Pronóstico del Clímax

Las razones de Pinocho

Mienten los poderosos, tanto como quienes se ufanan de desenmascararlos. Mienten informadores y redentores. Mienten los que se juran engañados y alzan la voz en contra de la mentira.

A cierta edad, mentimos por defensa. Nada más descubrir que un embuste sencillo y verosímil puede librarnos de un engorro indeseable sin pagar consecuencias, se abren las puertas de otra dimensión, bajo cuyo cobijo pierden todo su efecto las advertencias de la gente mayor. Queda, eso sí, todo un camino de perfeccionamiento, a lo largo del cual seremos varias veces atrapados, castigados y tachados de viles mentirosos: un calificativo algo pesado para ese niño cándido que se ha tragado el cuento de que sus padres siempre dicen la verdad y ya se mira indigno frente a ellos.

Un día, confirmamos que los adultos no solamente dicen cantidad de mentiras, sino además son diestros y mañosos, y es así que pasamos a la ofensiva. Ocurre ya a las puertas de la pubertad, cuando los pensamientos se hacen inconfesables y el apetito apunta hacia satisfacciones que según nuestra madre no nos interesan, como sería el caso de aquellas calenturas que delante de nadie aceptaríamos. Si antes se nos mentía también por proteger nuestro candor, ahora somos nosotros quienes cuidamos la ingenuidad de quienes eligieron creernos inocentes.

Hay que mentir a diario, a toda hora, para sobrevivir a la adolescencia con todo y amor propio. Eventualmente, al cabo de un par de años de entrenamiento se roba uno asimismo la libertad que se le ha regateado, por medio de patrañas impecables y un histrionismo a prueba de suspicacias. “Tengo que estudiar”, asevera uno, con gran formalidad, y en el primer descuido se mueve de la escena.

Llega un día, no obstante, en que toda la idea de tener que mentir empieza a hacerse odiosa, no porque se haya uno hecho el propósito de decir la verdad a toda costa, sino porque se siente lo bastante crecido para ya no tener que andarse con argüendes. Si poco tiempo atrás las mentiras compraban libertades, de repente parece que todo ese proceso hipocritón de tener que ingeniarlas, actuarlas, sustentarlas y encima recordarlas es una prueba clara de subordinación. ¿Qué es, pues, la rebeldía si no el acto gozoso y libertario de no callar lo que uno cree saber?

Contra lo que en principio habríamos pensado, cruzamos el umbral de la madurez cuando damos por bueno el compromiso de aceptar unas cuantas falsedades, y si fuera preciso hacerlas valer. ¿O es que acaso se puede ir por la vida diciendo la verdad como un niño de kínder? Mentimos todavía por defensa —es decir, por negar a los demás la potestad en torno a nuestros actos y propósitos— pero ya la costumbre deja apenas espacio para alguna verdad irrelevante. Eso sí, que no venga otro a contarme mentiras y tenga yo el mal tino de atraparlo, porque me indignaré como si jamás antes hubiera dicho alguna falsedad. Pues en la edad adulta lo terrible no es que uno mienta todo el tiempo, sino que se le caiga una engañifa y resulte exhibido como tramposo.

La gran ventaja del adulto sobre el niño es, en este sentido, la legitimidad de su indignación. Un niño que se indigna puede llamar a risa, ternura o menosprecio, pero el adulto airado exige nada menos que una satisfacción. “¿Cómo es posible que se sospeche de mí?”, clama hirviendo de rabia el embustero y se declara en guerra contra quien ponga en duda su probidad. “¡Sólo eso me faltaba!”, cabe añadir después, para que los más crédulos sopesen la medida del despropósito y se sumen de paso a su indignación.

Nada tengo en verdad contra los mentirosos, toda vez que soy parte de sus filas, pero suelo exigir profesionalismo. Pues si la mayoría mentimos por sistema, lo menos que esperamos es que nos mientan cuidadosamente. Que se esmeren a la hora de engañarnos, por estricto respeto a nuestra inteligencia, pues lo contrario indica un menosprecio francamente escandaloso. No me molesta que me crean cándido, pero de ahí a tomarme por imbécil hay demasiado trecho para no ser objeto, ahora sí, de un auténtico rapto de indignación.

El problema de algunos mentirosos es que se han habituado a la credulidad de sus incondicionales, y acaso en su ambición monomaníaca no han reparado en el pobre andamiaje del que cuelgan sus más atrevidas calumnias. La gente cada día se esmera menos para armar cuentos chinos, quizás porque hace tiempo que el tema del honor pasó de moda. Lo de hoy es el cinismo más vulgar, el hazle-como-quieras que ya en última instancia esgrime el embustero para dejar bien claro que le importa un pepino la pequeña opinión del engañado.

Mienten los poderosos, tanto como quienes se ufanan de desenmascararlos. Mienten informadores y redentores. Mienten los que se juran engañados y alzan la voz en contra de la mentira. La tragedia es que lo hacen cada día más mal, avisados tal vez de que una buena parte de su audiencia prefiere que le digan falsedades, con tal de que se ajusten a sus esperanzas. Imagino que en unos cientos de años, si todavía hay mundo para entonces, seremos vistos menos como mentirosos que como aquella civilización de papanatas que se creían todo cuanto escuchaban. Los muy imbéciles.