“¡Nunca fui asistente de Buñuel, solo aprendiz!”: Arturo Ripstein

El controvertido y sarcástico director habla de su formación como cineasta y sus películas, sobre la crítica, la amistad con Luis Buñuel y su relación profesional con escritores como Gabriel ...
“Mi padre fue productor, así que desde niño entraba a ver las filmaciones”, afirma Arturo Ripstein.
“Mi padre fue productor, así que desde niño entraba a ver las filmaciones”, afirma Arturo Ripstein. (Arturo Bermúdez)

Ciudad de México

Hay una frase que a usted le gusta: “Persistir sin esperanza”.

La escribió Alfonso Reyes hace muchísimos años; es la frase del escudo de Alejandro Magno. ¿Qué resultado espero con lo que hago? Esperaría la mejor película posible, pero no está demasiado en mis manos el poder hacerla. Así que lo único que me queda es persistir sin esperar nada.


Dice: “Siempre he querido hacer una gran película y siempre me sale una película”. Y dice también: “Mis películas son de malas a peores”.

Porque las he visto. Si no las hubiera visto y me acordara de ellas, sí, a lo mejor serían estupendas. Uno ve lo que perpetró y lo que salta son los errores. Carlyle decía algo así como “Toda obra humana es deleznable, pero su realización no lo es”. Filmar me produce un enorme placer, una gran emoción y un gran gusto; ver mis películas ya no.


¿Ninguna?

Ninguna. Yo estoy orgullosísimo, parafraseando a Borges, de las películas que he visto, no de las que he cometido.


Sin embargo no siempre admite la opinión de la crítica.

Todo el mundo ha tenido sus desencuentros con la crítica, porque a uno le choca que le digan que su película está muy fea. Uno se molesta, pero nada más. Por otro lado, todo mundo tiene derecho a opinar lo que se le dé la gana.


Ha dicho que las películas salen del corazón. ¿Sus películas vienen de ahí?

¿Las mías? Sí, por supuesto. Ahí sí no tengo absolutamente ninguna vergüenza, todas me han salido de las tripas, de los ojos, del corazón. Las peores y las más peores, todas.


¿Qué ha sido para usted el humor?

Es un estandarte y un sostén. La vida es canija. Yo le doy duro. Entonces uno la combate como puede, y mi única opción, mi única trinchera, es esa. Me sale, puedo, se me da.


Ha sido un privilegiado, nació en el cine… Llega al cine muy joven y asistiendo a Luis Buñuel…

¡Eso es una mentira, es completamente falso!


¿De dónde sale esa versión?

Del perverso y malévolo de Max Aub. Él escribió un libro que se llama Conversaciones con Buñuel, sobre gente que conocía Buñuel; yo lo conocía desde muy chiquitín porque Buñuel era amigo de mi papá (el productor Alfredo Ripstein). Cuando yo era un joven aprendiz de cineasta, no había escuela de cine, se aprendía yendo a ver las películas, no como ahora que se compran en cualquier tienda. No, había que ir al cineclub y al cine todo el tiempo, todos los días, y ver las películas con muchísimo cuidado porque no era de a ver, párale, vamos a verla de nuevo. No había fast forward. Como hijo de productor, tuve el privilegio de poder entrar a los foros a ver cómo se hacían las películas. Tenía permiso de directores, y veía y les preguntaba algunas cosas. Buñuel me abrió una puerta, sin la menor duda. Yo pensaba que todas las películas eran como las que hacía mi papá, más o menos horrorosas. Pero cuando mis papás me llevaron a ver Nazarín, tuve una revelación, me di cuenta de que había opciones, alternativas, que había otros caminos.

Un día fui a ver a Buñuel y le dije: “Me gustaría ser director como usted. ¿Me da permiso de entrar a su próxima película?”. Él acababa de regresar de España de hacer Viridiana y preparaba El ángel exterminador. Fue igual que con Miguel M. Delgado, Rogelio González, Jaime Salvador, directores abominables, abyectos; lo mismo que con Chano Urueta, que es mi verdadero maestro, a todos les pedía permiso para entrar y ver. Tomaba fotos y notas. Así era como aprendía cine, no había ningún método, no había ninguna sistematización del aprendizaje, yo iba con quien fuera, con el fotógrafo, con los actores, con los de la tramoya, a preguntarles: “¿Por qué?”. Unas veces me contestaban, otras no; a veces me contestaban tonterías, a veces cosas que me importaban muchísimo.

A Buñuel le dije lo mismo que había dicho yo a otros durante un par de años o más. Pero con Buñuel di un pasito más adelante: le cargaba el portafolio. No fui a toda la película, solo los días que me permitía. De pronto lo llevaba o lo recogía en su casa. Parado en una esquina, lo veía trabajar. Cuando Aub escribió el libro Conversaciones con Buñuel, él me había visto varias veces con Buñuel, incluso filmado para hacer un documental que dirigimos Rafael Castanedo y yo con Buñuel preparando un Martini. Entonces Aub me llamó para hacer una notita, dijo: “Tú fuiste su asistente”. A mí me pareció muy elegante el término aunque no era asistente de nada. Max Aub lo puso en su libro y le pegó el chicle. Para mí ha sido un horror haber sido el asistente inexistente de Buñuel. Porque todo mundo supone que mis películas se tienen que parecer a las de él: brincos diera yo. Cada vez que dicen esto Buñuel debe de dar, digo, sus cenizas deben hacer un torbellino tipo Arkansas. Ha sido una monserga ser asistente de Buñuel. ¡No lo fui, es mentira! Pero como ahora ya está en Wikipedia, no hay manera de desmentirlo y así quedé para siempre.


