“Mi educación musical es un verdadero desastre”: Alonso Arreola

El bajista habla de su historia familiar y desarrollo en grupos de rock y jazz, de colaboraciones con otros artistas, sus influencias literarias y la media docena de discos que ha grabado.

Ciudad de México

Uno de los creadores mexicanos más originales habla de su historia familiar y desarrollo en grupos de rock y jazz, de colaboraciones con otros artistas, sus influencias literarias y la media docena de discos que ha grabado


por Walter Schmidt

Nacido en la Ciudad de México en 1974 y nieto del extraordinario escritor Juan José Arreola, Alonso es reconocido como el mejor bajista de música de fusión de la escena mexicana. Desde muy joven decidió dedicarse a la música y a las letras. Fue director de la revista musical Latin Pulse y colabordor en diversos medios. Actualmente es director de su propio laboratorio musical, donde imparte clases a jóvenes bajistas y trabaja como voluntario dentro de la Asociación Ser Humano A.C., dedicada a cuidar de niños infectados de VIH.

Compositor de una música que desafía clasificaciones, ha producido una excelente discografía en colaboración con gente como Trey Gunn, Michael Manning, Mike Garson, su hermano Chema Arreola y Esteban Puebla, en la que destaca un lenguaje musical complejo en donde la polirritmia, la atonalidad y el contrapunto nos llevan por paisajes y atmosferas sonoras insospechadas. En esta entrevista, Alonso Arreola nos habla de sus dos grandes amores: la música y la literatura, en una conversación de anécdotas y recuerdos salpicados de un cierto humor negro.


¿Cómo fue que te interesaste en la música?

Eso es culpa de mi hermano. Cuando tenía como 15 años, Chema dijo: “Quiero tocar la batería”. El primer año fue una pesadilla. Nosotros nacimos y vivimos nuestra adolescencia y juventud en la Condesa, en un departamento muy pequeño enfrente del Parque España, con mi mamá. Compartíamos habitación y mi hermano le robaba los ganchos de tejer a mi madre y se la pasaba haciendo desmadres con las cajas de galletas o lo que fuera. Yo ya no podía más, porque en la noche este güey se la pasaba dándole por todos lados.

Chema insistió en que lo fuera a ver a sus clases de batería, yo le decía: “No, ni madres, ni madres”. El día que fui, él estaba tocando un ritmo muy elemental y yo sentí que me estaba perdiendo algo muy importante.

Luego la cosa se puso peor, descubrí que había en mí una cosa obsesiva, enferma, que en el bajo encontró como una canalización. Me la pasaba todos los días horas y horas y horas hasta que me comenzaron a salir las primeras canciones; no lo podía creer.

No sabíamos nada y tocábamos horrible; bajo la dirección de Memo Ríos, un amigo de mi hermano —yo tenía 13 años, él 15— dizque empezamos a componer música original. Desde el principio y de manera natural dijimos: “Hagamos rolas”.

Eso fue más o menos el inicio, tocar en bares y clubes durante varios años.


¿Entonces, no tuviste educación formal como músico?

Nunca. Fui autodidacta siempre. Pero sí me gustó aprender en serio. Todo lo aprendí por mi cuenta. Carlos de la Peña, bajista de Máquina Negra, que ahora es el que hace todas las producciones de metal del Circo Volador, era un amigo de la colonia y me dio dos o tres clases en su casa y ya. Otro vecino, Ramayana, nos fue a dar dos o tres clases de rítmica y solfeo. Luego me acuerdo que fuimos a Rockotitlán y vimos a Stromboli, era una banda muy buena. Me impresionó el bajista —Jorge— y le pedí unas clases. Fui a una sola.

