Pronóstico del Clímax

El precio de ser salvajes

Es fácil imponer la voluntad agreste de los airados por encima de las necesidades de todos. Es costoso, además. Pues al cabo quien hoy se libra de pagar el precio de la incivilización, lo pagará mañana, con intereses. Y pagaremos todos, por dejarnos.

Escribo estas palabras mientras, discretamente, me civilizo. Ahora mismo, a bordo de un avión que vuela hacia Los Ángeles, voy llenando la forma migratoria con especial cuidado, no sea que el oficial de inmigración me regañe por algún detallito. Chilango al fin, acostumbro hacer todo como me da la gana y odio que me regañen. La última vez, por ejemplo, llené el espacio destinado a la “dirección en los Estados Unidos” con nada más que el nombre del hotel y el fulano me puso barrido y regado. ¿Dónde estaba la calle y el número? Más que una corrección sin importancia, el oficial parecía dispuesto a hacerme una advertencia fundamental: éste no es tu país, aquí la ley se cumple a rajatabla. Por eso digo, vengo civilizándome.

Cuando a uno lo detiene un policía gringo por quebrantar el reglamento de tránsito, le quedan dos recursos muy mexicanos. El primero es fingirse monolingüe y hablar con un acento insufrible, mi no inglich, llu nou. El segundo es tratar de explicar, en un espanglish que se quiere lastimero, que desconoce uno sus reglamentos. Tratamos inclusive de parecer graciosos, por si hubiera la suerte celestial de que el uniformado tuviera algún sentido del humor, y de paso nociones básicas de piedad. Pero es raro que ocurra. La última vez que me pescaron corriendo 20 millas por hora por encima de la velocidad permitida, terminé en una triste comisaría de pueblo regateando la multa con ese inglés chaqueto y embustero que provocaba antes irritación que lástima.

“Si rentaste un coche, tienes obligación de conocer las reglas”, me han sentenciado varios policías, a la hora de aplicarme la ley a secas. De más está decir que ni siquiera así me han convencido de echar una mirada a sus límpidas cláusulas, pero al cabo uno aprende sobre la marcha reglas tan razonables como no detenerse ante un semáforo amarillo, dar la vuelta continua a la derecha o esperar a que fluya el tráfico adelante, en vez de aventurarse a obstruir la bocacalle. Manía, esta última, inconsecuente y majadera, amén de idiota y contraproducente, y no obstante muy socorrida entre los míos.

“¿Qué tanto es un tantito?”, se pregunta el chofer que avanza unos metritos en el atolladero, a sabiendas de que seguirá allí atorado con la luz roja encima, y entonces los que cruzan ya no podrán hacerlo ni con luz verde. Convencido tal vez de que su prisa es la única importante, sordo a las maldiciones de los otros, al estorbo le basta con el pequeño avance para calmar un poco sus nervios puntiagudos. Se consuela, de paso, en la certeza díscola y vengadora de que si él no avanza, nadie más lo hará. Fastidiar a los otros: he ahí la redención de su fastidio.

Para los policías americanos, que poco entienden de elasticidad, no solamente basta un tantito para reunir un tanto, sino que pocos tantos hay tan castigados como el de obstruir el libre tránsito de las personas. Pues más que una infracción —una de las más caras, vale decir— se trata de un gravísimo atropello contra el derecho ajeno. Si todos somos libres de circular, aquel que nos lo impide incurre en una suerte de privación ilegal de la libertad. Que es como aquí llamamos al secuestro.

Abundan los que aducen Las Mejores Razones para privarnos del sagrado derecho a la circulación. Razones a menudo atrabiliarias, cuyos medios jamás justifican al fin, y sin embargo bastan para calificar al detractor de intolerante. Razones sordas, ciegas y al cabo irracionales, similares a las de aquel chofer cuya prisa le parece tan grande que ha de pararse el mundo para contentarle. ¿Significa esto que los pobres gringos no pueden hacerse con las calles para expresar sus inconformidades? Al contrario: la idea de cuidar el derecho de todos a la circulación está para evitar el privilegio. Siempre que un ciudadano norteamericano decide protestar en la vía pública, sabe que su derecho es inalienable pero asimismo incluye la obligación civil de circular.

Cierto: los atropellos son intolerables, pero no se resuelven con otros atropellos. Se diría, más bien, que una arbitrariedad multiplicada ayuda a perpetuar las injusticias. ¿Cómo explicar que un grupo de agraviados se posesione de un espacio público sin que la autoridad en teoría responsable les invite a moverse, como todo el mundo? ¿No es un plantón, al fin, la evidente derrota del derecho y la entronización del privilegio? ¿No se supone acaso que los allí plantados pelean por sus derechos? ¿Es tan distinto el caso del cafre furibundo al de los invasores atrabiliarios?

Es fácil suponer, para la muchedumbre sorda y vocinglera, que sus pendientes son más importantes que los de los demás. Es fácil dar por hecho que entre los otros no hay desesperados, ni enfermos, ni gente con urgencias impostergables. Es fácil imponer la voluntad agreste de los airados por encima de las necesidades de todos. Es costoso, además. Y es imbécil, de paso. Pues al cabo quien hoy se libra de pagar el precio de la incivilización, lo pagará mañana, con intereses. Y pagaremos todos, por dejarnos. Pues al fin es más fácil, más barato y más inteligente considerar al otro, en vez de atropellarle.