Pronóstico del Clímax

La subasta del fervor

ME AGREDE POR IGUAL el fanatismo ciego del cruzado que el ansia catequista del ateo. No entiendo esa pasión desenfrenada por invadir mis sombras con sus luces. Me extrañan sus certezas excluyentes, ya sean entusiastas o furibundas, si basta el primer desacuerdo para ser declarado estúpido, fascista o hereje

Nunca vi tanta cola para llegar al Cielo, ni a tantos aspirantes al poder secular rendidos a la causa celestial. Se los ve cautivados de repente por un fervor ayer desconocido y hoy ansioso de cámaras y micrófonos, cual si allá entre las nubes una voz sentenciosa (la de Dios, la de la Historia, la del Electorado) les desafiase, enfrente del rebaño: ¿quién da más?

Especialmente raro parece el caso de los materialistas guadalupanos: esa suerte de izquierda chupacirios que por igual se postra delante del altar que del cuartel en busca del favor del pueblo inmaculado, según lo mande Santa Coyuntura. Cuesta creer que aquella izquierda clerical abrace de la nada el politeísmo, es decir que de un día para otro no sólo reconozca y acepte bendiciones de prelados ajenos a su credo, mismas que en otras épocas fueron objeto claro de su desdén flamígero, sino encima se lance a competir por ellas. Invirtiendo la cita de Bryce Echenique, se diría que pasaron del marxismo más pío al catolicismo más militante.

Crecimos habituados a asociar esta clase de públicos fervores clericales a la derecha más recalcitrante, cuyo orgullo mayor y coartada impecable solía ser su apego protagónico a los rituales de la Iglesia católica. Aprendimos a ver con desconfianza, cuando no repugnancia, la connivencia obscena de más de un encumbrado jerarca de sotana con poderes siniestros e infinitos tesoros a sus pies. Y encontramos asilo, eventualmente, en el escepticismo desde siempre irredento que encontrábamos propio de la izquierda. Pues ser de izquierda (daba uno por hecho, desde el punto más alto de su chairo candor) era ya abominar de toda reverencia y declararse alérgico a la simulación. Dos virtudes extintas, a todo esto, entre los hoy devotos en procura de votos entre un pueblo al que igual consideran rebaño.

El lío con la izquierda clerical es que día tras día se distingue menos de la rancia derecha clerical. ¿Qué de raro hay entonces en sus escandalosas coincidencias en torno a la moral, la intransigencia y el pensamiento único, por citar sólo tres entre sus sintomáticos valores paralelos? Pienso en esa derecha grosera e invasiva, de ínfulas redentoras y en cruzada infinita, que pretende salvarlo a uno de sí mismo mediante la obediencia de un catecismo hipócrita, destinado a exhibir sus virtudes cosméticas ante el vulgo carente de reflectores. Y pienso en esa izquierda, con idénticas mañas. ¿O era al revés, quizás? Perdón, pero de pronto me confundo. Peor todavía cuando se están peleando por enseñar su selfie con el Papa.

No buscan estas líneas comerse cura alguno, ni ministros de cualquier otro rango. Me agrede por igual el fanatismo ciego del cruzado que el ansia catequista del ateo. No entiendo esa pasión desenfrenada por invadir mis sombras con sus luces, como si mi conciencia fuese asunto suyo. Me extrañan sus certezas excluyentes, ya sean entusiastas o furibundas, si basta al cabo el primer desacuerdo para ser declarado estúpido, fascista, hereje o enemigo del rebaño.

"Izquierda clerical": un disparate aún más estridente que el que encontró Camus a la mitad del siglo pasado en la expresión "materialismo dialéctico". Pues una izquierda con tamaño atributo, por tanto inquisidora y confesional, vivirá condenada a las comillas, tal como ocurriría si nos hablaran de "fascistas democráticos". La "izquierda clerical" es imposible porque vive encallada en la superstición y en vez de liberarnos pretende redimirnos: un empeño invasivo donde los haya.

¿Quién le ha dado el poder a los pastores de la izquierda entre comillas, a su vez la más grande entrecomilladora, de juzgar la pureza de mis actos por la docilidad de mis palabras? Yo no, por cierto. Y no es que busque llamarme de izquierda, ni liberal, ni otras cosas que a veces creo ser o no ser, ni renuncie a derechos tan sagrados como el de equivocarme o el de contradecirme, sino que esta visión apocalíptica de una izquierda piadosa y chupacirios me despierta un secreto Robespierre que ni muerto se fuma el opio de los pueblos.

La izquierda es necesaria, si no recuerdo mal, para oponer la ciencia y la razón al fetichismo y la superchería, en especial cuando éstos son usados para asaltar el poder terrenal, conservarlo o incluso engrandecerlo. La idea de una izquierda devota y redentora sugiere la invasión desvergonzada de un terreno inviolable, como sería el caso de la conciencia buena, mala o infecta de cada cual. Si un católico quiere encontrar el consuelo o la esperanza en los representantes de su iglesia, no se espera que sea un populista de saco y corbata quien ilumine su camino hacia allá. Pues todo lo contrario, no se le pide a Cristo sino al funcionario que arregle el pavimento de la calle o ayude a derogar una ley arbitraria. Y a mí sinceramente me tiene sin cuidado a qué santos le reza el hombre de Dios, en especial si dice ser de izquierda o liberal, y al menos en teoría entiende que su reino es sólo de este mundo.