Mi hermano se puso a trabajar en una tienda de baterías de Alex Fernández, que era baterista de Alejandra Guzmán, y él me presentó a los hermanos Mora, que siguen siendo muy amigos míos, son de Campeche y se vinieron a la aventura —vivían todos en un departamento. Yo empecé a tomar clases con Alejandro y la misma historia, dos o tres clases, tal vez con él fueron cinco o seis, pero más bien nos dedicamos a ser amigos y a tocar juntos. Mi educación musical es verdaderamente un desastre. Con Agustín Bernal tomé un curso de jazz de cuatro semanas y con el gran Elías Amábilis, en la ESCAM, por algunas semanas. Pero si yo juntara todo, no sé cuánto haría, creo que dos meses de clases o algo así. Pero a la par yo siempre estuve estudiando por mi cuenta.


¿Cuál fue tu primer grupo profesional?

En plan de ensayar seriamente, de cobrar por tocar, fue desde los 16 años con mi primera banda de covers. Siempre fuimos muy clavados, aunque echábamos mucho desmadre sí nos importaba mucho la música. Estuve en muchos proyectos con mi hermano y con amigos.

Yo siempre fui buen estudiante y cuando terminé la prepa me dije: “Me voy a dedicar a tocar”. Dejé algunos años de estudiar y en una borrachera tremenda en Coyoacán, con los de Máquina Negra, me levanto y veo a todo mundo tirado y digo: “Se me está yendo el patín muy cabrón”, no estoy tocando lo que quiero, no estoy nutriéndome de más cosas y ese día fue clave porque decidí que iba estudiar una carrera. Para mí era como convertirme en Batman. Hubiera sido bueno si me hubiera dedicado a cirujano plástico o algo por el estilo, pero me decidí por la literatura, je, je, je. Y me metí a Filosofía y Letras a estudiar Letras Hispánicas. Empezaron a ocurrir cosas muy buenas, incluso la huelga del Mosh me benefició. Cuando iba a terminar la carrera empecé a enviar colaboraciones a revistas y cosas así y en la huelga se detiene el asunto; en ese instante un amigo a quien le había enviado algunas reseñas me invita a colaborar en la revista Latin Pulse de Tower Records y pasa la cosa más loca del mundo, porque después de haber mandado algunas reseñas, dos o tres entrevistas, mi amigo renuncia y de pronto me quedo como editor; fue un acto de total imprudencia de parte de todo mundo. Eso me cambió la vida para siempre y ya no regresé a la carrera, eso es una cosa que lamento en serio, no haber concluido, me faltó un año.

Yo me casé a los 24 años, me fui a vivir a Tepepan y las cosas se empezaron a complicar. Yo seguí con mis proyectos, me dijeron que La Barranca necesitaba un bajista, nosotros conocíamos a José Manuel Aguilera, Alfonso André y a Federico Fong desde hacía algún tiempo, de algunas fiestas. Chema audicionó con ellos y se quedó. Entonces estaban José Manuel, mi hermano, Alex Otaola y Federico. Mi hermano y Otaola estaban más en el rollo de invitados, poniendo el disco Rueda de los tiempos (2000), y Alfonso ya estaba muy clavado con Jaguares. Ya mi cabeza estaba en: “No voy a tocar en una banda de rock, ni de pop, ni de nada así, estaba en una onda muy experimental e incluso hice un par de discos que nunca saqué. Luego me habló José Manuel que estaba haciendo su disco Yendo al cine solo (2000) y empezamos a hacer el arreglo de una rola que se llama “El Espía que te amó”, la grabamos en el Submarino del Aire y cuando iba a salir el disco Federico nos dijo que se iba a vivir al gabacho; me dijo que me quedara porque se iba a iniciar la gira del disco. Me pasó las rolas y cuando me llamó José Manuel yo ya me sabía el material. Para hacer el show tuvimos que poner algunas rolas de La Barranca. Las cosas salieron bien y decidimos seguir con La Barranca e hicimos tres discos Denzura (2003), Cielo protector (2004) y El fluir (2005). Fue un ratote, fueron como ocho años. Estuvo muy bien, porque la verdad me gustó mucho lo que hicimos. Pero la cosa que yo tenía dentro queriendo explotar seguía jodiendo y en los últimos tiempos con La Barranca empecé a hacer el disco Música Horizontal (2007).


