Pronóstico del Clímax

La tentación de prohibir

EL PLACER DE INTERDECIR se multiplica en la medida que es contrario a la lógica y acusa mala leche, pues a ojos miserables el poder se evidencia en la arbitrariedad: esa vieja compinche de la revancha. Pocas iniciativas son tan afortunadas como aquellas tendientes a sembrar de obstrucciones en el camino ajeno

El Pequeño Soplón me costó veinte dólares. Lo compré por impulso, como tantos programas informáticos que se anuncian capaces de ordenarnos la vida, o siquiera evitarnos calamidades. Little Snitch es el nombre en inglés y su logo —un gorrito de niño con una hélice arriba— remite a esos escuincles metiches y acusetas que tanto aborrecía uno en la escuela. Había profesores que contaban con ellos, eran los elegidos naturales para apuntar a los desobedientes. Ya hubiéramos querido tener a uno como ellos, nada más que para cuidarnos de ellos.

Le instalé el Soploncito a mi computadora con la sana intención de evitar intrusiones indeseadas. Según argumentaban los vendedores, muy pronto me vería sorprendido de ver la cantidad de programas piratas que pululan por el ciberespacio, resueltos a invadir mi disco duro sabrá el demonio con qué turbios propósitos. La sorpresa, no obstante, la daría mi amplísima ignorancia, pues he aquí que el programa delata cada intento de intrusión, sea ésta provechosa o agresiva, y ha de ser el usuario quien decida aceptar o bloquear la operación. Lejos de conocer las intenciones de cada visita, el Soploncito espera que yo las adivine.

"mDNSResponder está intentando ingresar al sistema", me anuncia amablemente el Little Snitch, y en vista de que no sé de qué me habla me apresuro a bloquearlo. Ya sé que debería preocuparme, pero de pronto encuentro que es más fuerte el placer de plantarle un estatequieto a esa conexión rara que el temor a mi viable ineptitud. Otros igual lo intentan, como sería el caso de storeaccountd y AddressBookSourceSync, que en principio me han sonado más serios, de manera que los dejo pasar. "Ya llegó el que andaba ausente y ese no consiente nada", canturreo feliz, tras negarle el acceso a más de una docena de nombres francamente sospechosos.

Un par de días más tarde ya me empiezo a cansar. El Soploncito apenas me da tregua, y a menudo se pone tan pesado que de puro coraje le cierro el paso a nombres fácilmente ubicables, tipo GoogleSoftwareUpdate. "Para que aprenda a no estar fastidiando", celebro, vengativo, como esos cadeneros que franquean o niegan el acceso al tugurio de acuerdo a sus humores eventuales. Me he hecho con un poder bastante idiota, pero poder al fin. Nadie que yo no quiera va a venir a meterse en mi procesador.

Cuando menos lo pienso, tengo varios programas atorados. Se trabó el Photoshop, no jala el Twitter, tengo llena de alertas la pantalla. Cierto es que el Soploncito me da la opción de echar atrás mis decisiones, ¿pero con qué criterio? ¿Quién me dice que un nombre desconocido es peligroso, si de cualquier manera no sé nada? ¿Quién me asegura que los nombres "conocidos" —esto es, los que "me suenan"— no ocultan el acecho de un pirata? Ya entrado en pánico, revierto cada una de mis prohibiciones. Diría entonces que vuelvo a la normalidad, pero he aquí que el Soploncito sigue ahí. Husmeando. Denunciando. Preguntando. ¿Qué le voy a decir, que no me haga sentir el paleto que soy? ¿No sería mejor desinstalarlo?

Prohibir tiene su gracia, más allá de motivos y objetivos. Demostrarle a quien pueda que aquí nomás mis chicharrones truenan. Hacerles entender que sólo pasarán de cierta línea si yo así lo permito. Y mejor todavía: si se me da la gana. Lo que digan mis ojos. Mis cejas. Mi dedito. ¿Tengo razón? ¿Soy justo? ¿Sé al menos de lo que hablo? Y si no es así, ¿qué? El placer de prohibir se multiplica en la medida que es contrario a la lógica y acusa mala leche, pues a ojos miserables el poder se evidencia en la arbitrariedad: esa vieja compinche de la revancha.

Pocas iniciativas son tan afortunadas como aquellas tendientes a sembrar de obstrucciones en el camino ajeno. "Entusiasmo administrativo", lo llama Dostoievski, con alguna sarcástica piedad por ese pobre empleado de ventanilla cuyo ínfimo poder habrá de desplegar hasta el límite de sus capacidades, en el nombre de algún oscuro reglamento de cuyas cláusulas es guardián inflexible o magnánimo, según le soliciten o supliquen. No es casual que vivamos en ciudades infestadas de topes, varios de ellos tan altos que raro es quien los cruza sin golpear el chasis. Pa' que aprendan, ¿no es cierto?

Si por nosotros fuera, nada en este país, ni en este mundo, se haría sin consultarnos previamente. Poco importa si no tenemos la respuesta, o si ignoramos todo sobre el particular. El aborto, el petróleo, las drogas, la adopción, las obras públicas, las investigaciones policiales: todos sabemos todo, no hay quien soporte el pancho de confesar "no sé" y perderse el gustazo de aplicarle los frenos a lo que no le suena, o no le simpatiza, o no le da la gana permitir. Sólo eso le faltaba.

Decir que no: he ahí la recompensa. No porque no, y más aún: porque sí. Por mis barbas. No y no. Por más que no lo entienda, ni me entiendan. Dije que no y se callan. Se joden. Nos jodemos. Qué delicia, ¿verdad?