Pronóstico del Clímax

La primera lección

Del autor, por entonces, no sabía ni el nombre. Abría el libro casi siempre de noche y bajo las cobijas, auxiliado por una mínima linterna. Podía ser que la tímida y estoica protagonista no fuese por sí misma seductora, si bien su circunstancia era perturbadora y a su modo magnética para un adolescente debutante que no entendía un demonio de literatura pero igual noche a noche soñaba con Eréndira, la cándida.

Habré leído el cuento unas diez veces, inflamado por tantos y tan hondos ardores que me pasaba el resto de los días presa de sucesivos estados taciturnos, imaginando aquella fila de hombres que al fin desembocaba en la cama de Eréndira, o escapando a su lado en los zapatos del joven Ulises. ¿Cómo evitar, por cierto, ser presa de pasiones tan contradictorias como la calentura y el romanticismo? ¿Estaba yo, lector, del lado de los cerdos abusivos o del de la inocente abusada?

Tal vez lo fascinante y novedoso de la historia, a los ojos de quien apenas anteayer había dejado de ser un niño pero aún no un mocoso, era esa ambigüedad endemoniada que no le permitía quedar completamente en paz con su conciencia. Nada muy diferente del arrepentimiento monacal que toma por rehén al onanista imberbe, nada más terminar de complacerse y darse de narices con la culpa. “Puedes leer el libro que tú quieras”, había concedido mi papá, con el dedo apuntando al librero repleto, pero aquel libro me daba vergüenza. Y a esa edad la vergüenza paga buenas propinas: la gracia era seguir leyéndolo a escondidas.

No hace falta abundar en las ignominiosas consecuencias que aquellos devaneos literarios tuvieron en mi desempeño escolar. ¿Pero quién, que no fuera un desalmado como la misma abuela de Eréndira, iba a dejarse constreñir por la realidad gris del aula y el pupitre, cuando había un lugar secreto y prodigioso del que emergían flores tan aromáticas que levitaba uno de sólo imaginarlas? ¿Cómo explicar a padres y maestros que aquel sitio encantado no podía ser otro que el pubis de esa cándida que tenía la piel color naranja?

Supe luego que había un placer especial en leer en voz alta ciertos fragmentos, con algunos amigos como público. Inocularles el virus de Eréndira equivalía a formarlos en la fila de amantes delirantes que también esperábamos por nuestro turno. Mirarse en el espejo de otros calenturientos, escucharse contando la historia de la cándida cual si fuera uno mismo quien la vio, provocar resoplidos, temblores y hasta aplausos… ¿qué más podía ser eso, sino prueba de sano crecimiento?

Mis maestros, no obstante, opinaban distinto, y el de Literatura no era la excepción. Reprobado quincena tras quincena, leía nada más que lo que no debía. Es decir que en el plano de los hechos no hacía más que elegir a mis maestros. Era seguro, al fin, que ese tal García Márquez no me habría reprobado. Y alguien adentro intuía que eso era suficiente.