El disco llamó mucho la atención; manejas un lenguaje musical más amplio de lo que podría esperarse de un bajista de rock. ¿Qué música te ha influido para hacer lo que haces?

Te puedo decir que mis principales influencias no son musicales, sino literarias, gastronómicas y los viajes y la matemática musical.


Hay quien afirma que la música no dice nada.

Es la ambigüedad, por eso se dice que es el lenguaje supremo. Es absolutamente poética y quien participa como escucha tiene que llenar los vacíos de información. Por eso a veces soy muy payaso y provocador con los títulos de las cosas. En el disco negro de la Trilogía Cruento (Los restos de Cruento, 2012) cada canción es como un cuentito.


Quieras o no, ahí está la influencia de tu abuelo.

Por supuesto, aunque tengo mi propia teoría al respecto. Creo que los hijos se llevan la peor parte, ya como nieto te toca lo chido. Mi abuelo era un tipo súper intenso pero con nosotros era verdaderamente divertido. Bueno, mi papá tuvo muchos años la librería Arreolarte, en la Cuauhtémoc, ahí vivió mucho tiempo mi abuelo, se quedaba temporadas y era todo el tiempo el estar jugando entre libros y ver que llegaban personajes que a la postre iba yo a valorar muchísimo. Ahora que es el centenario de Paz y todo ese rollo, a pesar de las diferencias que tuvieron, me ha dado mucho gusto tener recuerdos de Octavio ahí en la librería de mi papá. Justo ahora vengo de un viaje a la India, donde fue muy importante una postal que Octavio le mandó a mi abuelo en el 63, es muy bonito lo que dice: “Querido Juan José, es un observatorio astronómico del XVIII. Pensé en ti, en tu prosa, en tu poesía, en su misteriosa y precisa arquitectura. Un abrazo”, y por ello me fui en busca de ese lugar en particular, pero desde luego, para mí, la literatura es una cosa importantísima.


¿Cuántos discos tienes como solista?

Siete: Música horizontal;Música para ser niño (Baby Circus, 2010), un experimento muy loco ya agotado; Suspendido (2010), Las partículas horizontales (DVD) y la trilogía: Las transfusiones de Cruento, Los contagios de Cruento (2011) y Los restos de Cruento (2012), y está también este otro objeto que produje en 2013, Humano demasiado humano. Es algo verdaderamente desquiciado, es uno de los acoplados más locos que puedas encontrar. En la trilogía me asocié con Ser Humano A.C., que es una sociedad civil de niños con VIH. Estoy como voluntario con ellos desde hace dos o tres años. Son 30 años, 30 artistas; 10 escritores, 10 proyectos musicales y 10 niños de la casa hogar, infectados, que pintan. Quise que tuviera un beneficio y un eco en estratos, géneros y lugares a los que normalmente yo no llego. Pero eso no quita que yo tenga amigos muy entrañables en todos esos géneros, lo mismo hablé con Alejandro Sanz, que con Paty Cantú que Juan Sebastián Lach, que la Chocolate Smoke Band haciendo free jazz, que Jaime López haciendo una canción ex profeso para el proyecto, Carla Morrison, Enjambre, San Pascualito Rey, Tania Libertad, Hello Seahorse…

Es un compilado verdaderamente estrambótico. La enfermedad es así. La muerte es así. La enfermedad no respeta nada y todos ellos también tienen una preocupación social que a veces les cuesta trabajo canalizar. Lydia Cacho hizo el prólogo. Están 10 escritores que yo admiro profundamente como Nicolás Alvarado, Mardonio Carballo, Julián Herbert, Alejandro Sanz, que no canta sino escribe algo, está Sandra Lorenzano, quien nos prestó el Claustro de Sor Juana para hacer una presentación increíble del proyecto, con muchos de ellos tocando, estuvo Tania, Hello Seahorse, Jaime, estuvimos leyendo y musicalizando textos en vivo. Este disco-libro solo se puede conseguir a través de donativos a la casa hogar Ser Humano A.C. y su portal de internet: www.serhumano.org.mx