Pronóstico del Clímax

De ricos y pelagatos

Si uno piensa en lanzar un desarrollo turístico y quiere tener éxito entre los nuevos ricos, puede pagarle a Trump para que lo promueva con el cuento barato de que él lo proyectó.

¿Qué decir de un señor cuya gran recompensa consiste en ser notorio y encuentra nada más que en el dinero su pasaporte a la notoriedad? ¿Qué puede uno pensar de quien hace esculpir su apellido en gigantescas letras doradas en lo alto de su propio edificio? ¿Qué opinión nos merece un mercachifle ávido y tramposo que manda hacer pancartas para darse las gracias por sus iniciativas, en el nombre de toda la ciudad? En mi país, al menos, un fulano con estas características corre un muy alto riesgo de que le llamen naco, y hasta habrá quien afirme que ese tal Donald Trump es un nacazo.

Los hay en todas partes, claro está. ¿O debería decir que los habemos? La verdad es que nadie se salva de ser el naco de otros, y esto por los motivos más disímbolos. Aunque al fin hay consensos, como ocurre en el caso del sujeto del párrafo anterior. Ahora bien, para un pelafustán de talla semejante los nacos somos todos los demás, que a nuestra vez pensamos que el naco es él. Su tragedia consiste en que se va a morir sin enterarse. Con suerte será el último en saberlo.

Se equivoca quien piensa que el desdén implícito en el término naco tiene que ver por fuerza con raza, posición social o nacionalidad. Pensemos, por ejemplo, en Silvio Berlusconi. Si le llamamos naco a ese individuo, probablemente demos en el blanco, aunque seguramente nos quedaremos cortos. Un palurdo arrogante y adinerado es capaz de llevar el concepto de naco a niveles ignotos e inefables, donde cada expresión de su riqueza será un síntoma más de sus carencias íntimas, si bien ya no secretas. ¿Cómo explicarle a ese pobre infeliz que hay desnudeces que no pueden taparse?

Nunca me ha parecido justo ni inteligente afirmar, como más de un paisano prejuiciado, que los gringos son todos unos nacos. Rednecks, que les llaman allá, aunque no siempre sea la misma cosa. Verdad es que la gente insoportable tiende a hacerse notar entre los suyos, me he topado en la vida con incontables gringos abiertos y amigables que viven con vergüenza del mal nombre que día a día les otorgan sus rednecks. ¿Y qué decir de tantos patanes nacionales, varios de ellos hinchados de dinero, que viajan por el mundo fabricándonos toda clase de estigmas? ¿Quién, delante de tales neandertales, va a querer aceptar que es también mexicano?

De más está decir que las primeras víctimas de los pelafustanes con dinero son sus connacionales. O sea que si en otras latitudes creen que nuestros nacazos resultan infumables, tendrían que ponerse en lugar nuestro. Contra lo que es más fácil suponer, especialmente cuando se es uno de ellos, el pasaporte no nos hace iguales. Me sorprendería mucho, por ejemplo, que alguno de los gringos que más admiro —Woody Allen, por ejemplo— aceptara caber en el mismo costal que Donald Trump. Un personaje fatuo y narcisista cuya sola presencia invita al repelús.

Cuesta entender que haya quien le hace caso, como no sea otro de los trumpcitos que en rincones diversos del planeta dan cualquier cosa por asemejársele. Más extraño resulta que alguien aún repare en las palabras huecas de un hombre que no busca sino hacerse notar, y de hecho se renta a sí mismo para mentir de acuerdo al gusto del cliente. Si uno piensa en lanzar un desarrollo turístico y quiere tener éxito entre los nuevos ricos, puede pagarle a Trump para que lo promueva con el cuento barato de que él lo proyectó.

Conocemos a esta clase de pícaros. De hecho, aquí los tenemos por montones. Son su propia invención, tanto así que muy poco de lo que hablan tiene otro fundamento que sus aspiraciones megalómanas. No se cansan de echar en cara de los otros el presunto prestigio de sus socios y amigos, así como los precios de sus más conspicuas propiedades. Necesitan que sepas de sus logros pasados, presentes y futuros, en especial si son todos mentira, porque al cabo nada los avergüenza: son capaces de echarse porras solos hasta el último aliento, no necesitan de opiniones ajenas para certificar su imperturbable superioridad.

Los multimillonarios que se respetan suelen parapetarse tras un bajo perfil que los deje gozar de sus riquezas sin vivir perseguidos por narices ajenas. El naco Trump, en cambio, no soporta la idea de que su vida pase inadvertida. Vive exclusivamente para impresionarnos, nada debe de hacerlo más feliz que asumirse objetivo de incontables envidias. Le urge que medio mundo sea testigo de su patanería, pues ello es también muestra de que es un hombre rico y nadie va a obligarlo a contenerse. ¿Qué más le da que otros acaudalados con mejor gusto que él, amén de una legión de antipatizantes, encuentren que el gañán de los bienes raíces se crió en la bragueta de un gendarme?

Pobres gringos, joder. ¿Tienen la culpa todos de las burradas de uno que para colmo busca representarlos? ¿Y a quién le importa, al fin, lo que diga ese güey, cuyas palabras no son más que morralla? ¿No ha quedado bien claro que el tipo es un nacazo?