Pronóstico del Clímax

Hasta topar con Patetas

Si los topes inútiles contaran como abuso de autoridad, sabríamos la clase de selva que habitamos.

Me gustaría decir que vivo en una ciudad civilizada, pero apenas recorro un par de cuadras y topo con la amarga realidad. No importa si me pierdo en humildes callejones o atravieso suntuosos bulevares, pues lo cierto es que en uno y otro lado seré tratado como un salvaje. Alguien que no se entiende con razones y es preciso forzarle a obedecer las normas básicas de convivencia. Alguien completamente indigno de confianza, peor aún si es que trae un volante entre manos. Alguien a quien no le vendría mal una fugaz lección a manera de obstáculo, entre los cientos de ellas que recibe semana con semana. ¿Cientos, he dicho? ¿Qué tal si fueran miles? ¿Y qué más es un tope a media calle, sino la prueba clara y contundente de nuestra condición de salvajes?

He llegado a pensar que no existen dos topes iguales, y esa es otra flagrante prueba de salvajismo. Antiguamente, conocer la ciudad era no más que saberse sus calles; hoy es preciso traer en la cabeza el mapa de sus topes, así como el recuerdo fiel de sus tamaños. Verdad es que unos cuantos están pintados, pero ello sólo ayuda a desprevenirnos, y en tanto ello dejarnos a merced del siguiente promontorio fantasma. Calamidad que bien puede ocurrir no nada más en territorio ignoto, sino en la misma calle que uno habita, toda vez que los topes se reproducen a toda hora. Vamos pagando el costo de la actualización a costillas de mofle, chasis, amortiguadores y vesícula biliar.

Tres noches intenté contar los topes que hay entre el Periférico y el Desierto de los Leones, pero al cabo la marcha se hizo tan irritante que una y otra ocasión perdí la cuenta. Pasaban de setenta, la última vez. Algunos de ellos lo bastante escarpados para que solamente los microbuses consiguieran cruzarlos de frente, mientras el resto los atravésabamos en diagonal, a velocidad ínfima. Una adversidad breve, finalmente, comparada con las cifras espeluznantes que obtendríamos si pudiéramos medir el efecto ambiental de todos esos topes multiplicados por el número de mofles que cada día pasa por encima de ellos.

Mis topes preferidos son los menos congruentes: aquellos cuya sola aparición delata un celo estúpido y contraproducente que por sí mismo ilustra el despropósito del obstáculo vial. Nada, pues, como el tope delante del semáforo: he ahí un monumento a la redundancia. De pronto quisiera uno volver a ser niño para sentarse a un lado de la esquina e ir contando las decenas de incautos que saltan y respingan nada más tropezar en la trampa nocturna del tope sin pintar y la luz verde. Me reiría, claro, incluso a carcajadas, con esa mezcla de admiración y envidia que provoca en los niños la extensa libertad de los adultos. Y por supuesto nada me decepcionaría más que ver pintado el tope divertido.

Los topes son mejores para el motociclista, que de por sí conduce pendiente del asfalto y salta cada vez con la gracia de un alce en plena carrera, aunque nadie mejor que el jinete urbano reconoce y padece la porquería de aire que se respira en medio de una hilera de coches embotellados. Si tan sólo supiéramos la combustión adicional que produce el motor en cada tope, podríamos jugar al Apocalipsis multiplicando topes por vehículos hasta alcanzar las cifras hiperbólicas que darían amplia cuenta de la idiotez reinante en la ciudad sitiada por cemento a la que no sin pompa etiquetamos como “civilizada”.

Observemos ahora los topes “insalvables”. Son disuasorios desde forma y tamaño: están ahí para evitar que el automovilista haga uso del carril reservado para el Metrobús, útil también para facilitar el paso de patrullas y ambulancias. ¿Por qué en otros países no se hacen necesarios? ¿Cómo se las ingenia la autoridad allá para evitar que la espontaneidad de los desesperados haga suyo el carril preferencial? ¿Qué hacer para evitar que el peatón se atraviese a media cuadra, el automovilista se trepe a la banqueta y las autoridades no encuentren más salida que plantar topes encima de los topes? Se dice que puede uno sacar al chango de la selva, pero jamás a la selva del chango.

Ahora bien, por las formas y variedades de topes existentes se deduce que no hay autoridad que valga. Apostaría a que una buena parte de estos obstaculitos intempestivos responde a iniciativas particulares que poco o nada tienen de oficial. Dudo que exista algún censo de topes, por no hablar de un estándar de forma, tamaño y materiales. Hasta donde se ve, los topes hoy en día son puestos por salvajes resueltos a protegerse así de otros salvajes. ¿Para qué más semáforos y reglamentos, si basta con seguir poniendo topes? ¿Cuántos cabrán, al fin, en la ciudad? ¿Cuántos en cada cuadra, de una vez? ¿Debería ir pensando en comprarme un tractor?