Pronóstico del Clímax

La tiña radical

Perdón que sea sincero, pero tengo a los radicales por imbéciles. El acto de pensar parece ya superfluo, cuando no traicionero, una vez que te instalas en la última orilla de la intransigencia. Hay una larga lista de certezas y creencias en las que el radical no se manda solo, por más que se proclame independiente. Su sitio natural es el extremo; cualquier otro, se teme y lo saben los suyos, le restaría prestigio y prestancia. Para alguien que se mira en el espejo más de lo que cualquiera admitiría, se trata de un pavor equiparable al de no hallarse al otro lado del cristal. ¿Y no es acaso imbécil el narcisismo? Extraña vanidad la de quienes se jactan de poseer la razón, cual si fuese trofeo y no herramienta.

No recuerdo, a la fecha, un solo buen consejo de la vanidad. Si he de hacer un recuento de mis ratos imbéciles, me temo que en los peores aparece la sombra del orgullo. Es por ello, quizás (es decir, por pudor narrativo), que más de uno lo cuento como hazaña. Casi todos perdemos el sosiego en la defensa airada del amor propio, y en ese trance hacemos o decimos idioteces extremas, para que de una vez el enemigo entienda que ha despertado a la bestia escondida y de aquí en adelante todo lo que suceda se abonará a su cuenta, no faltaba más. ¿Quién va a marcarle el alto a una soberbia cargada de razones? El radical no puede aceptar un error sin mirarse ridículo delante del espejo, y tampoco es que tenga sentido del humor, con tamaña consciencia de la propia importancia.

Los radicales pintan una raya, más allá de la cual el mundo está poblado por antípodas. Es decir que el total de sus congéneres somos viles o idiotas; menos ellos, que tienen la razón. Más que a radicalismo, hay en esta certeza un tufillo de incienso que remite a cilicios y confesionarios. O en su frecuente caso, a la simulación desfachatada. No es uno radical, ni de tal se las da, si no es para que medio mundo se entere. Como los convertidos por el ardor de algún profeta carismático o la cerril destreza de un cierto merolico, quien se radicaliza mírase iluminado por su capacidad intempestiva de responder a todas las preguntas a partir de unas pocas certezas circulares. Como aquélla de que sólo se gana la razón (porque ésta tiene dueño, según sus escrituras) a fuerza de perderla, cuando no desdeñarla y perseguirla, para que no se atreva a razonar.

Tenemos, desde niños, a nuestros radicales. Entonces se llamaban bravucones y su mérito estaba en que uno los creyera capaces de cualquier atrocidad. Varios eran cobardes camuflados por el antifaz de la fanfarronería, estúpidos tal vez, y en tal medida más y más temibles. Algo crece torcido ahí donde a la idiotez se le respeta más que a la razón, no vaya a ser que se radicalice.

Lo radical se pega, cómo no. Releo lo aquí escrito y detecto el contagio desde el mero principio. ¿Qué más puede desear un radical, sino que lo tengamos por imbécil, que es justo como nos tiene a nosotros? El radical nos quiere radicales: fieros, sordos, daltónicos, ciegos al error propio y policías de la conducta ajena. Lo de menos es si eres de los suyos, con tal de que no estés con los de en medio. Mucho antes de abolir la educación laica, los partidos políticos o la libre expresión, el radical se aplica a abolir una por una las tonalidades. No hay más opción: es con él o en su contra. Igual que el bravucón, el radical no toma prisioneros. ¿Para qué, si nos sabe sus rehenes?

Por más que se pretenda razonable, un radical elige el pleito callejero sobre el diálogo. ¿De qué va a dialogar quien ha tenido, tiene y seguirá teniendo la razón, con quien nunca jamás podría tenerla porque es el enemigo de sus grandes certezas y no merece tregua ni consideración? Y si al fin se decide a pelear, su mera condición de guerrero extremista le faculta y absuelve de antemano para valerse de engaños y trampas que serían muy mal vistos en quien no fuese dueño de la razón de marras. Aquél que juega limpio es sospechoso de no ser lo bastante radical.

Tanto se habla hoy en día del inminente presidente Trump y su equipo de funcionarios “radicales”, que el ambiente comienza a enrarecerse. O a radicalizarse. O a imbecilizarse, para deleite y jauja de extremistas afines e interdependientes. Parece que el berrinche, el exabrupto, el lapsus brutus y el ridículo infame reclaman ya derecho de ciudadanía. Parece que es legal, y justo, y necesario, si La Razón te asiste, portarte como imbécil de campeonato. Delante del espejo, para colmo.