Pronóstico del Clímax

La protesta pirómana

Una cosa es llorar a los desaparecidos, o en su caso a los muertos, y reclamar justicia en consecuencia, y otra muy diferente sembrar odio por cosechar poder. No he sabido de un solo familiar de las víctimas del secuestro masivo en Iguala que haya prendido fuego a un edificio.

Hay denuncias que sueñan con ser desatendidas y enfados que prefieren vivir insatisfechos. Hay causas apremiantes retorcidas por dobles intenciones y tragedias candentes interpretadas con doble moral. Hay fe en la mala fe y conciencias con pésima conciencia. Hay incendios sedientos de ceniza e incendiarios hambrientos de poder. Y hay quienes llaman a eso “progresismo”.

No son quienes protestan en las calles los únicos que quieren protestar, pero igual quien protesta lo hace en busca de alguna interlocución y hay entre ellos algunos que esperan lo contrario. Es decir, que a un problema lo siga otro problema, y si es posible se vuelvan tragedias, como esos matrimonios infelices donde cada sospecha quiere ser evidencia y cualquier desacuerdo ha de hacerse trifulca porque lo que se busca es la debacle, y tras ella el divorcio redentor.

La protesta es sin duda un asunto muy serio, más aún si responde al dolor elocuente de los afectados. Hay en esa elocuencia sobrada de motivos una demanda clara de justicia, así como una urgencia de empatía que multiplica su repercusión. Secuestros, homicidios, torturas y masacres impunes son no sólo razones para la indignación, como asimismo para la exigencia. El que protesta exige, si bien la indignación dista de ser la mejor consejera. Y los oportunistas ni se diga.

¿Es preciso explicar que tragedias en tal modo punzantes demandan planteamientos especialmente lúcidos? ¿Tiene caso añadir que lo que se persigue es una solución y no una fantasía que se quiere insoluble? ¿Qué decir de un piquete de solidarios para quienes el duelo más sentido da pie a la más artera propaganda? ¿En qué momento el dolo sustituye al dolor y lo convierte en presa de rapiña?

Una cosa es llorar a los desaparecidos, o en su caso a los muertos, y reclamar justicia en consecuencia, y otra muy diferente sembrar odio por cosechar poder. No he sabido de un solo familiar de las víctimas del secuestro masivo en Iguala que haya prendido fuego a un edificio, ni saqueado un camión con mercancía, ni pateado a un gendarme en muchedumbre. Y nadie, por supuesto, tendría más motivos para volverse loco a estas alturas. Pero los incendiarios no están locos: ellos y sus padrinos conocen de memoria el objetivo.

Algo tienen los fuegos callejeros que de pronto resultan fotogénicos. Una patrulla en llamas, una puerta quemada, una oficina transformada en escombros son señales que apuntan hacia un caos resuelto a crecer. Basta con que un periódico reproduzca la imagen de un fuego a media calle para que sus lectores imaginen la guerra sin cuartel y den por inminente el golpe de Estado. Y al fin de eso se trata: las bandas de pirómanos a sueldo no buscan envolver el mundo entero en llamas, sino dar nada más esa impresión. Sus padrinos opinan, junto a Hitler, que toda la política se reduce a tres ingredientes principales: propaganda, propaganda y propaganda.

Algo apesta detrás de un descontento que reniega de toda solución y evade tercamente la sensatez. La protesta deja de ser protesta cuando busca el terror y se oculta detrás de una capucha en busca de la misma impunidad que en teoría detona su descontento. Esa protesta sorda y a menudo cobarde que insulta, agrede, incendia y roba en el nombre de alguna causa justa no hace sino usurpar el lugar de las víctimas y arrebatarles legitimidad. Nada nuevo, por cierto: fascismo puro, duro y muy mal maquillado.

Difícilmente puede sucederle algo peor a quien alza la voz para quejarse que ir a caer en manos de los profesionales de la queja: gente muy selectiva en su inconformidad, experta en llevar agua a su molino mediante el truco viejo del pleito ratero. Se los ve un día envueltos en luto panfletario, clamando contra crímenes e iniquidades cuya sola noticia les cayó de perlas, de modo que al final no están ni tristes (y todo lo contrario, no faltaría más). Nadie goza más que ellos de esas fotos de llamas callejeras, ni halla menos que mera poesía en las líneas pirómanas del cronista entregado a la propaganda.

Hay, sin duda, motivos para protestar. Esto es, para exigir a quienes hemos entregado el poder que se aplique la ley ahí donde hace falta, o sea virtualmente en todas partes. Hay motivos de sobra para hacerse escuchar por el poder —estatal, federal, municipal— pero ese diálogo nunca va a progresar si se deja en las manos de ciertas minorías “progresistas” que buscan derrocarlo para que algún caudillo ocupe su lugar. Hasta donde sabemos, el golpismo jamás fue progresista.

La violencia sesgada y unilateral no es ya tanto protesta como provocación y empeño victimista. ¿Dónde está el heroísmo de la pandilla de rabiosos anónimos que patean la cabeza de un policía solo y desarmado? ¿Qué clase de progreso podemos esperar de quienes privilegian el adoctrinamiento sobre la educación y la sordera en vez del raciocinio? ¿Dónde y cómo es posible protestar por la violencia extrema de los inquisidores y verdugos que confunden reclamo con propaganda y no respetan ni a los mismos muertos? Por lo pronto, aquí está mi protesta. Incéndienla, pirómanos.