Pronóstico del Clímax

Más temible es usted

¿Cómo demostraría usted que es capaz de sentir, pensar y en general ser útil de algún modo, si le han metido en una triste jaula donde difícilmente podrá moverse a lo largo de su espantosa vida?

De niños aprendemos a temerles, pero si son pequeños pronto nos enseñamos a masacrarlos. Aplastamos hormigas, mutilamos arañas, quemamos cochinillas por el puro placer de jugar a ser dioses. Y es que son tan pequeños que rara vez osamos imaginar que alberguen sensaciones, temores y dolores, o hagan más que moverse sin motivo aparente. Algo así de chiquito, calculamos, no puede tener vida de verdad. (Por más que hoy menudeen los aparatos de ínfimo tamaño que guardan y procesan toneladas virtuales de información, seguimos sospechando que nada puede haber de interesante en el cerebro de una lagartija, y menos todavía en el de un mosco.)

Algún día nos llevan al zoológico, donde vemos a grandes animales encerrados en jaulas porque, claro, son todos peligrosos. Los miramos con calma y extrañeza, como contemplaríamos a un asesino múltiple si también nos llevaran a una prisión. Vemos así camellos, elefantes, chimpancés o jirafas a distancia prudente, al igual que jaguares, tigres, lobos y leopardos: sin el mínimo chance de empatizar. En todo caso nos reímos de ellos, y a menudo los encontramos parecidos a algún compañerito, que acaso en adelante apodaremos Hiena, Mandril o Hipopótamo, nada más que por ganas de fregar.

Si uno es afortunado, crecerá junto a un perro, si bien sólo los canes con mucha suerte se librarán de ser conejillos de Indias de su dueñito. Otros niños, en cambio, alcanzarán la edad adulta llenos de miedos y supercherías. En tanto, aprenderán a alejar a los chuchos a punta de amenazas y lanzarán pedradas a los pájaros. Para ellos, cualquier cosa que se mueve, se alimenta y no habla es susceptible de causarles daño. (Pocos serán quienes en vida visiten un rastro, una perrera, una granja. Sitios espeluznantes donde bípedos y cuadrúpedos son tratados como desecho o mercancía por verdugos habituados a provocarles sufrimiento, agonía y muerte sin por ello otorgarles más estatus que a un objeto animado y comestible.)

Me pongo en el lugar de una de estas criaturas, por más que algún lector me considere ñoño por el solo intento. ¿Qué puede hacer un animal que pese a todo entiende a sus verdugos mucho mejor que ellos, que se ven a sí mismos como inteligentes? ¿Cómo demostraría usted que es capaz de sentir, pensar y en general ser útil de algún modo, si le han metido en una triste jaula donde difícilmente podrá moverse a lo largo de su espantosa vida? ¿No es verdad que la gente pasa de largo sin mirarle siquiera, como de pronto lo hacen con aquellos congéneres que padecen de alguna discapacidad?

“Ese horrible lugar donde los pollos caminan crudos”, ironizaba Julio Cortázar al referirse al campo, que hoy día los citadinos crecemos ignorando tanto como al origen y la naturaleza de lo que nos comemos. En lugar de eso, la infancia está poblada de dibujos animados y monos de peluche que no parecen crudos, ni sufren, ni se mueren, aunque les pasen coches por encima. La idea, al fin, es que llegue uno hasta la edad adulta sin tener que lidiar con más fauna que la estrictamente fantástica.

Había un lugar, por cierto, donde los visitantes de corta edad aprendían a admirar a las bestias cautivas, no tanto por su estampa como por su destreza: el circo. No es que los domadores y cuidadores fuesen exactamente amigables o empáticos, y se sabe de muchos que esclavizaban a los animales sin la menor piedad, y por supuesto sin la mínima supervisión de las autoridades incompetentes, pero al fin ahí había chimpancés, osos, leones, paquidermos que podían demostrar alguna forma de valía. Poco les serviría para su propio bien, aunque al menos contaban con la fascinación de los asistentes, que volvían a casa convencidos de que las bestias son capaces de interactuar con los seres humanos, y eventualmente parecérseles.

Hoy, que los diputados huecologistas —business people, you know— se han adornado ante la comprensiva sociedad a fuerza de prohibir la participación de animales en la vida circense (en lugar de obligar al Estado a reglamentar y vigilar su cuidado y adiestramiento), los niños están listos para crecer más humanos y menos animales que nunca. Es decir, ignorantes e indiferentes a las capacidades y necesidades de las demás especies. “Máquinas animadas”, dice Kundera, pleno de un pesimismo sobrecogedor. Si queremos que el niño vea de cerca los leones, tendrá que ir a reírse de su suerte al zoológico. O a temerles, como si fueran ellos la especie peligrosa y depredadora que los usa, encierra, masacra y nulifica de cualquier manera.

Se equivoca quien piensa que lo aquí escrito trata sobre las pobres bestias cautivas. ¿Tiene usted un espejo por ahí? Mírese un poco en él: he ahí la imagen de una especie temida mortalmente en el planeta entero, más que por su fiereza por su indiferencia. Ahora bien, no se ofenda ni pierda el apetito. Almuércese unos tacos y asílese sin más en su íntimo candor. No piense que ahora mismo hay cientos de perritos que son tranquilamente electrocutados sin que los diputados pierdan el sueño. Convénzase de que es usted humano, incluso muy humano, y bostece feliz, que aquí no pasa nada. Los bestias son los otros, ¿no es verdad?