Pronóstico del Clímax

Cautivos de 'la nube'

“LA COMUNICACIÓN FORZOSA y permanente no es por necesidad una ventaja, sino un escollo grave y preocupante para la libertad individual”

Somos legión, me temo, quienes nunca sabemos qué demonios hacer con la Semana Santa. Repite uno mil veces, cuando niño, aquel viejo mandato que al paso de los años nunca obedecerá, ni acabará siquiera de entender: "Santificarás las fiestas". Otros, más previsores, se las arreglan para moverse de la escena antes de que el vacío gobernante los conduzca a empujones a este recogimiento laico y nihilista que consiste en tirarse a ver pasar las horas sin esperanza alguna de sacarles provecho. Recuerdo que mi padre, en estos días, iba y venía por la casa cargado de herramientas, resuelto a reparar cuanto aparato hallaba descompuesto. Un empeño encomiable que, sin embargo, hoy día se va haciendo infrecuente porque rara es la máquina cuyo funcionamiento llegamos a entender.

Qué más quisiera uno que sentarse a arreglar una de sus computadoras descontinuadas, aunque sea para sacarle los archivos que hace diez o 15 años quedaron sepultados en su vientre, pero esa no es más que otra de las asignaturas que uno tiene pendientes con la tecnología: jaquecas tan seguras como aplazables, porque si el aparato necesita servicio hay que ver lo que me hace falta a mí para aspirar al menos a no terminar de descomponerlo. Así, en lugar de sentarme a arreglar nada, suelo hacer lo posible en días como estos para enmendar algunas de mi carencias técnicas. Esos baches secretos a pesar de los cuales uno se las arregla para ser funcional o parecerlo, ahí donde el progreso suele ocurrir un poco de milagro y el usuario se teme cada día un poquito más descontinuado.

Hace dos días que me muevo en la nube. Un eufemismo harto decorativo, incluso algo poético, destinado a vendernos la prerrogativa, y acto seguido la necesidad, de hacer omnipresente nuestra información. Gracias a que en algún lugar de California se esconden miles de servidores y discos duros que almacenan millones de terabytes, y de paso los hacen fácilmente accesibles a tabletas, teléfonos y computadoras, puede uno vivir colgado de la nube sin preocuparse más por guardar y cuidar sus documentos.

Como suele ocurrir con estos adelantos, tiende uno a rendirse a sus hechizos tan pronto como los ve funcionar y encuentra que el ayer luce algo más arcaico. No olvido, por ejemplo, la emoción temblorosa que acompañó a la llegada del primer e-mail. Nada que se compare al fastidio de regresar de vacaciones y encontrarse con cientos de correos electrónicos esperando lectura y solución. Observación, esta última, un pelito anticuado, si al cabo el objetivo de la nube consiste en que los datos nos acompañen siempre, de modo que uno pueda cargar con la oficina dondequiera que esté. Todo vale, al final, menos desconectarse: pecado capital de nuestra época.

Confieso que la idea me seduce. Nada más descubrir que puedo consultar y corregir mi trabajo en proceso dondequiera que ande, difícilmente dejo pasar un par de horas sin echarle un vistazo terapéutico. Ahora bien, mi trabajo no termina de parecer trabajo. La idea de escribir una novela llevando a todas partes el manuscrito en formato electrónico es para el novelista tierra de promisión, toda vez que la chamba, con la nube o sin ella, suele seguirlo a uno adonde va, igual que la obsesión del enamoramiento. Nada muy sano, al fin, para quien te acompaña y no comparte tus monomanías, pero ello es casi nada si considera uno los alcances siniestros de esta tecnología en la entronización de la esclavitud.

De haber habido nube en mi niñez, es seguro que nuestras vacaciones habrían transcurrido a espaldas de mi padre. Ya lo imagino sentado en la playa, con la tableta sobre las rodillas, revisando reportes y estados financieros súbitamente urgentes y siempre prioritarios. O encerrado en la casa, presa del qué dirán en la oficina si me paso de vago la Semana Santa. Abundan los creyentes en la modernidad para quienes no existe el tiempo libre. Esa gente que envía correos a medianoche y se indigna si acaso no lee uno sus mensajes en la tarde o la noche del domingo. "¿Qué hacías, dónde estabas que no me respondiste?", chillan, se escandalizan, se arrancan la pelambre por nuestra inconsecuencia.

Una cosa es saber que puedes acceder a tus papeles en cualquier lugar, y otra muy diferente que los demás lo den así por hecho y forme parte de su expectativa. La comunicación forzosa y permanente no es por necesidad una ventaja, sino un escollo grave y preocupante para la libertad individual. Debería existir, a estas alturas, el sagrado derecho a la desconexión: una prerrogativa que nuestros semejantes entienden con frecuencia como descortesía, o de plano irresponsabilidad. ¿No viste mi llamada? ¿No leíste mi mail? ¿Por qué no me contestas? De más está decir que descuidos así se toman como afrentas personales.

Entiendo que la nube es una formidable herramienta para hacer uso pleno de la libertad, o para recortarla sin miramientos. ¿Quién, que se sienta dueño de nuestro tiempo, no querría tenernos mirando monitores 16 horas diarias? ¿Cómo evitar entonces que quien compró tu tiempo quiera tu alma? ¿Y si de pronto fuese hora propicia para santificar las fiestas, bajarse de la nube mandarlos a todos por un tubo? Digo yo, por motivos de salud.