¿Buñuel le enseñó algo?

Sí, por supuesto. Lo que más recuerdo es el acercamiento ético. A los otros directores, fotógrafos, lo que fueran, les preguntaba sobre técnica cinematográfica. Y eran muy estimulantes los directores horrorosos porque yo tenía 17 o 18 años y decía: “No lo puedo hacer peor que éstos”.

Ya con Buñuel no era así, con él el aprendizaje era ético. Era “acércate a tu trabajo de este modo, trata de no traicionarte” —cosa que Buñuel nunca cumplió—, “trata de hacer las cosas que te dicta tu corazón o tu cabeza” —cosa que Buñuel tampoco cumplió, digo, a veces le salía, pero Buñuel tiene una cauda de películas espantosas, como todos los que hacían cine en español.


Algunas netamente alimentarias.

Sí, por supuesto. No vivía de otra cosa. Buñuel trabaja de director de cine y le tocaba de pronto hacer bodrios. No se salvó.


¿Cuál sería la peor película de Buñuel?

Creo que Los ambiciosos, con María Félix y Gerard Philipe, horripilante. Tiene una serie de películas espantosas: El río y la muerte es horrenda; Abismos de pasión, que pudo haber sido formidable. Pero Buñuel era muy divertido. Son muy divertidas las películas horrendas que hizo, y las grandes películas de Buñuel son también muy divertidas. Era un enorme narrador.


Desde su primera película, con usted han colaborado escritores. ¿Qué había leído de García Márquez cuando decidió que trabajaran juntos en Tiempo de morir?

Los dos libros que se conseguían en México: Los funerales de la mamá grande y El coronel no tiene quién le escriba. Le pedí a un amigo común, Jorge Martínez de Hoyos, que me lo presentara. Lo hizo y nos volvimos cuates.


¿Debutaron juntos?

Era la segunda película que escribía García Márquez, aunque sí su primer original. Había escrito antes una adaptación de El gallo de oro, de Juan Rulfo, que años después yo también filmé (El imperio de la fortuna, 1985). La primera original que escribió García Márquez y que se filmó fue Tiempo de morir, porque estaban filmando simultáneamente En este pueblo no hay ladrones, que es de lo menos espantoso de Alberto Isaac, una película muy laxa, muy dejadota, muy malhechota, como era su especialidad. Era de lo primerísimo que se hacía de García Márquez.


¿Cómo fue su relación con Carlos Fuentes, quien también participó en Tiempo de morir?

Muy generosa. Tenía como 17 años cuando conocí a Fuentes y al grupo de la revista Nuevo cine, que era formidable. Yo quería ser cineasta, pero era difícil porque como hijo de productor me consideraban automáticamente un imbécil —los hijos de los productores hacían cosas terribles—. Poco a poco fui integrándome a ellos, les pedía de favor que me dejaran estar cerca, calladito. Ahí había gente como Emilio García Riera. Fue dificilísimo que me permitieran entrar y el día que lo hicieron, como maldición, se disolvió el grupo. En ese tiempo conocí también a Salvador Elizondo quien, como yo, era hijo de productor.

Me interesaba muchísimo lo que hacían, me fui juntando, acercando a El perro andaluz, un café que estaba en la Zona Rosa. Algunas personas condescendían a dejarme sentar en la misma mesa, pero no a hablar. Me sentaba y los escuchaba. Ahí conocí a Fuentes. Era la generación de los sesenta, la generación que definió lo que somos, la generación que cambió al mundo.

Carlos Fuentes siempre fue muy generoso conmigo —y con mucha otra gente—. Le decía algo y él me escuchaba. Eso era ya una gran generosidad de su parte, una de sus enormes virtudes.


Aparte de con su esposa Paz Alicia Garciadiego, ¿con qué otro escritor ha trabajado más a gusto?

Con José Emilio Pacheco. Era formidable trabajar con él, era divertidísimo. Era un hombre con un sentido del humor muy agudo, punzante, feroz y muy inteligente, de una memoria asombrosa, y era un gran amigo. El trabajo era una delicia con él.


Con él hizo algunas de sus películas de mayor éxito.

El castillo de la pureza es lo más relevante que hice con él.


¿De entre su obra hay una película que sea su favorita?

¿De las mías? Sí, El ángel exterminador; es de las mejores que he hecho; si era el asistente de Buñuel, pues me la adjudico.



RECUADRO

El pasado 24 de febrero, por primera vez la Medalla Bellas Artes se otorgó a un cineasta: Arturo Ripstein. En su discurso de agradecimiento, expresó: “He intentado siempre recorrer un camino, para bien o para mal, que no traicionara mis aspiraciones de hacer la mejor película posible”. Tres meses después, este 27 de mayo, lo aguarda un nuevo galardón, el Ariel de Oro por su trayectoria, anunciado en días pasados por Blanca Guerra, presidenta de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. Estos reconocimientos son avalados por una obra que en casi 50 años incluye películas como Tiempo de morir, El castillo de la pureza, El lugar sin límites, La virgen de la lujuria, El carnaval de Sodoma y Las razones del corazón.