La nueva experiencia en las universidades

La época de las protestas en las escuelas británicas se desvanece, pues los estudiantes prefieren asegurar su título y un empleo para pagar la deuda, cada vez más grande, que les deja su educación.
Los profesores son asignados a escuelas con alto porcentaje de estudiantes latinos.
La matrícula de las universidades británicas fue gratuita hasta los años 90. (Reuters)

Clark Kerr, presidente de la Universidad de California en los años turbulentos del campus en la década de 1960, definió el secreto de dirigir una universidad exitosa como ofrecer futbol americano para los graduados, estacionamiento para los académicos y sexo para los estudiantes.

Sus equivalentes modernos podrían decir que nada ha cambiado, sin embargo, la vida universitaria pasó por cambios sorprendentes desde la época de Kerr. En Gran Bretaña esto ocurrió en gran medida de manera oculta. Las universidades alguna vez fueron organismos independientes financiados por el gobierno. Ahora ese financiamiento se secó: deben tener utilidades o correr el riesgo de morir.

La privatización de las instituciones dedicadas al estudio, el conocimiento, la investigación y el debate en Gran Bretaña ocurrió casi a hurtadillas. Hace cincuenta años una generación dorada de estudiantes pasaba el tiempo protestando contra todo y contra todos, a menudo sin una razón aparente. Sus nietos, frente a un mundo mucho más difícil, y con toda la razón para protestar (y en muchos casos por culpa de sus antecesores), en su lugar se toman su medicamento con una docilidad infinita.

En su nuevo libro Speaking of Universities, Stefan Collini, catedrático de Cambridge, dice que hay un futuro “horriblemente posible” en el que “la personalidad dominante de las instituciones de educación superior en todo el mundo será como la de una empresa especializada en preparar a las personas para que trabajen en empresas”. Es una visión que comparten muchos académicos, sus vidas alguna vez envidiables se volvieron más inseguras por presiones algunas veces contradictorias.

¿Los estudiantes? Parecen demasiado ocupados tratando de obtener sus títulos y un empleo como para preocuparse demasiado sobre el futuro de sus universidades.

Ninguna universidad se puede describir como típica, pero la Universidad de Leicester podría ser una representante británica: no es demasiado antigua, no es demasiado nueva; no es famosa a nivel mundial, pero calladamente es respetada. Se siente orgullosa de su espacio de investigación y de su nueva escuela de negocios, que se mueve a una nueva y elegante sede el próximo año.

Leicester tiene un campus agradable, no lejos del centro de la ciudad, y la mayor parte del alojamiento se encuentra a corta distancia en autobús o bicicleta en uno de los suburbios más agradables. Todo el mundo es amigable. Pero a las universidades ya no se les evalúa por las percepciones vagas, ahora se clasifican. Y Leicester no está considerada como de lo mejor.

Ya pasaron 25 años desde que el gobierno de John Major, en un ajuste de igualitarismo, elevó todos los politécnicos, que en gran medida tenían un enfoque en los aspectos técnicos, a condición de universidad, y las 46 universidades de Gran Bretaña mágicamente se multiplicaron para llegar a ser 140.

Desde la década de 1960 hasta los años 90, la matrícula de las universidades británicas era gratuita, con un subsidio de mantenimiento garantizado. Con excepción de Escocia, a todo eso se lo llevó el viento. El estado subsidia la enseñanza de ciencias, pero muy pocas cosas más. Los estudiantes universitarios pagan 9,000 libras en matrículas: incluyendo los costos de subsistencia también, esperan tener una deuda de más de 40,000 libras al momento de su graduación, incluso antes de que piensen en llegar a la enorme montaña de la vivienda en Gran Bretaña.

Esos estudiantes ya no son un grupo vago de molestias que ocasionalmente interrumpen los proyectos de sus profesores. Son los clientes. Los antiguos títulos persisten, pero el vicerrector, el director y el secretario ligeramente parecen un director ejecutivo, su subdirector y su director de operaciones.

“Tenemos que ser como empresas”, insiste el vicerrector. “Tenemos que pensar sobre las implicaciones de lo que hacemos. Pero la misión de la universidad es totalmente académica y educativa”. Con una facturación de casi 300 millones de libras, Leicester logró una utilidad de 1.5 millones de libras en 2015-16; eso, dice, se va a volver a invertir. Quiere mantener la serie de temas de la manera más amplia y flexible.

Pero esa utilidad no es segura de ninguna manera. Según una estimación, solo una cuarta parte del ingreso de Leicester proviene del estado; más de la mitad proviene de las matrículas. A diferencia de un banco, la Universidad de Leicester no es demasiado grande como para quebrar. Y, como todas sus contrapartes de “provincia”, ha sido demasiado lenta para la construcción de un fondo financiero de los graduados que llegaron a ser ricos.

Los profesores ahora se enfrentan a presiones desconocidas, por un lado tienen que producir investigación significativa -y preferentemente lucrativa- y también ser profesores geniales y de hecho populares, ya que una de las pruebas más importantes es la Encuesta Nacional de Estudiantes (National Student Survey).

Sin embargo, incluso uno de los funcionarios de más alto nivel de la universidad expresó su preocupación por las tendencias de los estudiantes hacia el conformismo y la desconexión. “Los estudiantes deben, como parte de su experiencia, comprometerse con problemas políticos más generales”, dice Dave Hall, el secretario. “En la universidad tienes la oportunidad de explorar ideas y que te escuchen en una especie de ambiente protegido. Y eso no lo hacen mucho”.

La explicación parece ser sorprendentemente sencilla. Los costos de las matrículas se dispararon de cero a 1,000, a 3,000 y a 9,000 libras en los últimos 20 años, una redistribución muy deliberada de los fondos de los estudiantes, quienes todavía no tienen dinero, a los viejos contribuyentes que sí lo tienen. Ahora la mayoría tiene que sacar préstamos para salir del paso, incluso antes de pensar en tener una hipoteca.

En este nuevo mundo, la biblioteca (muy impresionante) sustituyó al bar como el punto más significativo del campus. Allí el café está abierto hasta las 10 de la noche, de hecho, cuando se acercan a temporada de exámenes se convierte en un edificio que funciona las 24 horas.

“Gran parte del enfoque está en el trabajo”, explicó Hester Claridge de Cornwall. “No quiero regresar con mis padres y decirles que tengo una deuda de 46,000 libras y no tengo un título”. Sí, todos dicen, hay vida social y diversión, aunque para ellos en gran medida se centra en los grupos de interés: música, rugby, tal vez quidditch.

Vicerrectores dispuestos; directores contrariados; estudiantes conformistas, consumistas, ansiosos. Este no es el mundo de Clark Kerr. O incluso el de Porterhouse Blue o Lucky Jim. Tal vez todavía encuentras directores con chamarras deportivas con parches en los codos; el uniforme estudiantil todavía es andrajoso y de mezclilla. Pero por debajo, las maneras despreocupadas se fueron.