Simpatía por el Diablo

El Santo Oficio.
Mick Jagger
Mick Jagger (AFP)

Ciudad de México

La historia de Mick Jagger deposita al cartujo en la antesala del patatús. La lee con furor y sobresalto, con desprecio y admiración. La más grande estrella de rock no ha tenido precisamente una existencia ejemplar, al contrario, ha sido soberbio y destrampado, infiel y lascivo, pero la fama y el dinero lo persiguen tanto como las mujeres. No es como otros ídolos de los sesenta y setenta: un hombre marchito acosado por los achaques y las deudas, obligado a conciertos infames y a mendigar la atención de la prensa. No, en sus recién cumplidos 71 años (nació el 23 de julio de 1943) se mantiene en lo más alto del pedestal y en su rostro de pergamino la sonrisa rubrica el triunfo del desvarío sobre la virtud de seres tan grises y pusilánimes como el tembloroso fraile.

Mick Jagger (Anagrama, 2014), de Philip Norman, es la biografía de un pecador pero también el magistral retrato de una época de cambios, de música poderosa y bandas emblemáticas entre las cuales ninguna perdura con el brillo y la energía de Los Rolling Stones, con Jagger como frontman. “Si el encanto de los Beatles es eterno —escribe Norman—, la fuerza y el vigor de los Stones también”.

La vida de Jagger ha sido escandalosa y feliz, con algunos descalabros como el reciente suicidio de su novia L’Wren Scott, quien lo nombró heredero de su fortuna. Un día después de la muerte de Scott —ocurrida el 17 de marzo en Nueva York—, el viejo y arrugado músico escribió en su cuenta de Facebook: “Todavía estoy luchando para entender cómo mi amante y mejor amiga pudo acabar con su vida de esta trágica manera. Pasamos años maravillosos juntos”. No dijo más, durante mucho tiempo el silencio ha sido su mejor aliado ante el acoso de medios insaciables.

Por décadas, sus excesos ocuparon las páginas de tabloides y revistas, pero en la era de la globalización, cuando la intimidad parece proscrita y el anonimato es motivo de desconfianza y desdén, Jagger se ha vuelto cauteloso y cultiva una asombrosa paradoja: “la de un supremo extrovertido que prefiere la discreción, la de un supremo egocéntrico a quien no le gusta hablar de sí mismo”.

Entre tantas otras cosas, el libro escarba en lo más profundo del mundo de Jagger, en la historia de los Stones, con sus desencuentros, bajas, controversias y ocasionales disputas. Alude también a su relación con John Lennon, quien luego del nacimiento de su hijo Sean se recluyó a piedra y lodo en el edificio Dakota. “La muerte de Lennon estremeció a Mick hasta el tuétano —dice Norman—, por mucho que tratara de ocultarlo bajo su tiránica frialdad. Lennon había sido uno de los pocos amigos de siempre y uno de los escasos rivales de profesión a los que admiró sin reservas”.

Graduado hace unos días como bisabuelo, el compositor de “Sympathy for the Devil” sigue siendo —para envidia de todos— el eterno adolescente cuya mala fama le ha regalado una excelente vida.

Queridos cinco lectores, bajo un sol radiante, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén. D