Pronóstico del Clímax

¿Cuánto vale una canción?

Escuchar una nueva canción de Jaime López se parece a cambiar de página en la vida y aterrizar en el nuevo capítulo.

Querido Jaime,

Me acaba de llegar tu canción más reciente. Quiero decir que… Miento. Debí decir que tu nueva canción me llegó hace unos días, pero es hasta ahora que me siento a escucharla. Bien sabrás, por supuesto, que en este asunto de las citas a sordas es preciso encontrar el instante propicio para que la ponzoña penetre por las venas y te lleve de viaje tan lejos como pueda. Pues a veces sucede que una canción nos tira de su anzuelo dependiendo de cómo y dónde nos agarra. ¿O acaso no se trata de que al fin nos arrastre por donde se le antoje?

“Tú no sabes qué placer me da verte de espaldas”, arranca la canción y es como si trepara de mosca a un autobús cuyo destino ignoro alegremente. “Complacientes hay que no se autocomplacen nunca”, va adelante la letra y sin aún advertirlo he entrado en un proceso de autocomplacencia que asimismo peca de autoindulgente. Me devoro el anzuelo con tal de no soltar ni un trozo de carnada. Colaboro con la intoxicación en cuanto reconozco un par de síntomas. Lo que llaman también el sello de la casa. Pues me he citado a sordas con tu canción a sabiendas de su poder probable y mi debilidad por tu trabajo. He encontrado el momento y el lugar, como quien los elige de un menú. Y mientras terminaba de bajar la canción a mi computadora, transformarla a formato mp3 y enviarla al repertorio del teléfono —un proceso tan raudo que da miedo— le daba vueltas a la clase de pregunta que uno tendría que hacerse a la hora de copiar un archivo electrónico: ¿cuánto vale el objeto que estoy duplicando? Es decir, ¿cuánto vale una canción?

“Nunca terminarías de pagarme lo que vale una sola canción”, le dijo alguna vez un buen amigo al director de su casa disquera, no bien éste trató de poner precio a una de sus canciones. Hago el intento y fallo de inmediato: por más que busco el modo de calificarlas, no alcanzo a calibrar el valor de una y otra canción en la banda sonora de mi vida. Ayer mismo escuchaba dos que no conocía y las sentía meterse en las entrañas con la facilidad de un virus traicionero. ¿Y no es verdad que ciertas canciones entrañables buscan y encuentran el momento preciso para encontrarnos bajos de defensas y revolcarnos como un trapo mojado?

Es tan poco el amor, se llama tu canción, y si bien no coincide con mi estado de ánimo vigente, busco y encuentro el modo de hacerme a sus sonidos cual si fueran pensados para mí. Pues las canciones son para apropiarse, de eso se trata al cabo el sortilegio. Cada vez que éste opera, uno vive a su ritmo, diríase inclusive que a sus órdenes, pues se deja llevar igual que un corderito y es al fin poseído por su encanto. ¿Cuánto valdría entonces una canción que logra apropiarse de ti?

He copiado dos veces tu canción en el tiempo que toma encender un cigarro. Y todavía menos me tardaría en borrarlas del disco duro. Cada vez que lo pienso, me escandalizo. No sabemos ni cuánto vale una canción, pero igual la copiamos y manipulamos como a cualquier pañuelo desechable. Se supone o se da por sentado que están ahí para quien quiera tomarlas, igual que frutas en mitad del campo. Llegaron de una tierra generosa donde hay millones de árboles que dan canciones. Son tantas, además, que veinte vidas no serían suficientes para aspirar un día a escucharlas todas, ya ni hablar de llegar a apropiárselas. Y no obstante sucede: la canción va detrás de su próxima víctima, la agarra descuidada y la hace suya.

Conozco este proceso, no vayamos más lejos, a partir de decenas de canciones tuyas que me sé de memoria de cabo a rabo. No sé si ellas sean mías o yo suyo, pero las considero patrimonio íntimo, de modo que escuchar alguna nueva equivale a asistir a un capítulo más del propio destino. ¿O acaso no parece su aparición fortuita, de la mano de su maléfico sentido de la oportunidad, una suerte de prueba  de coincidencia cósmica? ¿Quién no ha creído al menos una vez que una cierta canción suena en ese momento por algo más que obra del azar?

Celebro, Jaime López, que tu nueva canción me atrape con las defensas bajas y el espíritu arriba. La seguiré escuchando en los días que vienen, especialmente cuando ya no suene, y algún día remoto recordaré estos días a partir de su hechizo pertinaz. Vista, pues, la dificultad de alguna vez pagártelo, dejo estas líneas para agradecértelo.