Pronóstico del Clímax

Y si no voto, ¿qué?

Nunca le he preguntado a nadie qué pecados le cuenta a su confesor, de modo que me cuesta comprender que los otros insistan en saber por quién voto, voté, votaba o incluso por quién nunca votaría.

"¿Por quién vas a votar?”, le preguntan a uno en el momento menos afortunado del día, pero algunos tenemos tanta suerte que salimos bien pronto del predicamento. “Perdí mi credencial para votar”, respondo con las dos palmas abiertas, diríase que con resignación, y ahí mero se termina la discusión que nunca comenzó. El recurso es tan noble, según descubro ahora, que aunque de aquí a tres años ya tenga credencial, seguiré pretextando que la perdí. Como decía el eslogan, por el bien de todos.

Cada día que comienza, abro los ojos con la decisión firme de recibir poca o ninguna información propagandística en torno al tema de las elecciones, no sólo porque no voy a votar, sino también porque esa misma circunstancia me permite observar a los participantes desde una extranjería emocional que los hace lucir no sólo inverosímiles, sino antiverosímiles. Me perdería el respeto si les creyera tres palabras juntas.

Cerrar ojos y oídos a la propaganda política en temporada electoral es, por cierto, un propósito muy ambicioso. Exige disciplina personal y una resolución a prueba de balas. ¿Cuántas veces ocurre que un solo spot alcanza para hacerlo a uno echar espuma por la boca, y entonces ir por ahí blasfemando y el colmo, diciendo lo que piensa entre gente que nunca pensará lo mismo?

Hay que esquivar, por tanto, la transmisión en vivo. Si he de ver un programa, tendrá que ser grabado, de manera que pueda saltarme los comerciales sin que los candidatos se metan en mi casa. Tal como lo soñamos sus malquerientes, basta con oprimir un pequeño botón para obligarlos a desaparecer. Afortunadamente los partidos no han encontrado aún la manera de meterse en los cd y los dvd, ni pueden evitar que cuelgue uno el teléfono cuando tienen la cara dura de llamarle.

Tal vez el más difícil de los obstáculos, para quien ha resuelto mantenerse de espaldas a la propaganda, sea lidiar con ciertos votantes entusiastas. Gente que necesita saber nuestra opinión, por si fuera preciso evangelizarnos. Yo francamente nunca le he preguntado a nadie qué pecados le cuenta a su confesor, de modo que me cuesta comprender que los otros insistan en saber por quién voto, voté, votaba o incluso por quién nunca votaría. ¿Se supone quizás que en mi respuesta tendría que haber rasgos personales, cualidades, defectos, taras, reconcomios, información bastante para darme por buena o mala gente?

Casi ninguno escapa a ese puerco prurito de adjudicar virtudes o vilezas a los otros de acuerdo a sus creencias y convicciones. Parecería una disputa honda, pero es al cabo tan superficial como un pleito entre dos automovilistas. No se conocen y lo más posible es que jamás se vuelvan a cruzar, pero les ha bastado un par de cerrones para identificarse como enemigos irreconciliables y lanzarse las peores invectivas. Cada uno, desde su cápsula con ruedas, está perfectamente convencido de la imbecilidad total del otro, cuando no de su ínfima calaña. Podrían haber sido grandes amigos, de conocerse en otra circunstancia, pero ya se comportan como viejos antípodas por una estupidez sin importancia, y ninguno se va a echar para atrás.

¿Qué hacen, por ejemplo, ínfulas tan tramposas como las del orgullo y la pureza revoloteando en torno a estos asuntos? ¿No es verdad que entre puros y orgullosos nadie se siente a gusto si no juega su juego? Por lo demás, un juego tan impostado y bobo como el orgullo y la pureza mismos: origen y destino de infinitos complejos y frustraciones. Sobran quienes se dicen hinchas, o militantes, o feligreses “puros” de algún equipo, o utopía, o credo que los llena de “orgullo”. ¿Y cómo no, si viven en campaña?

No sé por qué partido votaría, si tuviera credencial de elector. No olvido el berrinchazo que hice cuando se me perdió, amén de la molestia de tener que cargar el pasaporte para identificarme oficialmente. A cambio, sin embargo, puedo nadar de muerto entre la gritería e incluso pretender que no oigo nada. Y no es que no me importe, sino al contrario: todo este carnaval de ambiciones piadosas nos recuerda que el tema de fondo no son las convicciones tan sobadas, sino el puro dinero. Slurp.

Partidos y políticos derrochan, a la vista de los contribuyentes, millonadas groseras y ostensibles. De paso infringen reglas y pagan multas estratosféricas, que al parecer entienden como inversión. Y uno, que abre el periódico y ve tamañas cifras, se pregunta de nuevo por la difícil verosimilitud de aquellos que predican austeridad y al propio tiempo arrancan a mordidas el pezón generoso del erario. (“Acuérdate”, me digo en momentos como estos, “que no tienes credencial de elector”. Y es como si de pronto un fluido analgésico bajara raudamente por mis arterias.)

“¿Y por quién votarías?”, no falta quien insista, ociosamente. “Perdí mi credencial”, esquivo al preguntón, como diciendo a mí que me esculquen. Pues al fin no conozco a los candidatos, y a buen seguro tengo mejor información de, digamos, Hillary Rodham Clinton. “¡Perdí mi credencial!”, digo ya canturreando y doy la media vuelta. De haber sabido, la pierdo a propósito.