Pronóstico del Clímax

Los pueblerinos seriales

Asistir a una serie televisiva es un poco mudarse de mundo, y en el camino hallar nuevos paisanos.

Faltan quince minutos para que den las nueve y algo funciona mal con el satélite. ¿O será el aparato? En todo caso maldigo mi suerte porque ya me sospecho que un cuarto de hora no será suficiente para restablecer la señal y esta noche la serie va a pasar sin mí. Es el quinto capítulo, me flagelo como un escuincle berrinchudo, esto no puede estarme sucediendo. Apago de una vez todos los aparatos. Desconecto. Cuento del uno al cien. Recolecto. Espero. Manoteo. Resoplo. Tal vez no es para tanto, me digo ya a la orilla de la resignación. Pasan ya dos minutos de la hora cero cuando el milagro ocurre y la imagen regresa con el quinto capítulo de Fargo.

Suena familiar, ¿cierto? No es fácil olvidar una película tan sórdida y a su modo hilarante como aquella de los hermanos Coen donde dos criminales sin talento secuestran a la hija de un multimillonario por órdenes directas del pobre diablo de su marido. No menos memorable resultaba esa mansa detective cuyo notorio estado de gravidez era apenas obstáculo para salir en busca de los plagiarios. No había prisa, además. Bastaba con dejarse hipnotizar por esos horizontes de gravedad polar para creer, junto a la detective, en la justicia del destino inexorable. Algo hay en ese clima inmisericorde que enfrenta al personaje con su miseria y lo empuja a seguir pendiente abajo; algo en tal modo raro y fascinante que convierte al lugar en protagonista y hace del personaje un mero ejecutor de lo inminente. Algo lo suficientemente grande para armar una serie a partir del ambiente de una película.

Debería uno pensárselo dos veces antes de dar un paso tan trascendental como ver el debut de alguna serie. Es no más que una hora, pero de ésas habrá varias decenas y será uno rehén de su transcurso. Pasa a veces por eso que abandonar una serie aburrida, o no lo suficientemente entretenida, equivale a librarse de una condena larga y produce un alivio equivalente al de escapar de treinta malas películas. ¿Pero cómo escapar de Breaking Bad, Los Soprano o Six Feet Under —por mencionar las tres que volvería a ver de cabo a rabo— sin la angustia certera de ser ante sí mismo un papanatas? Ochenta horas parecen mucho tiempo para invertir en una misma historia, pero tampoco es raro que uno grabe el capítulo y lo vea un par de veces, o que se pierda dos y espere a comprar toda la temporada.

Sabe uno de estas cosas no únicamente por su golosa experiencia, sino asimismo porque asistir a una serie con regularidad supone hacerse miembro de una suerte de club de televidentes: gente que de antemano garantiza empatía y comprensión a quienes viven dentro de la misma historia. Porque se trata de eso, sumergirse en el pueblo de cuyo transcurrir está uno rigurosamente al tanto, y eventualmente hablar con otros pueblerinos de esos temas sinuosos y magnéticos que hacen de nuestros morbos una sola pasión. Nunca falta, además, quien se da a ventilar el orgullo culposo de haber visto la misma serie que uno, a razón de una temporada diaria: noches y días frenéticos de procrastinación empecinada, jurándose que apagará las luces nada más se termine el próximo capítulo, aunque en el fondo sepa que siempre habrá otro próximo del cual colgarse.

Reconocerse débil ante el gancho corruptor de una serie supone una expresión de identidad. No es sólo que la historia sea digna de verse, sino que yo no puedo parar de verla. Es acerca de mí, no de la serie. Soy yo quien pierde el sueño por seguir su transcurso, o el buen humor si se le va un capítulo, o la calma si le hablan a medio episodio. Soy yo quien se proyecta en el marido soso y perdedor que asesta un martillazo (y luego dos, y seis, y una decena) en la cabeza de la esposa envidiosa y sarcástica que nunca lo creyó capaz de ese desplante. Soy también el metiche cobardón que se va de la escena sin pagar consecuencias. Soy uno de los tantos anónimos morbosos que sobreviven semana a semana a la inclemencia sardónica de un Fargo recargado y relanzado por sus hoy productores: Ethan y Joel Coen.

Casi no hablo con nadie de este asunto, pero si me preguntan es un tema caliente en mi cabeza. Las series han logrado dividirnos en provincias sociales estrechas y excluyentes. Pocas conversaciones hay tan incómodas como la que transcurre entre viejos fanáticos de cierta larga historia que uno desconoce. Fueron todos a un viaje del que nunca supiste. De pronto es como si no hubieran vuelto. Cual si hubieran tomado una desviación y nunca más volvieran a este pueblo. Pero es una ilusión: ya nos encontraremos en otra serie.