Pronóstico del Clímax

Las tetas aerostáticas

“No quiere uno atreverse a imaginar, cada vez que un montaje se derrumba, cuántos mitos afines florecerán aún entre la tierra fértil de su candidez”.

La vida, decía el perro Snoopy, está llena de amargos despertares. Se va uno a la cama creyendo firmemente en los Reyes Magos y al día siguiente abre los ojos frente a una guillotina ensangrentada. Exagero, quizás, pero las decepciones pesan tanto como las ilusiones a las que suplantaron. De un día para otro se nos vienen abajo los mitos que ya dábamos por ciertos y es como si con ellos se cayera esa fe que movía montañas a domicilio.

Pongamos un ejemplo: Sabrina Sabrok. Quien recuerde su nombre difícilmente escapará a la imagen de unas descomunales glándulas mamarias que, según clamaba ella, crecieron cirugía a cirugía hasta llegar a siete, luego a diez y más tarde a 18 kilogramos: números astronómicos, sin duda, especialmente luego de hacer la conversión a, digamos, cervezas enlatadas. Ostentar unas prótesis de 39 libras equivaldría a ir y venir por este valle de lágrimas cargando la friolera de ocho six packs de chelas.

Más allá de los sueños colosales de uno que otro lactante tragaldabas, los números que todavía hoy alumbran su perfil en Wikipedia invitan a contar a la mujer como genuina mártir de sí misma. ¿Quién, que no fuera un aspirante a santo, se obligaría a cargar tamaña cruz y hacer de su existencia un calvario full time? Si me viera en su sitio y pudiera elegir entre eso y un cilicio con púas de los pies hasta el cuello, me fajaría este último con gusto e iríame silbando de contento.

Pero todo en esta vida, dictamina el añejo chachachá, se sabe sin siquiera averiguar. Vamos, que uno es morboso y no lo niega, si bien jamás buscó vivir al tanto de la vida y milagros de la tetona heroica. Diría incluso que mi conciencia estaba más tranquila sin la desgarradora numerología que desencadenaba el tema de la Sabrok. Hasta que un día supimos, de nuevo sin siquiera averiguar, que todo aquel gramaje abrumador no era sino un vulgar ardid de la neumática.

Según ha revelado el ex marido, era ya una monserga tener que estar inflando las glándulas plenarias de su mujer para hacerla lucir tal como sus golosos admiradores habíanse habituado a fantasearla. ¿Quién habría dicho a esos inocentones que el sueño sicalíptico de mirar tales ubres pasar volando frente a su ventana podría haberse cumplido a cabalidad con solo rellenarlas de gas helio? Seguramente esta revelación constituye una falta de caballerosidad, y puede que asimismo de piedad para con la legión de amamantables que ha quedado sumida en el desamparo, pero a otros ya nos deja descansar de esa idea cargosa del martirologio.

Cuesta creer que, en efecto, hubiera quien ansiara dar el salto de Guinness hasta Ripley por encontrar deleite en esas glándulas supernumerarias que hoy sabemos ligeras e incorpóreas, amén de jactanciosas y farisaicas: adjetivos acaso aparatosos para calificar un par de bolsas de aire. Imaginemos ahora la inquieta diligencia con la que cuidaría la presumida Sabrok aquella insoportable levedad pectoral, por no hablar del terror a alguna tragicómica ponchadura eventual.

Una vez exhibida su hinchazón embustera, la mujer no ha podido por menos de colgarse de su fama moribunda para esparcir la especie de un suicidio fallido, atribuible según sus promotores a un asunto de posesión satánica. Así pues, han grabado un video artesanal donde se ve a la venus de los globos retorcerse, tumbarse y blasfemar, sujeta por un par de monaguillos de ocasión, al tiempo que es objeto de los cuidados de un exorcista presunto. Una maquinación aun menos convincente que cien kilos de glándulas falsarias.

No quiere uno atreverse a imaginar, cada vez que un montaje se derrumba, cuántos mitos afines florecerán aún entre la tierra fértil de su candidez. Puestos a cultivar el repelús, estamos ante un síntoma en tal modo ordinario que delata el espíritu de los tiempos corrientes: la gente está dispuesta a intentar lo indecible por una rebanada de notoriedad. Una vez que lo logran aceptan cualquier plan, por extremo o ridículo que sea, con tal de no volver a aquel anonimato que desde su renombre de cartón —o de plástico, o de aire— parece vejatorio, lacerante, infumable. Antes serán grotescos que invisibles.

Mal podría decirse que el dudoso atractivo de la falsa tetuda cayera propiamente por su peso. Bien miradas, las famas ilusorias son casi tan ligeras como la nada que las engendró. Cualquier día se esfuman del paisaje y es como si jamás hubiesen existido. ¿Dónde están, por ejemplo, todas aquellas glándulas imaginarias que llenaron las noches delirantes de nuestra adolescencia? Puedo cerrar los ojos y observar a sus dueñas saltando y removiéndose tras las espesas nubes de la memoria, repitiendo mi nombre como lo haría una estrella de anteayer a las puertas de un club discriminante. ¿No te acuerdas de mí? ¡Soy la piernuda ingrávida de tus primeros sueños empapados!

Pobre Sabrina Sabrok. Igual que tantos otros inflables afamados, depende nada más que de nuestra memoria traicionera para no terminar de despertar al inminente olvido que tanto se asemeja al final de la vida. Quién pudiera ser Snoopy y existir para siempre sin tener que probarlo en cada esquina.