Pronóstico del Clímax

De posturas e imposturas

La corrección política entre quienes no somos políticos es justo lo contrario de la empatía, pues delata el recelo de quien mide cada una de sus palabras para evitar que se lo coman vivo.

De los vicios morales del carácter, no hay uno más nocivo que la hipocresía: alcahuete de todos los demás. La hipocresía es el salvoconducto que permite a la escoria salirse con la suya, bajo el cobijo de una fama pública que se dice intachable con muy buenas maneras. ¿Quién, más que los hipócritas, lucra con la expansion de las buenas maneras hasta los territorios de la autorrepresión y la complicidad? Cuesta entender que tanta gente hoy día, en la supuesta era de la información, tenga a la hipocresía por virtud.

Se entiende, entre políticos, el requisito de la corrección. Y aunque así es su trabajo, uno a veces los detesta por eso. Parecen, luego son. Exigirles candor y franqueza equivaldría a pedirles que renuncien. Su misión, además, incluye proyectarse como tipos sensibles y congruentes con un ancho catálogo de ideales, de manera que están acostumbrados a expresarse en lenguaje triple d: defensivo, difuso y dominguero. ¿Pero cómo, si tanto nos aburren, terminamos hablando como ellos?

No se puede esperar de un mero ciudadano purezas ideológicas, humildades radiantes, caravanas abyectas o silencios prudentes. Los políticos saben, como nadie, que los votantes somos gente voluble. Por más que nos digamos simpatizantes de algún personaje, una tendencia o una idea del mundo, pensamos a menudo con las vísceras y de pronto nos gusta mudar de opinión. No aspiramos, por cierto, a un puesto público, pero igual camuflamos las genuinas opiniones tras el mismo telón de hipocresía que emplean los políticos como un escudo. Pues igual que en la mafia y en la cárcel, somos rehenes de cuanto externamos.

Small talk, le llaman en inglés a la cháchara insulsa que permite a un extraño entenderse con otro en temas generales, sin por ello tener que meterse en honduras. Hablamos sobre el clima, la época del año o el tránsito en la calle sin pretender originalidad. Pues al contrario, en temas como aquéllos nada suena mejor que lo trillado. Y la gente prefiere el small talk porque es zona segura, o mejor dicho zona de confort. Se habla sin correr riesgos, se opina sin pensar, se dice sin decir. Hasta que un día se habla de cualquier cosa y ya todo se vuelve cháchara insustancial, no sea que alguien sospeche que se ha atrevido uno a pensar por su cuenta.

La corrección política entre quienes no somos políticos es justo lo contrario de la empatía, pues delata el recelo de quien mide cada una de sus palabras para evitar que se lo coman vivo. No confío en mis intelocutores, luego debo acudir al mimetismo si no quiero arriesgarme a caer de su gracia: diré exclusivamente lo que de mí se espera, suscribiré sus mismas certidumbres, haré mío el olfato de los arribistas. Todo menos decir esta boca es mía, ahí donde todos mienten al unísono como en una tertulia pueblerina.

La cháchara sin fondo no requiere de pruebas ni razones, y de hecho le acomoda mejor la inconsistencia. Si el fulano que expone con ardor impostado su preocupación por los temas ecológicos es, a la vez, un talador de bosques, se entenderá que nadie necesite como él de una imagen que oculte sus reales intereses. De manera que no estará informándonos de lo que piensa, siente o le apetece, sino exclusivamente posicionándose: el verbo cardinal de los hipócritas.

Sé que perdí un amigo cuando en lugar de hablarme se posiciona. Temo en ese momento que ya no hay condiciones para la confianza y en adelante debo protegerme. ¿Quién me dice que deberé expresarme sin alguna cautela equivalente? ¿Cómo saber que no hablo con un traidor, si ya empieza a constarme que es hipócrita? ¿Me toca ser hipócrita a mi vez, y luego criticarlo con quienes todavía me inspiran confianza? ¿Y por qué será que estos resquemores despiden cierto tufo a sacristía?

Es condición de bravucones y pusilánimes confundir el temor con el respeto. Cuando alguien tiene miedo de decir lo que piensa delante de un rebaño represor, suele aducir que calla o consiente porque respeta la opinión ajena, pero en la realidad hace lo contrario, que es darle por su lado al adversario. Esto es, tirarlo a loco. Desdeñarle en silencio, como a un niño que habla de abracadabras. Por lo demás, tampoco está muy claro que el autocensurado profese un gran respeto por sí mismo tras camuflar el rastro de su cobardía: motivo más que bueno para despreciarse.

Cierto es que hacerse tonto en compañía lleva el consuelo de ser parte del clan y proclamarse a coro magníficas personas, por la sola razón de que nadie se atreve a descubrirse. No respetamos, pues, la intolerancia, sino que le tememos en silencio. Empleamos eufemismos sin sentido para que nuestros dichos no parezcan siquiera salirse de los límites autorizados por la buena conciencia gobernante. Declaramos principios de mentiras en procura de aplausos de verdad. Abrazamos de dientes para afuera las causas oficiales que nos unen como a un solo fariseo. No vaya a ser que se nos caiga el teatro y pasemos por díscolos entre tantos hipócritas.