Pronóstico del Clímax

Otra vez el purgatorio

¿Qué decir de la vida que nos queda entre veintitantos millones de chilangos furiosos? ¿Cómo saber en qué infame momento lo que llamamos vida se transforma en estricta supervivencia?

De la infancia recuerda uno lo peor. Hay a quienes les toma la vida entera deshacerse de sus memorias negras, mientras las cosas buenas se disuelven irremisiblemente en el ir y venir de los años adultos. El domingo en la tarde, por ejemplo, teníamos por delante la sombra del pupitre aburridor al que había que volver en unas cuantas horas. Poca cosa, no obstante, si se le comparaba con el fin de las vacaciones de verano: aquellos días idílicos, inmensos como todo a esas edades, parecían año tras año convencernos de que iban a durar eternamente. Hasta que comenzaban los odiosos anuncios del regreso a clases. Nunca simpaticé con aquellos carteles mentirosos donde los publicistas dibujaban tan sólo escuincles sonrientes, felices de volver a la fila, el salón, la obediencia, el encierro, el dictado, el examen, y encima de todo eso la querúbica espera por otras vacaciones.

Eso sí que era bueno: entre dos y tres meses de vagancia segura y en tal modo dichosa que casi entera la hemos olvidado (la memoria es ingrata con la alegría, bastan un par de lágrimas para borrar la huella de su paso). Hoy que las vacaciones de los niños suelen durar apenas seis o siete semanas, yo mismo como adulto resiento con tristeza su cortedad. Y no es porque me levante más tarde, ni me ponga a jugar, ni me entregue a la holganza, ni sienta compasión por esos pobres niños despojados, sino porque el verano me ha vuelto a acostumbrar a su ligereza y me niego a volver a la realidad. Se olvida uno del peso de los días, el tráfico infernal de las mañanas, la prisa permanente y hasta los sinsabores de la política, pues sus comentaristas se van de vacaciones, y si acaso se quedan les queda poco o nada de que hablar.

Ni para qué negarlo, soy de esos amargados que disfrutan a tope la vacación ajena. Me horroriza la idea de dejar la ciudad justo cuando parece más amable, o en todo caso menos majadera. De ahí que cuando acaban las vacaciones me mire como un niño traicionado por la desilusión de comprobar de nuevo, como si hiciera falta, que no vivo en un mundo a mi medida y de aquí a un par de días todo este humor de perlas irá a dar al drenaje del olvido. “La vida no es así”, se consuela uno a medias, pues pocos desconsuelos se comparan con la disolución de un espejismo amigo.

Desde niño aprendí que en esta ciudad “ya no se puede vivir”. Ha ido todo a peor, de entonces para acá, mas la vieja certeza sigue ahí, se diría que más firme que nunca, aunque sin duda menos que el lunes próximo, cuando hayan terminado los asuetos y las calles se pongan infumables y la gente maldiga su suerte de crucero en crucero. Lo sabía mi abuela, tantos años atrás, cada vez que cruzaba esas calles idílicas que sin embargo ya la desesperaban: blasfemar es la única defensa que uno tiene contra las calles llenas. Y si en una ciudad de siete, ocho millones de personas no se podía vivir, ¿qué decir de la vida que nos queda entre veintitantos millones de chilangos furiosos? ¿Cómo saber en qué infame momento lo que llamamos vida se transforma en estricta supervivencia?

Tarde comprende uno los privilegios propios de la infancia. Tarde, también, si acaso, cae en la cuenta el automovilista de la desproporción de su incomodidad. ¿Cómo osa uno chillar por pasarse dos horas en el coche, justo en una ciudad cuyo transporte público es de por sí un calvario cotidiano? Tan sólo imaginemos la cantidad de gente que se gasta tres horas o más camino a su trabajo, y otras tantas de vuelta, a bordo de espantosos microbuses donde el cliente es víctima callada de abusos, groserías y temeridades, cuando no asaltos multitudinarios.

Se trata, sin embargo, de echar pestes. Toda esta pantomima del regreso dichoso a la vida opresiva de la ciudad de mierda supone la invaluable oportunidad de opinar que, ahora sí, no puede ya vivirse en este purgatorio. Antes, cuando iba a haber una manifestación, sobraban las alertas de amigos y parientes. “Ten cuidado, no vayas por el Centro”, nos prevenían con toda oportunidad. Hoy que todos los días desfilan inconformes, o de plano se instalan en medio de la calle durante varias horas, cuando no semanas, las manifestaciones son como las tormentas: nos caen donde nos caen y no hay con quién quejarse.

La ciudad en verano tiene, para el adulto, la virtud de evocar ese pasado tal vez menos incómodo, seguramente algo más espacioso, que para las abuelas era ya intolerable. Años en que la vida parecía más vida, las tardes más extensas, la paz interna un poco menos breve. ¿Por qué sonríen, pues, los niños del cartel al momento de ser expulsados del ancho paraíso vacacional? Para que los adultos no perdamos el tiempo en blasfemar en torno a lo insoluble y olvidemos a tiempo que hubo días mejores en los que, cosa rara, la ciudad todavía nos dejaba vivir.