, el joven Turig, se come en la pantalla a Benedict Cumberbatch (Turig ya adulto) quien está nominado al Oscar, sí, pero se confunde a menudo entre el Asperger y la homosexualidad del personaje que interpreta.

Creo que la infancia del genio debió ser el punto en torno al cual girase todo el descubrimiento del Enigma. Después de todo, sobrevivir la secundaria con tendencias homosexuales es eso y hay eventos (que sería de mal gusto revelar aquí) que justifican esta suerte de delirio que permite a Turig vencer al servicio secreto de Hitler: el hombre se cree una máquina, un robot; un “algo” tan distinto a los humanos que es incapaz de comprenderlos. Piensa, en efecto, pero de forma distinta. Resulta claro que con suficiente inteligencia y una ideación semejante Turig estaba inventando algo más que la máquina. Era el alma que había dejado de sentir; estaba inventando al amor de sus adolescencias y, con las mismas intenciones de Víctor Frankenstein, era orgulloso y blasfemo porque se le había enfermado esa región del estómago, el cerebro o el corazón en la que se vive el amor de un muchacho por otro muchacho. Alan Turig vivió en una sociedad tan perversa que a pesar de sus servicios, a pesar de todas las vidas que salvó, fue condenado a castración química. Y luego dicen que los árabes son mojigatos.

 

The Imitation Game (El código Enigma). Dirección: Morten Tyldum. Guión: Graham Moore basado en el libro de Andrew Hodges. Fotografía: Óscar Faura. Música: Alexandre Desplat. Con Benedict Cumberbatch, Keira Knightley y Mark Strong. Gran Bretaña, 2014.

@fernandovzamora