Pronóstico del Clímax

Adiós, cabaretera

No he olvidado la fecha: viernes 13 de enero del 95. Anochecía ya cuando fui amablemente despedido de la sección de rock del diario El Nacional, y un minuto más tarde recontratado como cronista noctámbulo. Al otro lado del escritorio, el autor de la oferta —José Luis Martínez Salazar, mi editor y ya entonces amigote— me ofrecía además una plana completa para cada texto y un poco más del triple de lo que me pagaba por la extinta columna. “Para covers y tragos...”, sonrió a medias, como quien pone en marcha una obra pía, mientras en mi cabeza relumbraba una gran marquesina con la palabra BECA. “Esto va a ser un libro”, resolví en ese instante y agarré por mi cuenta las parrandas.

No era yo, ahora lo sé, el único golfo en aquella oficina que mimaba el ensueño de escribir un volumen de correrías nocturnas. Tampoco terminaba de asumir que José Luis —editor, unos años atrás, de la osada revista Su otro yo— me pasaba de pronto una estafeta, toda vez que la chamba que me encomendaba podía hacerla él mismo a ojos cerrados. En los meses siguientes, sin embargo, fui entendiendo que el hombre que me enviaba a exprimir la penumbra chilanga sabía demasiado del asunto, tanto así que podía dibujar, en una sola plática, la más rica y precisa cartografía nocturna de la Ciudad de México y sus cabarets, amén de conocer con ojo especialista la orografía suntuosa de sus grandes leyendas: las vedettes.

Olga Breeskin, Lyn May, Zulma Faiad, Thelma Tixou, Amira Cruzat, Gloriella, Rossy Mendoza, Norma Lee, Isela Vega, Mora Escudero, Gabriela Ríos, Ingrid D’Praga, la Princesa Lea... Recuerdo aquellos nombres no de los cabarets que apenas conocí, sino de esas revistas baratas y corrientes que solía atesorar, allá en la sigilosa pubertad: bELLezAs, Estrellas de Cinelandia. Mujeres excesivas por donde se les viera, deidades insinuantes para el adolescente al que bien le alcanzaban las fotos en sepia para ser deslumbrado por sus lentejuelas y venerar sus carnes tremebundas en la pista estelar de su imaginación.

A diferencia de incontables mortales, José Luis no ha tenido que imaginar el olvidado Olimpo de las marquesinas. Lo ha visto, lo ha vivido, lo ha guardado por décadas como se esconde la memoria agridulce y se espanta al espectro de la añoranza. Porque esta historia duele tanto como seduce, hace reír, sorprende, insubordina o enternece. Su título: El día que cambió la noche. Qué no habría yo dado en el 95 por la mitad del callo del Tigre Martínez.

“Memorias de un noctámbulo en la Ciudad de México”, anuncia la portada del libro cuyo autor, parrandero incansable, curioso impenitente, romántico perdido, va y viene por tugurios y camerinos igual que un narrador omniconcupiscente, aunque también cual tímido monaguillo. Su mentor, el periodista y bon vivant Vicente Ortega Colunga, lo lleva por el rompe-y-rasga citadino como Lord Henry Wotton a Dorian Gray. Juntos beben champaña como potentados y pasan diaria lista a las diosas sinuosas por las que otros cabareteros menos calificados apenas si suspiran, salivan o deliran.

El día que cambió la noche es una larga farra por los últimos tiempos del cabaret, como si el narrador nos sonsacara a recorrer tugurios de todas las estofas, y ya una vez entrados en la francachela escuchamos las voces de sus celebridades, perseguidos por el morbo querúbico de quien al propio tiempo es periodista y aprendiz de calavera. Se lo ve noche a noche, cargando su revista de encueradas para franquear con ella muros y camerinos, cuando no los espacios privados de las diosas. Pues no es que las acose, ni que las posea —ya vimos que se trata de un romántico— sino que se ha propuesto ser su amigo. Verlas de día, en su casa. Hablar de su carrera. Echarles una mano con el altar.

El universo cabaretero se viene abajo la mañana del jueves 19 de septiembre del ‘85. Momento inoportuno para dolerse por el golpe letal del terremoto a un esplendor nocturno cuya extinción estaba ya en proceso. Había muchos muertos en el hotel Regis para sufrir por la muerte del Capri, entre cuyas mesas y vestidores se desveló horas antes el cronista crepuscular, que lo recuerda todo con vividez intensa y cronométrica, pero asimismo renuente a perderse “entre los callejones oscuros de la nostalgia”.

Para ser un inmenso inventario de pérdidas, hay demasiada luz en esta historia. Mucha música, baile, carcajadas, festines, fantasmas testarudos que se empeñan en extender la noche legendaria a costillas del alba traicionera. Y por cierto: muy poco desenfreno, para escándalo de los puritanos. En su lugar florece la quimera romántica, la fantasía erótica, la algarabía etílica y otros tantos esdrújulos motivos para gritar salud en nombre de esos tiempos hechizados: “cuando todo parecía para siempre”.