Pronóstico del Clímax

No habrá vida sin pantalla

Antes quería uno cambiar al mundo. Hoy parece bastar con mejorar su imagen: milagros de la alta definición.

A finales del siglo pasado, las pantallas de plasma se rentaban. Quien deseaba exponer productos o servicios al público, tenía en ellas un aliado notorio y novedoso. Había quienes sólo se les acercaban para certificar el prodigio científico: ¿era verdad que no tenían cinescopio? Y si el precio de renta ya parecía muy alto —24 horas de alquiler equivalían a diez días renta de coche— esto era poca cosa si se le comparaba con la idea desmedida de darse a poseer uno de aquellos míticos aparatos, a la venta por el equivalente a tres autos austeros. Ser rico y demostrarlo podía ser tan simple como tener en casa una televisión con pantalla de plasma.

A tres lustros de entonces, el mercado de las pantallas planas no sólo ha mejorado las prestaciones de sus antecesoras, sino que las ofrece diez veces menos caras. Es decir, más deseables que nunca. Cerca, pero no tanto: relucientes desde el escaparate donde cada pantalla se da a desear como la imagen misma de otra forma de vida donde todo parece menos viejo y gastado. Pues no se trata ya de saltar al mañana, sino de al menos escapar de anteayer. Ser pobre en estas épocas es habitar un mundo de imágenes borrosas y anticuadas, cual si la propia vida transcurriese por la cinta magnética de alguna Betamax.

Hace unos pocos días que la revolución bolivariana se hizo cargo de las pantallas planas. Cansado de lidiar con inflación, devaluaciones, carestía y demás flagelos conjurados, el presidente Nicolás Maduro dio la orden al ejército de intervenir las tiendas que a su juicio pedían demasiado dinero por los televisores, confiscar la deseada mercancía y ponerla a la venta con descuentos de entre cincuenta y setenta por ciento. Una medida a tal extremo popular que el pueblo acudió en masa a las tiendas de marras y varias de ellas resultaron saqueadas, en la rauda certeza de que lo verdaderamente revolucionario es un descuento de 100 %.

Habrá quien se pregunte qué van a hacer ahora los dueños de las tiendas para reabastecer sus existencias, y además ofrecerlas a precios que se abstengan de ofender la moral del gobierno justiciero, pero ellos están libres de preocuparse por esas nimiedades, ya que desde la toma de sus negocios han sido perseguidos como criminales y buena parte de ellos ha ido a dar tras las rejas al lado de gerentes y empleados de confianza. Todo con tal de brindar solidez a la promesa de Nicolás Maduro, cuyo gobierno busca “garantizar” el acceso del pueblo a los televisores de pantalla plana.

Una de las fotografías del operativo gubernamental muestra a un hombre que lleva sobre un diablo algo así como diez pantallas expropiadas. Si observamos el hecho desde la perspectiva del mandatario, para quien la violencia que sufre Venezuela se debe en buena parte al influjo nocivo del Hombre Araña, vislumbraremos el poder corruptor de esas pantallas frívolas por cuya causa tantos pierden la cabeza. ¿Y cómo no acabar satanizándolas, cuando la alternativa sería comprarlas por millones y venderlas por debajo del costo, o de plano lanzarse a repartirlas como panes y peces recién multiplicados?

No sé por qué me queda la impresión de Nicolás Maduro como un sujeto en baja resolución. Por más que alude al siglo XXI, parecería que todas sus arengas emergen de una cinta magnética conectada a un televisor de bulbos. Se le ve pixelado, desfasado, invadido de esas sombras y manchas que la gente del siglo anterior resolvía girando las perillas traseras y meneando los cables de la antena. Cuesta creer que un hombre tan borroso entienda cualquier cosa de alta definición, menos aún si ofrece “garantías” de repartir aquello que no hay: un truco tan antiguo y milagroso como el de mejorar la imagen de la tele pegándole unos golpes en la parte trasera.

Escribo estas palabras en las últimas horas del Buen Fin. Mientras tanto, mi buzón electrónico se ha llenado de ofertas en pantallas planas. Ahora mismo, allá afuera, la clase media escenifica una estampida en masa hacia el futuro, una vez que éste se ha vuelto presente. Nadie quiere mirar al mundo pixelado, cuantimenos vivir con el recelo de ser visto en baja definición. Si quince años atrás expositores y comerciantes alquilaban las pantallas de plasma para lucir modernos delante de su público objetivo, hoy los consumidores se las arrebatan para evitarse la afrenta social de mirarse obsoletos y caducos. ¿Quién no quisiera, al fin, abrir una ventana más nítida hacia el mundo, dejarse apantallar por sus imágenes y ponerse a resguardo de un pasado reciente que ya se ve remoto, por borroso? ¿Quién soportará ahora la humillación de verse prisionero de un siglo al que se mira por encima del hombro? ¿Quién es el cavernario que a estas alturas habla de cinescopios?