Pronóstico del Clímax

La risa en el edén

El paraíso existe, pero es un lugar frágil. Cualquier día nos echan sin avisar o dejar fuera de él a quien uno más quiere en esta vida.

Escribo estas palabras con los pies sobre el suelo del paraíso terrenal. Lo dice mi papá: el gran premio consiste en estar vivo. “Este es el paraíso, no le busques”, se entusiasma de pronto, con los ojos repletos de firmamento, y un instante más tarde suelta algún chiste ácido para evitarse el plomo del discurso. Sé asimismo por él, aunque no me lo diga, que si la gloria existe tiene que ser un sitio pleno de carcajadas. ¿Qué jardín del edén sería mucho más que el patio de una cárcel en la presencia de almas que no ríen? Mi papá, cuando menos, se ríe el día entero desde que lo conozco. ¿Dónde más iba a estar, sino en el paraíso?

El gran problema de vivir en el edén es que uno se acostumbra. Peor aún, lo da por hecho. Vamos, hay quienes sienten que se lo merecen. Hasta que cualquier día los echan a patadas con nada más que su perplejidad. “¿Cómo es posible que me pase esto a mí?”, se pregunta uno al minuto siguiente de haberse tropezado con la realidad, como apelando ya al recurso final de los desesperados: conceder que tal vez, a juzgar por la rara textura de los hechos, todo sea un mal sueño del que despertará empapado en sudor. Fue eso lo que pensé la semana pasada, nada más enterarme que a mi padre lo habían querido echar del paraíso.

No es una gran historia, en realidad. Se supone que es cosa muy normal que un cuarentón cobarde se aplique a derribar a un hombre de noventa años, encajarle la rodilla en la espalda y un par de uñas en la piel de la cara, como sería normal que le metiera un tiro. Sucede todo el tiempo, sin que la mayoría paguen por ello. Lo único que tiene de excepcional la historia pequeñita de mi padre es el final feliz. No se supone que unas horas después de un intento de robo con violencia la víctima haga chistes en el teléfono. Pero es que él es así. Haberse visto cerca de ser echado fuera del edén tenía que ser una buena razón para volver corriendo al sacro territorio de la risa.

Verdad es que la cobardía está de moda. Pues entre más cobardes y alevosos son los crápulas, menos se opone uno a sus exigencias. Son legión, inclusive, quienes prefieren nunca denunciarlos. No sea que se malquisten, los señores. “¿Y para qué gritaste?”, le reclamé a mi padre con la voz desmayada, apenas me contó que había pedido auxilio todavía con el felón encima. Nada hay más simple, en estas situaciones, que imaginar al hijo de mala madre degollando a su víctima indiscreta.

Acá en el paraíso donde vive mi padre, hay además vecinos amigables y la mano de una asistente diestra y querúbica, sin los cuales quizás estaría contando aquí otra historia. Pues fue Lupita quien llamó a la policía en cuanto oyó los gritos de auxilio, y fueron dos vecinos los que cazaron al eunuco mayor, amén de propinarle unas buenas patadas, mientras los de uniforme prendían a otro más. Nada del otro mundo, me gustaría insistir, acaso porque eso hace más sencillo regresar al capullo de candor donde uno reposaba antes del incidente. Pero eso al fin es lo que más sorprende. Que un día después no quede otra evidencia que la piel excoriada y las manchas de sangre en la camisa.

“¡No me fijé!”, alza las cejas y sonríe franco, nada más le pregunto si por casualidad se acordó de cambiarse de camisa. Pero una cosa es verlo despistado y otra no darse cuenta de que está contento. Incluso muy contento. Lo vi llegar detrás de mí, al volante del pequeño Peugeot donde va cada sábado al supermercado. Cuando apagó el motor y abrió la puerta, no resistí el impulso de alzar mi teléfono y tomarle una foto a esa sonrisa. ¿O es que acaso no estamos en el paraíso?, me digo cada vez que vuelvo a verla y me topo con ese mismo gesto que aún en la cuna ya me hacía reír. La cara de los sábados, cuando íbamos al cine y con suerte a una tienda donde me portaría como el demonio con tal de comprobar, hasta el límite de la paciencia materna, que era a mi vez capaz de hacerlo carcajear.

Imposible contar la cantidad de veces que su risa y sus chistes llegaron a salvarme del infierno. No sabría describir el orgullo profundo que de entonces hasta hoy me provoca saberme su secuaz. Básteme con decir, perdonando de pronto la presunción de dos hombres con suerte, que me consta que el paraíso terrenal existe. Yo lo he visto, lo inventó mi papá.