Pronóstico del Clímax

Esos profes mequetrefes

El peor de los maestros es similar al peor de los papás: no suele estar ahí, ni dejar huella alguna de su paso. Si un niño es educado ahora mismo en la mediocridad y el abandono, lo único seguro es que será muy tarde cuando llegue a la ventanilla de quejas. Por no hablar de la cola que se encontrará.

Casi todos guardamos el recuerdo de algún maestro antipático. “Ya la agarró conmigo…”, se disculpaba uno ante sus padres o rabiaba frente a sus compañeros, acaso convencido de que el profe o la miss le habían visto cara de objetivo militar. Y de pronto era cierto, si al cabo el gran recreo del escuincle ladilla consiste en desafiar al adulto impaciente. De modo que aquel curso, lejos de hacerle daño al estudiante, se convertía en prueba de supervivencia. Cruzar por fin la meta del año lectivo y ganarse el derecho a no verle la jeta nunca más a quien hizo del aula un calabozo era también triunfar sobre los propios miedos y saberse equipado para prevalecer aun bajo circunstancias desfavorables.

Verdad es que, de haberme preguntado, es seguro que habría yo preferido un camino sembrado de facilidades. Ser formado por un equipo docente integrado por chicas guapas, amigables y alivianadas; amigas del desmadre y enemigas juradas de tareas, exámenes y trabajos finales. Avanzar entre el kínder y la prepa sin lidiar con un solo obstáculo académico, ni por supuesto disciplinario. Por mí, ni de la cama me habría levantado. Afortunadamente, nadie me preguntó. Los niños no deciden sobre su educación, ni organizan la agenda de acuerdo a sus antojos.

Recuerda uno borrosamente, en cambio, a los maestros barco. Por más que en su momento nos hicieran la vida más sencilla, e incluso placentera, su paso raudo por este valle de lágrimas representa antes deuda contraída que prueba superada. Un déficit creciente que no siempre se cubre, y a menudo se arrastra sin siquiera advertirlo. ¿Cómo iba uno, pues, a recordar al menos el nombre de un maestro de quien no aprendió nada, como no sea el gusto por la güeva?

Es fácil distinguir a quienes se educaron entre facilidades excesivas por su eterno complejo de acreedor. La vida les debe algo. “Merezco más”, se dicen, con desdén y rencor infatigables, aunque reciban más de lo que esperan. ¿Y qué más van a hacer, si ya están en la guerra y resulta que no hubo quien les diera un fusil? ¿Les serviría de algo, por ejemplo, tomar juntos las calles para quejarse por cada una de sus asignaturas pendientes, o será que es más fácil culpar de todo a otros?

El peor maestro no es el que te reprueba, y ni siquiera el que te trata mal, sino el que da luz verde a tu ignorancia. Ése que nunca se aprendió tu nombre, ni se inmutó por tu desatención, ni se molestó mucho en corregir tus fallas, ni se presentó a clases siempre que tuvo algo mejor que hacer, ni te enseñó más ley que la del menor esfuerzo. Pero de nuevo, es tarde para remediarlo. Si un niño es educado ahora mismo en la mediocridad y el abandono, lo único seguro es que será muy tarde cuando llegue a la ventanilla de quejas. Por no hablar de la cola que se encontrará.

Cada vez que un gentío de maestros disidentes y aguerridos marcha por la defensa de sus facilidades, se hacen cuentas alegres sobre el presunto número de manifestantes, con vistas a evaluar su poderío, y a partir de ahí el peso de sus razones. Se habla de cientos, miles o decenas de miles de maestros, que en aras de esa causa se ausentan por semanas o meses de las aulas. Números, sin embargo, irrisorios, comparados con el producto de una operación simple: multiplicando maestros por alumnos, ¿cuántos niños se quedan colgados de la brocha? Y luego, ¿cuántos de ellos habrán de hacerse adultos sin recordar su nombre ni su facha? El peor de los maestros es similar al peor de los papás: no suele estar ahí, ni dejar huella alguna de su paso.

Puede uno, cuando niño, defenderse del maestro arbitrario o sacarle la vuelta al intransigente, pero contra el mediocre no hay defensa. ¿Quién, que sufra principio de neumonía, va a preferir ser hospitalizado a tomarse dos tragos de jarabe? Ahora bien, el doctor que recetó el jarabe tendría que estar preso, no tanto por mediocre como por negligente criminal. De niño, uno celebra y aprovecha en grande cuando el maestro no va a trabajar. Y si hay un sustituto, seguro será un barco porque no sabe ni a quiénes se enfrenta. Se aspira, por entonces, a que el maestro falte a su deber, y en lo posible ni maestro sea, con la misma gozosa fantasía que se habla de prender fuego a la escuela.

No quiero imaginar la clase de alboroto que causarían esos millones de niños desatendidos, si pudieran velar ellos mismos por sus intereses y tomarse las calles por sus puras pistolas. ¿Y si lo hicieran todos con sus padres y hermanos? ¿Qué clase de gentío de proporciones bíblicas invadiría ciudad tras ciudad, todos ellos cargados de razones y comprensiblemente furibundos, con no más que el mandato ciudadano de poner a los niños en manos de maestros profesionales, en lugar de profesionales de la queja?

Profesional, informa el diccionario, es aquella “persona que ejerce su profesión con relevante capacidad y aplicación”. Gente que uno recuerda por lo que aprendió de ella.