La sabiduría de dejarse marear

Función dominical.
El ojo de la tormenta
El ojo de la tormenta (Warner Bros)

Ciudad de México

Tornados, fuerzas naturales que solo Hollywood explota con ese deseo de destruirlo todo que tanto gusta por allá. Los tornados son fenómenos que en el cine han encontrado el humor y, en suma, el tono adecuado; algo que no han conseguido, por ejemplo, las películas de tsunamis. ¿Qué amante del cine de desastres no recuerda con fruición el Twister de 1996 o la vaca que volaba contra el parabrisas de los protagonistas en La tormenta perfecta de Petersen en el 2000?

Tal vez la diversión que el cine estadunidense encuentra en los tornados está en el hecho de que es uno de los países que más sufre de ellos y aunque esta película de desastres es (si se me permite el juego de palabras) un desastre narrativo, la verdad es que vale la pena reírse un poco viendo volar escombros en cuatro dé.

Como todo amante del cine palomero sabe, en 4D los asientos giran cual tazas locas y del respaldo de adelante salen de vez en cuando agüita y viento. En suma, aquí lo que hay que hacer es meterse en el tornado con la misma inconsciencia que los protagonistas y olvidar el tornado de la existencia propia porque la historia es lo de menos. Pedir a una película de desastres mensajes profundos es como pedir a la montaña rusa un curso de literatura rusa. Y lo sabe Steve Quale, el director, quien ha aprendido de James Cameron (con quien trabajó en filmes tan taquilleros como Titanic y Avatar) que no hay mejor fórmula para ganar dinero que hacer un poco de circo. En el ojo de la tormenta ha sido escrita nada más para llevar al público en vuelo por una churrigueresca función dominical.

Por otro lado también es cierto que cine como éste no es otra cosa que una caricatura que el cine hollywoodense hace de sí mismo, de su cultura y forma de vivir: la ciudad de Silverton es esa “América” en la que todos parecen dispuestos a arriesgar la vida para sentirse al centro de la tormenta.

Solo hay aquí una apuesta en el trabajo de director, guionista, actores y productores: dinero. Dinero a cambio de diversión. Puede que sea una forma un poco primitiva de hacer arte fílmico, pero para pagar la renta no debe estar mal. Los únicos giros dramáticos que el guionista ha dado a su película son los lugares comunes; es claro que a nadie en la producción le preocupan ni la consistencia ni esa cosa que los críticos llaman pomposamente “verosimilitud”.

Quien tenga la ilusión de que el cine es, sobre todo, un arte debería abstenerse. En el ojo de la tormenta fue filmada para quienes quieren ser profundos de tan banales o para quienes quieren comprobar aquello que han leído en los libros de historia: que el cine nació en el circo. Lo sabían los hermanos Warner, el señor Fox y gente tan respetable como Chaplin y Hitchcock. En el circo nace el arte más espectacular del siglo XX, así que no se trata de ninguna obviedad a veces dejarse un poco de pretensiones y pagar el boleto para subirse a una rueda de la fortuna que adolece de inteligencia y en la que solo importa dejarse marear.

 

En el ojo de la tormenta (Into the Storm). Dirección: Steven Quale. Guión: John Swetnam. Música: Brian Tyler. Fotografía: Brian Pearson. Con Richard Armitage, Sarah Wayne Callies y Matt Walsh. Estados Unidos, 2014.

@fernandovzamora